Capítulo 6 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Llegar a la casa en la que nací y sentirme como una hija pródiga… ¡Me habría gustado! Pero la abuela, apenas me abrió, se dio media vuelta y subió las escaleras sin pronunciar palabra. En esos años, la vida la había tornado más enjuta, le había salido algo de chepa, caminaba algo más despacio, pero su mirada de fuego seguía siendo la misma.
La primera noche la pasé sentada en el sillón orejero sin atreverme a cruzar más allá. Me sentí una forastera en las mismas paredes que me vieron nacer. No había sido invitada, ignoraba si había una habitación disponible y no eran horas para andar preguntando o revolviendo en la casa. No pude dormir; a duras penas me concentré en detener mi corazón indómito, preso de sobreexcitación por saber que mi hijo estaba otra vez conmigo; por imaginármelo durmiendo a pocos metros de mí, por la necesidad de abrazarlo, de mirarle a los ojos, de olerlo y comérmelo a besos.
Todos habíamos cambiado. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo había visto antes de emprender el viaje a la feria de antigüedades; antes de que lo arrancaran de mi vida. Cerraba los ojos e intentaba imaginarme al hombrecito; ya había cumplido 13 años y, a buen seguro, dado el primer gran estirón. Aquella noche de insomnio tuve tiempo para darle un repaso a mi vida, para detener el reloj y echar la vista atrás. Lloré a mi hermana, ni siquiera le había dado tiempo al llanto y al dolor por la pérdida; me costó, porque la cáscara de la traición de haberse llevado a Román lejos de mí seguía muy dura. No podía perdonarla, ni en todo ese tiempo quise hacerlo, pero aquella noche, en ese sillón y rendida a su ausencia eterna, me permití escarbar en su propia vida: un sacrificio por amor, una mentira que la arrastró hacia el desastre. Demasiado joven para dejar de ser… ¿Habría conseguido ser feliz esos años? Logró estar con Damià, pero criar a Román no resultó ser fácil; ser una madre a la sombra, guardiana de un secreto que, de desvelarse, rompería el hechizo y descubriría su vida postiza, obligada a construirse en un suelo que entierra mentiras. Sentada en el sillón orejero, le agradecí su esfuerzo y le supliqué entre sollozos de silencio que me perdonara por haberme enamorado de un Nacional, por ser una inconsciente y quedarme encinta con tan solo 15 años sin encontrar el valor de enfrentarme a mis propias circunstancias y asumir la responsabilidad y el rechazo de la familia y de todo un pueblo. Le pedí a mi hermana Marta que rezara por mí, que me permitiera contarle a Román la verdad, pues la mentira se había bañado en tragedia y debía ahogarla antes de que provocara más daño.
Aquella noche decidí que había llegado la hora de enfrentarme a mi destino y desvelarle a Román mi verdadera identidad. La abuela estaba mayor y era el momento de tomar las riendas de la familia. ¿De qué viviría? Me asaltó el terror de no ser capaz, de no saber ser el sustento. No teníamos tierras, ni más propiedades que esa casa y un pajar medio derruido por los estragos de la guerra y décadas de abandono. En esos años en Francia, me había cultivado en el mundo de las antigüedades, había aprendido a diferenciar las joyas entre montañas de morralla. Antoine fue un hombre generoso que me abrió su caja de Pandora para que aprovechara conocimientos y me convirtiera en su discípula. Lo hice, fui presentada en sociedad, conocí a los mayores inversores de arte, los mejores restauradores, los compradores de antigüedades más selectos y todos los mercados donde encontrar baluartes, diamantes en bruto, piezas únicas de un valor incalculable. Antoine me enseñó a apreciar el paso del tiempo, a disfrutar de lo añejo, a valorar la experiencia y la artesanía. Viajé con él a Londres, recorrimos Italia y me enamoré de Florencia. No he vuelto a pisar esa ciudad museo, esa belleza de mármoles y esculturas, pero esa noche soñé con volver y mostrársela a Román algún día. Pensar en ello ahora me causa dolor; jamás la conoció y, haciéndome presa del dolor de su ausencia, sería capaz de no volverla a pisar, de olvidarme de Florencia, de no viajar, incluso de respirar solo lo necesario para volver a dar aliento al ser al que más he querido y menos he podido tener: ¡mi hijo!
Me cuesta hacerme a la idea de que lo he perdido para siempre, ¿sabes? Lo he perdido tantas veces —por mi abuela, mi hermana y, luego, por tu madre y el amor— que ahora me cuesta pensar que la muerte se lo haya llevado y no me lo devuelva nunca más. No me canso de llorarlo y enfurecerme por no haberle contado esa verdad que tanto se merecía. Sé que la rabia es mal nutriente y gran consumidora, pero por el momento me es imposible que atraviese siquiera mi garganta. No he digerido su muerte ni todas las decisiones que tomé por su bien, por el mío, por el de los demás. Jamás sabré si me equivoqué a mi regreso, al no hacer lo que aquella noche de insomnio me prometí: terminar con esa ficción, dejar de simular y empezar a vivir. Pero, nuevamente, el destino me puso entre las cuerdas y me rendí ante él.
Román era tan solo un crío al que comenzaba a sombrearle el bigote. Un niño magullado, enfadado con el mundo por haberse llevado lo que más quería: sus padres. Al dolor de esa pérdida, se sumaba que le arrancaron de un plumazo su vida, sus amigos, el lugar donde quería seguir viviendo y, sin poder decidir por sí mismo, volvió a La Muga. El Román que yo vi era otro Román, que me daba la espalda, que me miraba con furia y rechazaba mi compañía. Estuve días sin entender esa ira hacia a mí, pensé que era propia del dolor de una pérdida tan injusta y, en parte, fue esa la razón, pero también que volvía a una tierra que no solo había abandonado sino que creía que lo había abandonado. ¿Puede un niño de ocho años comprender que su adorable tía esté cinco años sin hablarle, sin ir a visitarle ni siquiera llamarle por su cumpleaños? Una nueva mentira se forjó para dar comprensión a mi repentina ausencia: «Román, la tía Amelia se fue a Francia y nadie sabe de ella». Así fue como él sintió el primer abandono en su vida: ¡el mío! La vida nuevamente se mofaba con zarpazos de crueldad, pues no tuve el coraje de la réplica; al fin y al cabo, su historia y la mía es una historia de abandono. ¡Qué más da que lo fuera al nacer y no cuando tenía ocho años! Vi en sus ojos la furia, el dolor de haber sido abandonado por alguien a quien amaba, a quien adoraba; vi en sus ojos que la verdad solo conseguiría construir una muralla indestructible entre los dos, y nuevamente la silencié. No deseaba vivir lejos de su amor y sabía que, con el tiempo, podría perdonar a una tía que lo abandonó para irse a Francia por amor, pero jamás a una madre que ni siquiera en el parto le dio un abrazo.
Aprendí a ser una madre vestida de tía y ganarme con el tiempo su cariño y su complicidad. Fueron años difíciles, no estaba preparada para cuidar, educar y mucho menos lidiar con un adolescente herido. La adolescencia es una lucha constante, un periodo donde la energía, el ímpetu, el exceso y la intensidad gobiernan tu vida, y el resto aguanta el envite como puede. Yo era apenas una mujer de veintiocho años, sin experiencia para llevar una casa y reconducir a un niño en proceso de transformarse en chaval. Fue uno de los momentos más difíciles de mi vida, porque debía encontrar mi tarea, el trabajo u oficio que diera sustento y dinero a la familia. Los Brugat me dieron trabajo en el campo, la tragedia conmocionó a La Muga y todos nos cuidaron en su medida. La abuela se encargaba de la casa y yo, hundiendo mis manos en la tierra, de traer las monedas. El único hombre, Román, en la escuela, con peleas, magullado pero, con el paso de los días, recomponiéndose. Necesitaba dejar de ser una labriega y apuntar más alto para darle un futuro mejor a mi hijo. Por las noches, pensaba en penumbra qué rumbo tomar, incluso pensé en abandonar La Muga, pero alejar a la abuela de esa tierra era señalarle el camino de la muerte. Abandoné la idea de salir de allí para hacer fortuna y decidí comerme el orgullo y llamar a Antoine. Le ofrecí mi pajar, mi poca tierra para montar un taller, un lugar donde almacenar y reparar las joyas que él encontraba. En España, la mano de obra era de céntimo y las ganancias serían mayores. Antoine necesitó dos semanas para responderme, dos semanas de tormento y vigilia que respeté por saber que esa era mi oportunidad. Aceptó el ofrecimiento. A fin de cuentas, Antoine antes que amante era comerciante, y la oferta era tentadora. Perpiñán y La Muga apenas están separados por veinte kilómetros; pertenecen a dos países distintos y establecerse en los dos era ampliar miras y ser pionero en España, un país que ese año terminó con el aislamiento europeo y entró a formar parte de la ONU. Antoine aceptó porque vislumbró mucho mejor que yo las posibilidades de negocio; era mucho mayor que yo, un liberal mujeriego que, desde que cumplió los veinte y heredó el negocio familiar, decidió beberse la vida, pero amasando una fortuna.
Con paciencia, muchas horas dedicadas y la ayuda de algunos del pueblo, pude arreglar el pajar y convertirlo en un taller de reparación de muebles. Antoine, las veces que venía, dormía en una zona del pajar; jamás entró en la casa; él no quiso, yo sí, pero la abuela no lo consintió nunca. El pueblo estuvo servido de rumores con nosotros. Según el cura, el mismo que había casado a mi hermana con Damià, vivía en pecado; yo hacía mucho que había renunciado a entrar en el reino de los cielos y me rendía a otros reinos, de la tierra y de los bajos fondos. Antoine me ayudó a salir del pozo de nuevo, no me amó en exclusividad, tampoco se lo pedí… En realidad, nunca lo amé lo suficiente como para quererlo en exclusividad. Mi amiga Nalda no lo encajaba, pero siempre me preguntaba si todos los franceses eran tan abiertos en el sexo como lo era Antoine. Nalda era antiFranco, como casi todos en esas tierras, pero ¡francófila!
De golpe, su abuela había dejado de escribir, dejando varias páginas en blanco en el cuaderno. Entre las hojas, una pequeña fotografía de Amelia con Román, a las puertas de la casa. Gala aguzó la mirada, centrándose al máximo en su padre, que debía de tener la edad de Kate. Iban vestidos de domingo. «¿Adónde se dirigirían?». Gala descartó la misa de los domingos, porque su abuela le acababa de confesar su escasa devoción; su padre llevaba los zapatos lustrosos, pero por el balón que sostenía con su brazo derecho, poco faltaba para que los llenara de polvo. Después de examinar al detalle a su padre, trasladó el foco a su abuela y volvió a quedarse sin aliento al comprobar el increíble parecido físico con ella. Eran como dos gotas de agua, como una misma persona en dos épocas distintas. Gala sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo; nunca había experimentado la extraña sensación de verse desdoblada que sintió al reconocer su extraordinario parecido. Que así fuera la hacía sentirse más cercana a Amelia, a la que ni siquiera había conocido, pero a la que comenzaba a percibir terriblemente. Deseó subir al desván y rebuscar más fotografías para verse, para verla y encontrar más allá del parecido físico, seguro que gestos similares. Pensó en su propia madre y en la tortura de ver crecer a su propia hija convertida en la mujer a la que repudió y mató antes de tiempo. No era un motivo ni una razón, pero podía tratarse de la causa por la que su madre y ella jamás pudieron intimar; llegar a tener la complicidad esperada entre madre e hija. El extraordinario parecido físico de Gala con la madre de su difunto marido podía haberse convertido en algo imposible de soportar sin sentir rechazo por su propia hija. A Gala, en cambio, ese descubrimiento le provocó el efecto contrario, cada día se sentía más imantada a su abuela, más unida desde la inconsciencia.
Cerró el cuaderno y respiró profundamente con la intención de sentir la pureza de ese aire. Miró los castaños, desnudos de flores y hojas, pero desplegando sus ramas deseosas de alcanzar el cielo. La inmensidad de la naturaleza en su aparente quietud la embriagó de una paz jamás sentida con tanta consciencia. Volvió a concentrarse en la respiración y la propia sensación placentera le dibujó una fina sonrisa. Quiso retener ese instante mágico, alargarlo, exprimirlo hasta dar con la esencia de ese nuevo perfume. Gala sintió cómo sus tripas se habían modificado, cómo sus entrañas estaban deseosas de expandirse hasta, como raíces, unirlas a esa tierra. Se incorporó del banco, sentía la necesidad de andar, de fundirse con el paisaje, de repetir el mismo camino que hizo su abuela cuando volvió a por su hijo, pero al revés. De La Muga a Castelló d’Empúries, apenas tres kilómetros y medio.
Kate, que estaba con Adele y Jow cuidando a los caballos, vio a su madre caminar sola y alejarse por la vía principal del pueblo. Sin pensárselo dos veces, salió en su busca; desde que llegaron del aeropuerto, no había querido hablar con ella; apenas le preguntó, simplemente volvieron en coche ella, su madre y Amat en silencio. Por extraño que pareciera, la echaba de menos, necesitaba hablar con su madre, explicarse y volver a disculparse por el dolor causado. La cara descompuesta de Gala en el aeropuerto, con el cuerpo doblado por la imposibilidad de sostener tanto mal sentir, no podía olvidarla. Jamás la había visto así de desnuda, así de expresiva con lo que le ocurría. Gala era una Marlborough y guardar las formas era lo más importante. Pero la mujer que la fue a buscar al aeropuerto no parecía una Marlborough, no parecía su madre.
Gala se giró al oír pisadas de cerca; al reconocer a su hija mayor, apenas hizo esfuerzos para esperarla; prosiguió su paseo en soledad, obviando la presencia de Kate que permaneció a su lado en silencio. Las dos caminaron en compañía del ruido de sus propios pasos, contemplando los prados y los campos de maíz en los márgenes del camino. Era un día frío pero de una claridad que permitía contemplar con prismáticos las casas de los pueblos dispersos entre las montañas. Kate intentaba buscar con la mirada la complicidad de su madre, que seguía perdida en sus pensamientos y en los cultivos. Aunque en silencio y sin intercambiar palabras, Kate se sentía más cerca que nunca de Gala. Deseaba hablar con ella, aunque todavía sentía rabia de tener que pasar las Navidades lejos de casa.
Tomasa y Francisca tocaron el claxon al pasar frente a ellas con el coche. Gala y Kate alzaron los brazos para devolver el saludo. En pocos días, se habían habituado a esa cotidianeidad de saludar siempre. Vivir en una gran ciudad te hace cerrar compuertas y caminar en el hermetismo de creerte invisible para los demás; apenas fijarte en los vecinos del edificio, y mucho menos en los del barrio. En una semana, no solo los del pueblo sino también los de otros pueblos, las conocieran o no, siempre las saludaban, incluso algunos se paraban a charlotear unos minutos. Esa tierra comenzaba también a acostumbrarse a las recién llegadas y despertaba en ellas la curiosidad por explorar y conocerla mejor.
Anduvieron todo el trayecto sin mediar palabra; Kate distraída en sus pensamientos, con sus intentonas de dar con cobertura para el móvil y tratando de encontrar la frase perfecta para romper el hielo con su madre. Gala, en cambio, había entrado en una especie de trance, buscando reconocer sensaciones que su abuela pudo sentir al recorrer el mismo camino que ella. Intentaba en cada respiración atrapar cualquier sentimiento, cualquier amago de placer o disgusto. Aunque no intercambiara palabra con ella, pasear con su hija la hacía feliz, la miró con disimulo y de reojo, le gustaba esa paz recién hallada.
Kate y Adele apenas habían compartido con Gala el descubrimiento de que la difunta pasara de ser tía abuela a abuela. Adele, mucho más sensible que su hermana, prefirió no remover demasiado el lodo, pues intuía que aquel descubrimiento no iba a ser el único. A Kate le había impresionado la noticia y desde entonces miraba la casa de La Xatart con otros ojos. Aquella tierra era un poco más de su madre y de su hermana y de ella; un pensamiento que cada vez que le sobrevenía lo ahuyentaba por miedo a alejarse de su hogar, de su casa: ¡Nueva York!
Llegaron al pueblo vecino de La Muga, Castelló d’Empúries, pero no se detuvieron hasta llegar a las puertas de la imponente iglesia de majestuoso portón central. Kate y Gala se pararon a lo lejos para contemplarla; nunca había sido una apasionada de la arquitectura, pero parecía habérsele despertado un interés por lo antiguo; Kate, en cambio, se dedicó a contar los adoquines de piedra que revestían el suelo de la gran plaza. A los laterales, un pequeño porche con terrazas y gente; desconocidos disfrutando de las vistas, resguardados del frío bajo una estufa champiñón. A Kate le divirtió el contraste, lo viejo con lo moderno; te hacía recordar que en esas callejuelas que habían consentido combates a duelo, romances a escondidas, persecuciones y asesinatos, las piedras permanecían intactas, sosteniendo el paso de los años sin perder un ápice de majestuosidad. Echaba de menos a su hermana, seguro que Adele le hubiera añadido historias a cada paso por esos callejones estrechos, de subidas y bajadas, propios del medievo, de cuentos de príncipes y princesas o de espadachines como D’Artagnan. Mientras imaginaba a su hermana, su madre, pillándola completamente desprevenida, le tomó la mano y la apretó con fuerza sin dejar de contemplar la iglesia. Kate había olvidado lo que puede llegar a reconfortar eso, la mano de su madre sobre la suya; la seguridad en forma de corriente gustosa te recompone llenándote de susurros que te recuerdan lo única y especial que eres. Sintió ganas de ir a más y abrazar allí mismo a su madre, pero se contuvo por una mezcla de orgullo y vergüenza.
—¿Te apetece un chocolate caliente?
Comenzaba a ganar fuerza la teoría de Kate de que su madre estaba mutando, pues cada día que transcurría en La Muga descubría matices que nunca antes había visto en ella. Se dio cuenta, con la taza entre las manos, de que, de tanto que habían caminado, el frío indiscreto había calado en sus huesos. Gala sacó de su bolso el cuaderno de su abuela y lo depositó sobre la mesa, bajo la intrigada mirada de su hija. Kate no quería romper el silencio, no se atrevía a ser indiscreta, no estaba segura de si la tormenta había pasado o se encontraban todavía en fase de formación de los nubarrones antes de que el aguacero descargara. Gala miró fijamente el cuaderno, lo hojeó delante de su hija hasta encontrar la fotografía de su padre y su abuela que había contemplado horas antes en soledad. Sin hablar le dio la vuelta para que Kate pudiera examinarla. ¡Era cierto! Su madre era igual que la mujer de la fotografía, su… ¿bisabuela?
Kate era desapegada con los orígenes, como su padre; el doctor Frederick siempre consideraba que los orígenes son raíces que, en la mayoría de los casos, solo sirven para convivir con malas hierbas. Tiene dos hermanos a los que hace años que no ve y, solamente cuando se acuerda, llama para felicitar la Navidad. Poco más y poco menos; ni siquiera sintió ni expresó en público o en privado dolor por la muerte de su propio padre. Kate no le conocía apenas, pero le sorprendió no ver en su padre una lágrima de afectación. Estaba con él en casa jugando al ajedrez cuando recibió la noticia. Lo llamaron al móvil, apenas unas palabras y colgó. Sin hablar, como era su turno movió pieza, luego Kate, y así permanecieron hasta el jaque mate. Inmediatamente después de que cayera el rey, su padre soltó la frase: «Your grandfather is dead» («Tu abuelo ha muerto».). Lo dijo sin despegar la vista del rey blanco caído y, con un leve suspiro, se levantó sin más. «I’m going to take a shower. Be ready in an hour to leave home, please» («Voy a darme una ducha. Estate lista dentro de una hora para salir de casa, por favor».).
Los orígenes, la familia…
En esta tierra parecía que todo eso importaba mucho más. Su amiga Joana, que andaba pidiéndole perdón por las esquinas por haberla traicionado al romper el pacto de silencio, le contó que los linajes de campo se respetan y cuidan. Su abuela Julianne siempre estaba con los Marlborough a todas horas y, en cuanto podía, te recitaba el árbol genealógico hasta el siglo XVIII. Pero no era tanto por orgullo de sentimiento sino por pertenecer a una casta de las privilegiadas familias que fundaron la capital de Nueva Inglaterra. Eran conceptos distintos de respeto por la familia. Joana adoraba a su abuela Tomasa, pues aunque cascarrabias, era una mujer que lo había sacrificado y hecho todo por la familia. Era la gran matriarca, porque las mujeres, desde tiempos inmemoriales, son las gobernadoras, las conquistadoras, las herederas de la tierra. A ellas, le contó Joana, se les ha rendido siempre pleitesía, respeto y, como en muchas tribus, se les ha consultado toda iniciativa importante o decisiva en la vida.
—Algún día, cuando sea mayor, me gustaría pertenecer al Círculo de ancianas. Es secreto, ¿sabes? Mi abuela Tomasa es una de ellas…
Kate recordaba cómo Joana le había contado lo de esas reuniones y el poder de unas abuelas que, para ella, solo eran eso, abuelas octogenarias y… basta. No podía imaginarse a su abuela Julianne en una de esas reuniones y mucho menos que ella o su madre le fueran a consultar si debía ser una Roller Derby o si su madre montaba un negocio. A Kate le resultaba curiosa esa forma de vivir y respetar a los mayores, tenía mucha más lógica que mandarlos a un asilo o simplemente ignorarlos.
—Si la experiencia cuenta para acceder a un trabajo mejor… ¿Cómo no va a contar que lleves más años en la tierra?
Su amiga Joana lo tenía muy claro y por eso adoraba a su abuela y era su confidente y mayor apoyo en su sueño de ir a Nueva York a triunfar. Ella, en cambio, jamás le había consultado nada a Julianne porque nunca estaba disponible para ella a no ser que fuera para ir de compras, manicuras o a probar un nuevo restaurante. Estaba claro que vivir en el otro lado del charco hacía el enfoque bien distinto y, en Nueva York, no había demasiado tiempo para la familia y, mucho menos, conversaciones alrededor de la chimenea.
—Me habría gustado conocerla.
Se había olvidado de que su madre seguía congelada sosteniendo la fotografía de su abuela y su padre para que Kate la contemplara. Se había perdido en pensamientos y apenas le había dado tiempo de reparar en la imagen, más allá del excepcional parecido de la mujer con su madre. No estaba segura de si debía añadir algo al comentario de su madre o permanecer en silencio. Tampoco sabía qué decir… tampoco su madre fue más allá, volvió a mirar la fotografía y la metió de nuevo en el cuaderno.
—Kate… ¿tú me quieres?
La pregunta la pilló por sorpresa. ¿Cómo no iba a quererla? ¡Era su madre! Nunca se había planteado esa cuestión, y tampoco entendía por qué su madre se la formulaba. En esa familia apenas se hablaba de sentimientos, y mucho menos se expresaban, ni en público ni en privado. ¿Qué debía contestar? No sabía mucho lo que significaba querer, todavía era una niña y, si querer significaba desear estar tiempo con su madre, hablar de sus cosas y convertirse en dos buenas amigas, la respuesta debía de ser que no mucho. Ella era feliz con sus amigas, y su madre era su madre, una mujer muy distinta a ella a la que la mayoría de las veces no comprendía. Tenían pocas cosas en común más allá de ser madre e hija, pero no sabía si debía responder eso, o ser como siempre le habían dicho, políticamente correcta. La verdad no debe esconderse, pero tampoco revelarse en exceso.
—Sí, eres mi madre…
Apenas sabía qué más responder, no le apetecía demasiado esa clase de conversación; nunca lo habían hecho, y no sabía por qué debía comenzar a hacerlo en esa plaza medieval con una gran iglesia presidiendo el encuentro.
—De haber podido, ¿te habrías ido con tu padre a Nueva York?
Estaba preparada para enfrentarse a la bronca, a la reprimenda por su intento de fuga, pero no para mantener una conversación al respecto. No quería hablar de su padre y de su madre, no quería estar en medio de ellos y, mucho menos, opinar o tener que elegir entre uno u otro. Los hechos definen, y estaba claro, con solo observarla, que respetaba mucho más a su padre que a su madre, y aunque no recibía apenas cariño por parte de Frederick, sí libertad de acción.
—¿Por qué nunca quieres estar conmigo?
Comenzaba a sentirse incómoda con aquellas preguntas. No quería responder, porque sabía perfectamente que iba a meter la pata hasta el fondo. Que aquella conversación, más que arreglar las cosas, podía empeorarlas, pero su madre parecía dispuesta a seguir con el interrogatorio hasta obtener respuestas. ¿Era tan importante saber de boca de su hija que la rechazaba?
—¡Kate! ¿Piensas quedarte callada?
Sabía que no había otra que mantener esa conversación. ¿Tenía otra salida? No se lo pensó, ni siquiera lo procesó, simplemente lo soltó.
—No quiero ser como tú.
Esas palabras atravesaron el corazón de Gala y la hirieron de desconcierto en lo más profundo. ¿Qué había querido decir su hija? ¿Por qué tanto rechazo? De las dos, Kate era la que más se parecía físicamente a ella; a medida que iba creciendo, era mayor la semejanza. ¿Podía eso provocarle rechazo? No se esperaba una respuesta tan contundente, tan corta, pero tan rotunda. Dudaba si repreguntarle o dejar las cosas como estaban. Era consciente de que sentarse a hablar con una adolescente era arriesgarse a recibir zarpazos justos o injustos y sin anestesia.
—¿Ser como yo?
No pudo evitarlo, necesitaba saber lo que su hija mayor realmente pensaba de ella, cómo veía a su madre y por qué nunca conseguían hacer de madre e hija ni un solo día. Kate mantenía la cabeza gacha, no era capaz de mirar a su madre y soltar la rabia en forma de palabras.
—Una… hum… cobarde.
¿Lo había escuchado bien? Kate apenas lo había soltado en forma de susurro, apenas había sido un leve rugido acompañado de exceso de aire. «¿Cobarde? ¿Así era como su hija mayor la veía?». Era consciente de que nunca le había mostrado respeto, pero ¿cobarde? Aquello la había descolocado, ella se consideraba una mujer con empuje que incluso se había atrevido a cruzar el océano sola para resolver una herencia de una desconocida. ¿Cobarde? Desde hacía unos años estaba precisamente dándole sentido a su vida con la necesidad de montar un negocio, ser autónoma y no convertirse en un ama de casa rica que se va de compras y a los salones de belleza con las amigas todas las semanas. ¿Cobarde? No quería convertirse en una mujer esclava del físico y, en más de una ocasión, había discutido con Frederick y su insistencia de meterla en un quirófano para ciertos retoques. Se rebelaba a ser moldeada a gusto de su marido, a convertirse en una mujer más de plástico que de carne y hueso, como su propia madre. ¿Cobarde?
—¿Cobarde?
Kate no quería que llegara ese momento; hacía muchos años que lo había descubierto y sabía que su madre lo sabía, y la semiodiaba por eso. No la entendía, no quería ser como ella y no quería ser ella la que le dijera cómo dejó de respetarla el día en que ellas dos llegaron temprano a casa y se encontraron a su padre con una mujer a la que jamás habían visto, tomándose una copa de vino. Ese día Kate tenía 11 años, pero suficiente edad para saber que su padre no solo bebía vino con aquella mujer. El silencio de su madre, cómo agachó la mirada ante el brindis espontáneo y juguetón de su padre y aquella mujer fue lo de menos. Lo que Kate no pudo perdonar a Gala fue que las obligara a aceptar como parte de la normalidad las idas y venidas de Frederick; que mintiera a sus propias hijas para ocultar la verdad; los viajes de trabajo, las ausencias dejándolas con la cena preparada, evidenciaban que su padre estaba con otras mujeres, con todas las que podía y quería, y que su madre lo consentía y trataba de normalizar la situación con mentiras, excusas y mirando a la derecha o a la izquierda pero jamás al centro. A Kate le habría gustado no entrar ese día con su madre en casa y ver la realidad con tanta nitidez. Durante un tiempo apenas habló con su padre, le odió por ir con otras, pero poco a poco comenzó a sentir rechazo por su madre, por no comprender cómo bajaba la cabeza y hacía como si oyera llover; por cómo con los años se había construido una vida imaginaria y había obligado a sus hijas a vivir allí dentro. Kate odiaba los lunes de pizza, odiaba tener que sentarse a la mesa con su padre y su madre y simular que eran la familia perfecta; odiaba formar parte de esa estirpe en la que, por encima de todo, estaba el decoro y el dinero. Por eso ella amaba ser una Gotham Girl; todo lo opuesto a ser una Donovan Marlborough; y rechazaba todo lo que tenía que ver con eso. A su padre apenas lo veía, no tenía conversación, pero por lo menos no se ocupaba ni preocupaba por darle lecciones de vida; no se ocupaba y… ¡ya está! Pero su madre… su madre no era más que una ¡cobarde!
—¿Dónde va a pasar las Navidades papá?
Gala sintió un nudo en el estómago, una presión en el pecho que le impedía respirar. Tragó saliva con dificultad y soltó el aire a bocanadas. Esa inocente pregunta escondía todo lo que su hija mayor quería responderle a su última pregunta: ¿Cobarde? La humillación es una aguja muy fina con la que terminas autoperforándote si no te enfrentas a ella. Sin proponérselo, había llegado la hora de hablar de lo que siempre trató de silenciar, de borrar su huella, de pasar por encima sin plantearse ir más allá. ¿Debía hablarlo con su hija? Estaba claro que Kate era consciente de esa fractura, esa fisura en cualquier momento podía hacer pedacitos la imagen de la familia perfecta. No lo eran desde hacía muchos años; pero mientras la mierda no flotara, habían decidido, cada uno por su lado, silenciarlo. ¿Cobarde? Le hubiera contado cientos de sutilezas a su hija para que dejara de concebirla como una cobarde, pero en el fondo sabía que tenía razón. En el fondo soportaba la humillación de ser una mujer compartida, de ser una más y simular ser la única por el bien de la familia. ¿Qué demonios significaba el bien de la familia? El maldito statu quo, el no saber qué hacer sin Frederick, el miedo a criar a las hijas sola y no convertirse en el reflejo de su propia madre, que hizo de la amargura su compañía. Asumir que te has equivocado, que debías haber tomado el camino de la izquierda y no el de la derecha que todos señalaban es asumir que tu propia vida hace aguas. Gala no estaba preparada, pero nunca se hubiera imaginado que tal retención o sumisión de una vida que no es la soñada la habría conducido a ser repudiada por su propia hija.
Kate no sabía cómo salir de esa situación, ella era tan solo una adolescente y no debía vivir cosas de los mayores. Intentaba buscar una salida a seguir hablando de su madre y su cobardía, necesitaba salir de allí como fuera. Gala había hundido la cabeza por el frío repentino de cuando a una la desnudan, la dejan sin defensas, ni excusas y le muestran el camino con un golpe seco. Su hija lo acababa de hacer sentada en aquella terraza con un cerco de chocolate alrededor de toda la boca. La observó con disimulo; seguía siendo una niña, pero sufría como una adulta.
—Tu padre… Tiene trabajo, ya lo sabes…
Kate levantó la cabeza para mirar con la rabia de tener que comerse una nueva mentira, de simular de nuevo normalidad y jugar juntas al juego de construir la familia perfecta para ellas y para el resto. Gala había elegido no contestar a su hija con la sinceridad que se merecía; era todavía una niña y, aunque mordiera con colmillos afilados, no se merecía recibir de su misma medicina. ¿Acaso habría soportado escuchar que su padre prefería irse de viaje con una de sus amantes a viajar para estar con su familia? No quiso abrir la caja de Pandora, que estaba pidiendo a gritos ser abierta y liberarlos a todos.
—¿Puedo ir a ver la iglesia?
Ambas sabían que a Kate no le gustaban las iglesias ni las cosas antiguas. Ambas sabían que estaba buscando cerrar una conversación que no debía haber empezado nunca. Kate se levantó y se fue alejando sin mirar atrás, no quería volverse para que su madre viera que las lágrimas se habían apoderado de ella. Era tan solo una niña y había aprendido a reconocer el dolor en la mirada y, aunque la repudiara, no podía aguantar ver a su madre hundida, consumida por la culpa, la humillación y la mentira. Habría preferido echar a correr calle abajo y no parar hasta llegar a La Muga para que Joana la reconfortara con alguna historia de las abuelas del pueblo. Pero no tuvo otra opción que cruzar el gigantesco arco que coronaba el portón de entrada. Dio un par de pasos y, reticente a avanzar, se detuvo para recuperarse de la conversación vivida y silenciada que acababa de tener con su madre.
—¿No te vas a santiguar?
Kate se giró algo temerosa por saber quién le había susurrado al oído y descubrió al chico que no dejaba de mirarla en el campo, mientras intentaba torpemente meter algún gol. Estaba justo detrás de ella con dos bolsas de plástico llenas de compra, una amplia sonrisa y jadeando por el esfuerzo de la carrera que se había echado al verla desde lo lejos entrar en la catedral.
—Es la catedral de estas tierras, ¿sabes? La catedral del Ampurdán.
Intentaba recordar su nombre, era algo parecido a Alec, como Alec Baldwin, pero a veces se trastabillaba con los nombres de ese lugar.
—¿Quieres que te la enseñe? Me sé toda su historia… Me gusta la historia, ¿sabes?
Kate no tenía nada que perder y, por supuesto, nada mejor que hacer. Aquel chico le caía simpático porque, aunque lo intentaba, no podía evitar ser torpe. Nada más comenzar la visita, se le rasgó una de las bolsas y se le rompieron casi todos los huevos que llevaba. Kate se moría de risa y él de vergüenza, intentando resolver aquel desagravio que podía acabar en expulsión por sacrilegio.
—No te rías, romper unos huevos dentro de la catedral puede costarnos la expulsión, ¿sabes? ¡Ayúdame si no quieres que nos echen!
Kate no podía parar de reír; a ella le parecía lo más divertido del mundo una expulsión, pero al chico torpe le estaba provocando un mal trago. No entendía de herejías, ni de profanaciones, pero en todo caso para que no los quemaran en la hoguera, le prestó su mochila para que recogiera el resto de paquetes de la bolsa rota y lo más rápido posible abandonaran el terreno mancillado con cáscaras, yemas y claras.
El chico la llevó hasta los bancos de oración para poder recuperarse del agravio, secarse el sudor y que sus mejillas bajaran el rubor. Kate lo observaba aguantándose la risa, pero al tiempo sintiendo cierta ternura por él. Un chico de su edad en Nueva York poco tenía que ver ni con su aspecto ni con su comportamiento, más propio de épocas anteriores al siglo XXI.
—¿Sigues queriendo que te enseñe la catedral?
Lo dijo con voz de apuro y cierta vergüenza por su torpeza; Aleix no era muy espabilado, más bien tímido y, con las chicas, solía tener las manos y los pies de mantequilla. Deseaba enseñarle a Kate sus conocimientos de historia, hacerse valer, mostrarse en algo de lo que se sentía seguro… Kate era diferente de todas las chicas a las que había visto en su vida; desde que se la presentaron, no había dejado de pensar en ella; apenas habían intercambiado un hola, pero le gustaba. A veces no es necesario hablar para estar seguro de que alguien te gusta y él ya había tenido suficiente con ese hola.
—¡Me apunto!
Era la segunda vez que se veían y aquel chico le hacía olvidarse de lo que le preocupaba por segunda vez. Primero fue con Joana, que no dejaba de escribir la dichosa lista para decidirse si la ayudaba a fugarse o no, y en ese momento fue con su madre. Entró en esa iglesia destrozada, sin ganas de hablar ni observar nada y, a los cinco minutos, aquel chico había conseguido evaporar ese mal sentimiento y provocarle la risa.
—¿Cómo te llamabas?
—Aleix.
—Es que no se me quedan los nombres de aquí…
—A l e i x, Aleix, Al-eix, ¡Aleix!
Aleix le repitió veinte veces su nombre hasta que Kate con un gran «OK!» y una gran carcajada se dio cuenta de que no podía volver a olvidar su nombre. Los dos recorrieron toda la catedral cargados con la compra.
—Es una de las piezas fundamentales del gótico catalán, la comenzó a construir en 1261 el conde Ponce IV de Empúries.
¿Gótico catalán? ¿Ponce IV? A Kate le importaba poco esa historia, pero disfrutaba escuchando a Aleix; le gustaba el entusiasmo que demostraba con cada explicación, cada fecha que recordaba o nombre que soltaba. Durante una hora, no cesó de hablarle de bóvedas, arbotantes, gárgolas, contrafuertes, vitrales, guerras y conquistas. Aleix era como un libro abierto y a Kate le entretenía su extenso conocimiento.
Gala apenas se había movido de la terraza; había cambiado el chocolate por una cerveza y a su hija por el cuaderno de su abuela. Intentó proseguir con su lectura, pero los pensamientos sobre lo sucedido con Kate se le agolpaban y le impedían concentrarse. Hacía años que sabía que Don Pluscuamperfecto se tiraba a todas sus operadas o, por lo menos, a las que podía. Jamás lo habían hablado, pero tácitamente habían acordado unas normas. Desde aquel suceso en casa en presencia de Kate, establecieron la regla de oro: nunca más en casa y siempre con mujeres ajenas a la familia. Gala había aprendido a vivir con ello, incluso a veces había conseguido creerse que su marido se iba a operar a Los Ángeles cuando en realidad estaba en el Four Seasons tirándose a una cualquiera. A veces se le había pasado por la cabeza dejarle, abandonarlo y llevarse a sus hijas para empezar de cero. Pero como en ese momento, se le habían agolpado los sentimientos sin encontrar la lucidez en ninguno de ellos. Era madre, era una Marlborough y no estaba preparada para que su hija mayor la mirara con asco y la llamara cobarde. Tampoco estaba preparada para darle la espalda a Don Pluscuamperfecto, enfrentarse a su madre y comenzar a ser ella. ¿Quién era? Apenas lo sabía… solo tenía unas terribles ganas de esconder la cabeza y, como con las letras escritas en la arena, borrar con un palo lo sucedido.
Comenzaba a ser tarde, Kate no salía de la iglesia y Gala no estaba preparada para ir a buscar a su hija y mirarla a los ojos. Necesitaba beber un poco más para que la humillación descendiera más allá del esófago. Debían volver a La Muga y recoger a Adele, que podría comenzar a preocuparse por su ausencia.
—¿Gala? ¿Te acuerdas de mí?
Gala vio ante ella a una mujer de poco más de sesenta años, de aspecto joven y moderno, y con una piel reluciente. Le resultaba familiar, pero no atinaba a situarla, no recordaba haberla visto en La Muga ni haber hablado con ella, pero la mujer conocía su nombre y parecía saber mucho más. Sin preguntarle siquiera, se tomó la libertad de sentarse junto a ella sin ser invitada.
—Soy la Teresa, Teresa Forgas, la de los viñedos, ¿sabes? Tu primer día aquí, con Robert el abogado… ¿Recuerdas?
Enseguida supo de quién se trataba. Era la mujer que había embadurnado a Adele con cremas y le había regalado unos cuantos potingues el mismo día de la apertura del testamento. No dejaba de sonreírle y examinarla de arriba abajo; en aquellas tierras la gente se permitía el lujo del descaro y del poco disimulo. Le hubiera encantado levantarse de la silla y dejarla con la palabra en la boca, pero en el fondo la excusa de una sorpresiva compañía le impedía ir a buscar a Kate, que, en esos instantes, era lo que menos le apetecía hacer.
Teresa y Úrsula eran las que mayores cotilleos almacenaban de todo el pueblo. La sometió a un interrogatorio que, disfrazado de cortesía, no pretendía otra cosa que recabar información. Fue así como se enteró de que a todo el pueblo le había llenado de alborozo saber que había decidido quedarse a pasar las Navidades. Aunque era tiempo de estar en familia, ese año estaban intentando organizar una buena fiesta para celebrar el Año Nuevo; incluso Tomasa, la más rica y agarrada del pueblo, había ofrecido su casa para celebrar el evento, aunque la tradición marcaba el restaurante La Muga. Gala estaba algo apurada por si al recibir tanto protagonismo podría causar molestias. Ni siquiera le había dado tiempo a plantearse cómo pasaría las fiestas con sus hijas, lejos de su marido y su madre, cuando ya lo estaban organizando por ella.
—Además, pronto es luna llena, este año la última cae el 28. En el campo, la luna llena es muy importante, ¿sabes?
Aquella mujer era una cotorra, no dejaba de hablar ni siquiera para tomar aire. Estaba excitada por hablar con Gala; le contó que no podía soportar haber sido la última en hablar con ella.
—Bueno, la Cecilia poco te ha hablado, ¿verdad?
¿Qué importancia tenía aquello? Para La Segunda, mucho. La Segunda es como la conocían en La Muga, porque era la segunda mujer de Alfonso Forgas, el de los vinos. Se enamoró de ella, hacía más de veinte años, estando casado y, por amor, el Forgas dejó a su primera mujer y madre de sus hijos y metió a La Otra en casa. El escándalo en La Muga fue de primer nivel y, durante muchos años, a Teresa, que venía de la ciudad, le costó ser aceptada. Nunca ha sido de las queridas, pero ha conseguido, no sin esfuerzo y —por qué no decirlo— malas artes, ser aceptada en el Círculo. Gala estaba intrigada con ese círculo del que había oído hablar, pero del que nadie le había contado qué era exactamente. Teresa poco le aclaró.
—Hace tiempo que no se convoca, pero esta luna llena puede que traiga sorpresas.
La invitó a ella y a sus hijas a visitar las bodegas Forgas y sus viñedos. La familia de su marido era una de las más reconocidas en el Ampurdán por su buen espumoso y joven tinto. Tenían tanto dinero como los Brugat, aunque por tradición los otros fueran considerados «los ricos».
Se tomaron una copa de vino… ¡Gala debía probar un Forgas! Y… Teresa aprovechaba cualquier ocasión para hacer negocio. Una rica americana con influencias enamorada de ese vino podía abrirle las puertas a Estados Unidos. Los vinos Forgas no eran de producción masiva y, por ello, debían elegir muy bien sus mercados, siempre selectos. Gala agradeció la invitación, la copa de vino y las botellas que, al parecer, Teresa le había dejado junto al ramito y el saquito de poder. En esa tierra tenían una particular manera de dar la bienvenida a la gente; a Gala comenzaba a agradarle ser agasajada con regalos. Lo echaba de menos…
—¿Y la herencia? ¿Cómo vas?
La indiscreta pregunta de Teresa la llevó de lleno al objetivo olvidado. Se dio cuenta de que llevaba unos días inmersa en otras cuestiones, y había descuidado su principal objetivo: hacerse con la herencia de su abuela. Aquella mujer deseaba hurgar en todo, pero podía serle útil para saber algo más del misterioso cuadro.
—¿La mar? Mmm… No me suena… Dices que como el de Dalí de la mujer en la ventana, ¿no?
Teresa era una nefasta actriz, no sabía disimular y a Gala, más que convencerle su respuesta, le sorprendió el nerviosismo por ocultar la verdad. Esa mujer sabía algo del cuadro, pero no alcanzaba a comprender por qué lo ocultaba. Le insistió pero solo consiguió que saliera huyendo de allí en menos de cinco minutos con un «se me ha hecho tarde» y otro «espero verte en Can Forgas».
Gala se dirigió a la iglesia intrigada de nuevo por el cuadro y por el misterio que lo rodeaba. ¿Quién podía ser su autor? Haber decidido pasar las fiestas allí le había concedido una prórroga para lograr conocer la autoría de La mar, pero comenzaba a pensar que había gato encerrado en ello, y las abuelas tenían mucho que ver y decir. ¿Intuición femenina o verdad como un templo? Una leve sonrisa antes de entrar en la iglesia le hizo decantarse más por el segundo pensamiento: ¡una verdad como un templo!
Adele se sentía cada vez más cómoda en aquel lugar. Ese pueblo y sus habitantes le parecían tan mágicos como Narnia, solo que la nieve estaba en las montañas y no bañaba todo el paisaje. Nunca había imaginado que pudiera existir un lugar así, y saber que su bisabuela y su abuelo eran de allí lo hacía todo mucho más interesante.
La abuela Nalda le había contado que, cuando esa tierra comenzaba a atraparte, corría por las venas otra sangre y, desde entonces, Adele no dejaba de mirarse el brazo para ver si ocurría algo extraño con sus venas. Cada vez que lo hacía, conseguía que Boston se abalanzara sobre ella y la cubriera de lametazos. Marc reía divertido mientras intentaba dar a unas latas con el tirachinas que le había construido el abuelo Vicente con madera de olivo y goma de pollo. Adele intentaba aprender, pero era igual que cuando su padre las llevaba a pescar y se tiraban horas esperando a que algún renacuajo picara el anzuelo. ¡Práctica! Adele era virtuosa en muchas cosas, pero no en cultivar la paciencia. Siendo fiel a sí misma y, después de diez intentos frustrados para darle a las latas, fue corriendo hasta ellas y, de un manotazo, las tiró de golpe. Marc no daba crédito a la reacción de su amiga, pero hiciera lo que hiciera Adele, él lo aprobaba por divertido, loco, insensato, bruto… Porque sencillamente era obra de su amiga. Mientras observaba cómo se enrabietaba consigo misma y volvía a colocar las latas en las ramas sin que se le cayeran, Marc sintió un pinchazo en el estómago. ¿Cuánto tiempo les quedaba para estar juntos? No había reparado en ello desde que Gala decidió quedarse a pasar las Navidades, pero le vino el vértigo al pensar que un día sería el último y Adele se iría de La Muga para no volver.
A Adele se le frustró la sonrisa al ver a Marc pálido y como ausente por unos segundos. Su mirada se había tornado de un gris triste, los ojos se le habían hundido y la boca se le había caído. Se quedó rezagada unos metros detrás de él, con las manos entrelazadas y sin atreverse a preguntar por miedo a conocer la respuesta. Adele y Marc habían desarrollado una especie de comunicación telepática; sabían a cada momento con tan solo mirarse lo que le ocurría al otro. A veces, de tanto practicarlo, se pasaban minutos sin hablar y perdían la conciencia de si se lo habían dicho de palabra o con la mente. Fueron tan solo unos segundos en los que Adele contuvo la respiración y bajó la mirada, pero la eternidad anida en los intervalos de tiempo suspendido.
—¿Me vas a enseñar a hablar inglés?
Marc sabía que su amiga estaba justo detrás de él, sentía su no respiración y martilleando el suelo su pie izquierdo, que, en cuanto escuchó la pregunta, se detuvo en seco. Adele sabía que su amigo se estaba preparando para la despedida, que su pregunta era un «Si tú te vas, yo… ¡te voy a ver a tu país!». Sus ojos se humedecieron de la emoción al saber que Marc tampoco quería perderla y estaba dispuesto a cruzar el océano para volver a verla. Estaban en una edad en la que los imposibles todavía se teñían de posibles y los sueños se construían desde el cielo y no desde la tierra. Adele dio un par de pasos y se abrazó con fuerza a la cintura de Marc, fue un impulso, una reacción al brote de emoción, un decirle telepáticamente que estaba con él y que ella también era ¡una scout!
—¿Y si nos convertimos en siameses?
Boston alzó las dos patas sobre Marc y Adele, que se resistían a separarse. La pequeña apoyó la cabeza sobre la espalda de Marc, sentía un placer parecido a cuando comía palomitas de mantequilla o se daba atracones de marshmallows viendo una película de Dreamworks. Solo que en aquel momento el estómago se le calentó como si hubiera tomado un tazón de consomé y sus mejillas se ruborizaron hasta las orejas como cuando recibía un halago de alguien. Marc no podía dejar de sonreír de tanto gustirrinín por tener a su amiga pegada a él.
Los dos estuvieron pegados un buen rato, abrazados como rudos troncos que ni siquiera el viento es capaz de mover; sonriendo, comunicándose telepáticamente y experimentando individualmente los chispazos del primer amor. Aquel que es tan difícil de olvidar y que, cuanto más se aleja, más se idealiza por la añoranza de un tiempo pasado donde la ingenuidad marcaba el rumbo. Aquella tarde, Adele y Marc, abrazados y con el rubor del despertar del deseo, se prometieron en silencio, se confesaron amor eterno; como Romeo y Julieta o como millones de adultos que un día fueron niños. Marc se giró para mirar a Adele, sintió sus bajos en movimiento ascendente y, despegándose de ella no sin esfuerzo, le entregó, como si de un ramo de flores se tratara, el tirachinas del abuelo Vicente.
—¿Para mí?
—Para ti.
Adele no encontró palabras que pudieran apagar su emoción, sus ganas de saltar y brincar para compartir con el mundo su felicidad. De un impulso, le plantó un beso en los labios y se dio a la fuga presa de la vergüenza por ese primer beso. Marc se quedó unos segundos con el disfrute de la huella de ese beso, con el dibujo invisible que permanecía todavía sobre sus labios. Los ladridos de Boston rompieron el hechizo y salió disparado en busca de Adele, que se encontraba más lejos de lo que creía.
Cualquier adulto que les observara, sabría reconocer perfectamente el enamoramiento que los dos niños estaban sintiendo. Todos menos Gala, que estaba demasiado ocupada en evitar que las grietas que se habían formado en sus cimientos fueran a más.
Kate se mantenía unos pasos por detrás de Gala. Tenía edad suficiente para diferenciar cuándo cruzaba límites y orgullo a mares para bloquear cualquier atisbo de justificación o perdón. Aunque no se sentía a gusto con la conversación que había mantenido con su madre, no era ella la que debía enterrar el hacha de guerra. Ella era tan solo una adolescente, a la que durante años le había tocado cargar con una losa que solo corresponde a los adultos. Se mantenía entretenida persiguiendo su sombra y arrastrando los pies para formar nubes de polvo. Era una manera burda de llamar la atención sin reconocer que sufría por su madre, que no quería que se sintiera mal; reconocer al fin y al cabo que un mejunje de emociones opuestas se le apelotonaban sin orden ni sentido en la boca del estómago. A cada minuto cambiaba de emoción; pasaba de la necesidad de abrazar a su madre a la rabia de tenerla delante, a sentirse sola y desamparada, a querer desaparecer, a exigirle un perdón, incluso a confesarle entre sollozos un tímido «lo siento». A veces, ni siquiera Kate sabía con exactitud qué le ocurría, simplemente se emborronaba, sentía como si una enorme nube negra se posara sobre su cabeza e impidiera traducir el sentido de su estado. En esos casos, lo mejor era fruncir el ceño, cruzar los brazos y desconectarse del mundo. No siempre lo conseguía, mucho menos cuando había cruzado un límite.
Gala andaba como un ser alado, sin apenas pisar la tierra, perdida en pensamientos que invitaban al tormento. Lejos de culpar a su hija, se sentía mal por haberla metido en una ficción contraída con la familia perfecta como protagonista. ¿Qué había sido de su empuje vital, de su atrevimiento, de su deseo de libertad? El amor a sus hijas le impedía arrepentirse de haberse casado con Frederick, pero comenzaba a no verle salida a aquella situación de la que tan solo ella era la responsable. ¿Frederick? Frederick mostró sus cartas desde el principio. Cuando apenas llevaban dos meses de noviazgo, se acostó con la mejor amiga de Gala entre una liposucción y otra. Así fue como descubrió que el morbo nada tiene que ver con la belleza o el amor, y que Frederick vivía en ese código. Quizá por eso se hizo cirujano plástico, por morbo y… ¡y poder! Un binomio que toda personalidad abusiva conoce muy bien. Frederick siempre se mostró como un ególatra que bebía de la baba de los demás y reforzaba su poder a costa de su imperioso don de seducción y de someter a otros. Gala cayó en sus garras, aceptó su juego a cambio de vivir en una libertad soñada que quiso retener a cualquier precio. Necesitaba dejar atrás las ataduras de su linaje, la moral de su familia y el dominio de su madre sobre ella. Frederick entró como un tifón en su vida y, como experto depredador, no se detuvo hasta hacerse con la difícil presa. Gala podía haber cancelado la boda, podía haber terminado con Frederick la misma tarde en que, mirándole a los ojos, le preguntó si se acostaba con Alysson. Más que una respuesta verbal, Gala consiguió que Frederick la poseyera de nuevo y la arrastrara a los infiernos del deseo carnal. No era una monja, pero había sido educada en la castidad, en la pureza prematrimonial y Frederick representaba todo lo contrario. Decidió casarse con él, pero jamás se imaginó que se convertiría en su propia bestia negra y que de poco había servido el matrimonio y saltarse todas las reglas, pues pasó de ser sometida por su madre a serlo por un marido que no deseaba si no poseía.
Gala no sabía apenas nada del amor; hacía años que había renunciado a él, al que de niña le quitaba el hipo y la hacía sonreír en cualquier momento. Se había olvidado de las caricias, de las atenciones de cuento, del amante loco y romántico que solo tiene ojos para su amada. Renunciar a su búsqueda no fue consciente, como tampoco abandonar sus sueños de explorar, como Adele, planetas desconocidos y civilizaciones perdidas. Con la maternidad y un marido ausente, cayó en el pozo de la comodidad, rebosante de lodo de cobardía. Todos esos años se mantuvo en el hechizo que duerme cualquier deseo propio, que deja de soñar y renuncia a tierras o mundos desconocidos que prometen un futuro mejor. Gala simplemente se olvidó de quién era o quién quería ser y simplemente fue, hasta convertirse en todo lo que había querido evitar ser: un ama de casa rica que llena su desdicha con lujos materiales que, lejos de calmar, hacen más profundo el pozo. En el fondo, no era tan distinta a su madre…
Se detuvo en seco y respiró para evitar que la rabia emergiera en llanto. Observó cómo los maizales bailaban al son del viento que, silbando, alertaba de la llegada de una tormenta. Oteó cómo la naturaleza se alineaba para recibirla, cómo la sombra alumbraba el camino de la lluvia, cómo las nubes se abrazaban y la tierra se abría para recibir agua bendita. Estaban todavía lejos de La Muga y el aguacero se encontraba a pocos minutos de allí; Kate tomó el brazo de su madre y la invitó a seguirla al trote; al final de unos campos, se vislumbraba una pequeña estructura de madera llena de sacos; perfecto refugio para guarecerse de la lluvia y contemplar el fenómeno.
Nada más llegar, comenzaron a caer gotas que abrían al trote los cielos para recibir al dios de la lluvia y a sus lacayos. Gala y Kate se recuperaban de la carrera sentadas en los sacos, dispuestas a contemplar el espectáculo. Apenas unos minutos tardó la cortina de agua en aislarlas del mundo. Permanecieron atrapadas en apenas un metro cuadrado, temiéndose lo peor; una tormenta de furia que, lejos de agonizar, se mantiene durante horas. Durante más de media hora gozaron maravilladas de la danza de la naturaleza, contemplando su poder y dominio sobre ellas y sobre el hombre. Gala aprovechó para soltar lastre y llorar; liberar lágrimas ante semejante aguacero le provocó un efecto de contagio tal que en su propio interior también estalló la tormenta. Kate la miraba de reojo, silente y sin atreverse a moverse un ápice. En su inconsciencia, se dio cuenta de que lo que pensaba que eran gotas de agua en su mano eran sus propias lágrimas cayendo. ¿Estaba ella también llorando? Apretó el estómago y dejó de respirar para bloquearlas, pero solo los benditos son capaces de detener lo que ya está en marcha… Kate lloró también en silencio, como Gala, escondiéndose de su madre, disimulando para evitar que se percatara; esa tarde cayeron tres tormentas a la vez, concentradas en apenas un metro cuadrado y cumpliendo con una de las máximas de la naturaleza: después de la tormenta, viene la calma.
Hundiendo los zapatos en la tierra mojada, caminaron por los campos encharcados hasta llegar al camino de tierra principal y retomar la marcha. Disfrutaron del fango, del perfume que destila la naturaleza después de la lluvia, de la luz cegadora que irradia el cielo después de la ira. Al llegar al camino de tierra, Gala se detuvo a esperar a su hija, que se había quedado rezagada, recuperando una zapatilla hundida en el barro. Hija y madre se miraron finalmente a los ojos, manteniéndose en silencio la una frente a la otra hasta recobrar lo perdido y fundirse en un abrazo poderoso. Kate echó las últimas lágrimas retenidas, Gala acarició el pelo de su hija y soltó todo el amor que pudo y supo.
—Lo siento, mamá.
—Chisss… —Como un susurro aterciopelado, sin dejar de acariciar a su hija, Gala sintió que había recobrado algo de fuerza, percibió cómo sus piernas se habían enraizado y esa tierra le había dado coraje para remar en la dirección que ella decidiera—. Chisss… —Seguía susurrando como el viento para calmar a su hija y espantar los lamentos y culpas. Había llegado la hora de nuevos tiempos, de dejarse llevar por ese lugar, de vivir, de disfrutar y de comportarse como una familia.
—¿Me ayudarás a cocinar el pavo?
—¡Si nunca has cocinado uno!
—Pues quizá sea un buen momento para aprender, ¿no?
Kate sonrió mientras su madre le secaba las lágrimas y la besaba varias veces en la frente. Reemprendieron la marcha cogidas de la mano y charlando como no recordaban haberlo hecho antes. Hablaron de ellas, del paisaje, de esas montañas, de La Muga, de la abuela Amelia, de su hermana. Compartieron confidencias y se miraron reconociendo una admiración perdida. Kate se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos a su madre, de lo mucho que necesitaba su apoyo y cariño… Gala simplemente caminaba sin dejar de sonreír; disfrutaba de lo que hacía tiempo que era incapaz de hacer: mantener una sonrisa dibujada en los labios. Se detuvo en seco y exhaló mirando al cielo para agradecerle al dios de la lluvia su acción sanadora. La realidad comenzaba a cambiar, y estaba convencida de que iba a ser para bien.
Estaban tan mimetizadas con la naturaleza que Amat tuvo dificultad en dar con ellas. Llevaba más de una hora metido en el coche buscándolas entre el viento y la tormenta, necesitaba encontrarlas para llevarlas con urgencia a su casa. Durante la exploración, ensayó más de cien veces cómo contarle a Gala lo sucedido para, lejos de alarmar, tranquilizarla. Con la frenada no pudo evitar salpicar barro, apenas se percató del percance; salió del coche de un salto y esperó a estar frente a Gala para soltar el discurso aprendido. Gala miró a Amat sin saber a qué se debía tal brusquedad y precipitación. Amat sintió la punzada en el estómago y el deseo de besar a Gala, maldiciendo ser portador de malas noticias.
—No quiero que te asustes, ¿vale?
—¿Qué ha pasado?
Ni siquiera fue capaz de pronunciarlo, estaba tan bloqueada por el miedo de ver el pánico en los ojos de Amat que este tragó saliva, se dejó de ensayos y lo soltó sin más.
—Es… Adele… Ha perdido el conocimiento y… No sabemos qué le ocurre.
La cara de Gala se desencajó, se había quedado sin lágrimas para llorar y estaba demasiado asustada para ponerse en lo peor. Se subieron al coche de un salto, sin sentirse la piel. En menos de cinco minutos llegaron a La Muga, un minuto más tarde estaban en la habitación de Marc, contemplando a Adele que, con los ojos a media asta les dedicaba una frágil sonrisa. Gala se arrodilló ante la cama y llenó de besos a su hija sin parar de llorar. Kate se quedó petrificada frente a la puerta, muerta de miedo por pensar que a su hermana le pasara algo grave.
—No ha sido nada. Un desmayo sin importancia, señora. Demasiada emoción en tan poco tiempo. Necesita un poco de reposo y… ¡como nueva!
El doctor trató de calmar la repentina ansiedad de Gala, que lo ametralló a preguntas: «¿Es grave? ¿Qué ha sido exactamente? Nunca antes se había desmayado, ¿sabe? ¿Está seguro? ¿Qué quiere decir con reposo?». Nalda intentó mediar entre el doctor y Gala, que parecía dispuesta a cargar con toda la responsabilidad de lo ocurrido al pobre doctor Garriga que, desde hacía años, tomaba la tensión a todos los habitantes de La Muga. Había envejecido como todos, pero era un buen doctor que se había ocupado de todos los niños del pueblo y llenado de experiencia como para fiarse de su diagnóstico.
—Mamá, estoy bien… Solo un poco cansada, nada más.
La Roja acompañó al doctor Garriga a la puerta y le agradeció todas las atenciones. Llevaba un par de horas con Adele, cuidándola, y no se merecía el trato que había recibido de Gala. Por suerte, el doctor Garriga estaba acostumbrado a la desconfianza de los recién llegados, de las jóvenes parejas que, huyendo de la urbe, se van a vivir al campo y a la mínima tienen miedo de la enfermedad y la falta de recursos sanitarios de los pueblos. De tratarse de una grave enfermedad, él habría sido el primero en llamar a una ambulancia y acudir a un hospital de la ciudad más cercana, pero en infecciones, bajadas de tensión o virus varios, no había nadie que lo aventajara.
—Nalda, si torna a quedar-se inconscient… truca’m! Sigui l’hora que sigui, d’acord?
—No pateixis que ho faré. (—Nalda, si vuelve a quedarse inconsciente… ¡llámame! Sea la hora que sea, ¿de acuerdo?)
Kate y Gala llegaban medio empapadas, pues aunque habían conseguido refugiarse de lo peor, no se habían librado del todo. Necesitaban una ducha y ropa seca. Nalda había decidido tomar las riendas de la situación y, como buena matriarca, alojarlas esa noche en su casa; serían sus invitadas, dijera lo que dijera Gala. Marc se pidió dormir con Adele, Kate y Gala en la habitación de Amat y Amat en el sofá con Boston. No pudieron sonreír al ver la mueca de insatisfacción de Amat, aunque en el fondo estaba nervioso por pasar una noche tan cerca de Gala.
Pasado el susto y con Adele cada vez más recuperada de su repentino desmayo, Kate y Gala se fueron a dar un baño que habían preparado con mimo. Amat y el abuelo Vicente encendieron la chimenea para calentar el salón de visitas; normalmente cenaban en el comedor de la cocina, y solo en noches especiales como esa decoraban la gran mesa y encendían la chimenea «de castillo», como la llamaba Marc.
Nalda, poco cocinillas, sacó del congelador sopa de pollo y butifarras de la tierra. Una buena ensalada verde con tomate de la huerta; pan tostado al fuego y untado de ajo, tomate y aceite de oliva y… ¡a cenar! El abuelo Vicente preparó el porrón, confesando a las invitadas el brebaje prohibido y secreto: un buen vino Forgas y gaseosa.
—Como se entere la Teresa de que hacéis eso con el vino…
Gala no pretendía ofender a nadie, pero por lo que había apreciado, el vino Forgas no era de los que se mezclaban con gaseosa, sino de los que se servían en botella de cristal. El comentario de Gala, lejos de ofender, provocó una carcajada en todos, no tanto por el comentario sino por saber que Gala ya se había cruzado con Teresa.
—¿No son buenos vinos los Forgas?
La pregunta incendió más las carcajadas en la sala, no eran ofensivas hacia La Segunda, pero su prepotencia con los vinos era archiconocida por todos y, aunque eran buenos, no eran tal producto de lujo que predicaba ella. Gala comenzó a entender la sorna mucho más que por el vino por la personalidad de Teresa.
—No es mala mujer, ¿sabes? Un poco presuntuosa, nada más.
El abuelo Vicente estuvo toda la velada contando anécdotas divertidas del pueblo a las recién llegadas; de todos, era el que nunca había salido de La Muga y estaba orgulloso de conocer únicamente ese pedazo de tierra.
—Muchos presumen de conocer decenas de países, pero apenas saben de sus vecinos…
Kate atendía divertida a las explicaciones del abuelo Vicente y de Nalda; Marc se escapaba de vez en cuando para visitar a Adele y Amat aprovechaba cualquier despiste fugaz para mirar de reojo a Gala. A cada mirada, descubría temeroso que todo en ella era hermoso y le asustaba la insensatez de su corazón, que después de décadas inactivo decidía recaer en una mujer casada, americana y enrabietada con la vida. Nalda miraba a su hijo con prevención; desde el primer día supo ver en sus ojos un atisbo de rubor propio del que ansía enamorarse. Su hijo había elegido nuevamente a la mujer equivocada para deshacer el hechizo, y ella estaba dispuesta a todo con tal de que no se diera de bruces dos veces con la misma piedra. Nalda apreciaba a Gala, pero su hijo era su prioridad y le había costado sudor y lágrimas sacarlo del pozo de la miseria del desamor, y no estaba dispuesta a contemplar cómo se tiraba él mismo de nuevo. Decidió contraatacar, aunque se ganara la enemistad de Amat.
—¿Y cómo está tu marido? ¿Viene por Navidad?
Las risas se cortaron con ese par de preguntas. Nalda sintió el golpe invisible de su marido por haber roto el buen ambiente con indiscreciones propias de otras del pueblo y no de su mujer, pero La Roja sabía muy bien qué estaba haciendo.
—¿Cuánto lleváis casados?
—Quince años.
—Adele me dijo que es un prestigioso cirujano, ¿no?
Gala no tenía demasiadas ganas de contestar, ni de hablar de Frederick ni de volver a montar una ficción delante de Kate. Intentaba cerrar el tema con respuestas cortas, pero Nalda no dejaba de insistir. Amat comenzó a carraspear junto con Vicente y a beber más porrón de la cuenta. Kate bajaba la cabeza pero estaba atenta a las respuestas de su madre. Ante una situación violenta, a cualquiera se le disparan las alarmas y cada cual reacciona como puede. El abuelo Vicente fue a buscar su pipa, Amat a colocar leña en el fuego, Marc con Adele y Kate en el sofá encendió la tele. Todavía no habían tomado los postres ni el café y Nalda había conseguido romper el embrujo para atar a su hijo a la realidad.
—Mama, m’acompanyes a la cuina a servir les postres? (—Mamá, ¿me acompañas a la cocina a servir el postre?)
Amat cruzó mirada asesina con su madre que, comprendiendo que había sido suficiente, se levantó con la mejor de las sonrisas para acompañar a su hijo. Al cerrar la puerta de la cocina, Amat entró en cólera; jamás había visto semejante carácter en él. Nalda supo que había herido a su hijo, pero el amor de una madre viaja mucho más lejos, y prefiere causar males para evitar mayores.
—Què dimonis et passa, eh? Deixa de fixar-te en ella, m’has entès? Ni fa per a tu, ni està per tu, ni és lliure, em sents? (—¿Qué demonios te pasa, eh? Deja de fijarte en ella, ¿me has entendido? Ni te conviene, ni está por ti, ni está libre, ¿me oyes?)
El rugir de una madre puede llegar a ser como un tifón que arrasa con todo. Nalda también había bebido demasiado vino con gaseosa, pero sabía muy bien de lo que estaba hablando. Mucho mejor que Amat, que se quedó petrificado unos minutos en la cocina, recomponiéndose. El amor elige a sus propios amantes, su madre tenía razón; estaba dejándose llevar y debía poner remedio antes de caer desde más arriba. Estaba a tiempo de cambiar las cosas, de evitar enamorarse de la mujer equivocada, de vivir de nuevo un amor no correspondido. El primero fue a traición, pero enamorarse de Gala: casada, americana y que le rechazaba, era clavarse él mismo la estaca.
El destino estaba jugando con cada uno: Gala necesitaba retomar fuerzas antes de volver a casa y hablar como nunca con Frederick; Adele recuperarlas para seguir al lado de Marc; Kate disfrutar de ese «condenado lugar»; y Amat echar tierra al fuego que Gala avivaba. Las leyes de la naturaleza son más complejas de lo que aparentan y tientan a quienes se rebelan, no las siguen o las ignoran.
Solamente cabe sentarse y esperar a que sucedan los acontecimientos… ¿Acaso La Roja era tan poderosa como para ganarle la partida al destino?