Capítulo 7 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
No recordaba unos preparativos tan concienzudos como los de aquel año en La Muga. Sin hablarlo, las tres decidieron por su cuenta que aquellas Navidades debían ser especiales; ninguna mencionó la ausencia de Frederick ni de la abuela Julianne, y todas se concentraron en adaptarse a las tradiciones de esa tierra para festejar la Navidad.
—¿Tú eres creyente?
Joana no era mucho de liturgia, pero el pueblo sí y en la medianoche del día 25 todos acudían a la iglesia para la Misa del Gallo. Kate sabía que había una oración esa noche también en su país, lo sabía porque la abuela había acudido algún año a Saint Patrick; pero ni su madre ni su padre la habían acompañado. No le importaba ir a esa misa. Tenía demasiado presente la conversación que había tenido con Joana, y que le había hecho replantearse en serio su actitud y tratar de disfrutar de sus nuevos amigos: Joana y Aleix.
—¿Siempre eres así?
Iban de compras para decorar el árbol de Navidad del pueblo; todos aportaban bolas, cintas y luces para hacer del pino de la plaza principal el mejor decorado de la zona. El ayuntamiento de Perelada; el pueblo del que dependía La Muga, aportaba lo básico; el resto era cosa de los vecinos. Agnès, la encargada ese año del pino, delegó en Kate y Joana para que le dieran un toque americano al pino gigante; Adele y Marc ayudarían a Tomasa y Francisca con el belén. Gala agradecía que sus hijas estuvieran entretenidas. Había decidido darle un giro a la casa de su abuela; limpiarla y deshacerse de alguna de sus pertenencias para donarlas con la ayuda de Nalda.
Todos tenían una misión, el pueblo entero estaba preparado para el pistoletazo de salida de la Navidad y, como cualquier Navidad en cualquier parte del mundo, las rencillas, los nervios y las sensibilidades estaban presentes. La Muga era un hervidero de encargos, de carreras para preparar la primera de las cenas y ultimar las compras para asistir a la Misa del Gallo y ser nombrada —sotto voce— la más elegante del año. La Muga era un pueblo pequeño y, como tal, las tradiciones portaban competición y las envidias salían a flote, pues, como en una gran familia, los roces existían y, en tiempo de perdón y hermandad, más que encogerse se exacerbaban.
—¿Siempre eres así?
Joana volvió a repetirle la misma pregunta al ver que Kate daba la callada por respuesta. Había tenido mucha paciencia con la americana, pero estaba un poco cansada de que, por ser de Nueva York, todo lo de su pueblo fuera menos o nada. Ella era la primera en admirar Manhattan, pero estaba muy orgullosa de pertenecer a La Muga, de ser de allí y de tener la familia que tenía, los amigos y los vecinos. Su paciencia se había agotado con Kate pues, desde que la había conocido, no había escuchado de ella un solo elogio a La Muga y sus habitantes.
—Es que estoy un poco harta de que, con perdón, te cagues dentro, ¿sabes?
Kate y Joana se quedaron petrificadas, como estatuas, en medio de una escalera de la segunda planta de uno de los Todo a cien más grandes de la zona. La escalera mecánica estaba estropeada y tardaron en salir de aquel atolladero en el que se habían metido.
Kate estaba desconcertada, nunca hasta ese momento había visto a su amiga sacar carácter, era la primera vez que se metía con ella o se disgustaba, y estaba claro que Joana se había plantado en un «¡hasta aquí!» por hartazgo. ¿Qué debía responderle? No sabía por dónde empezar, porque no era consciente de que su comportamiento pudiera ser tan ofensivo para Joana o el resto, ella… ¡solo expresaba su opinión!
—¿No hay nada en esta tierra que te guste? ¿No hay nada en tu vida que te guste?
Joana era muy generosa, tenía mucho aguante, pero era radical y, cuando se le agotaba la paciencia o el vaso se le llenaba de tanto aguantar, no pensaba más que en vaciar el agua abruptamente sin reparar en daños. Aquella mañana, en medio de esa escalera mecánica estropeada, le soltó a su amiga americana de cuello largo todo lo que le pasó por la mente, sin filtro ni apenas pausa. Kate aguantó en silencio la retahíla de lamentos y quejas de su amiga y, aunque le dolía escucharla, no pronunció palabra.
—Vivir en un pueblo pequeño no es de retrasados, ¿sabes? Quizá la retrasada eres tú, que no eres capaz de ver más allá en las personas. ¿Sabes por qué quiero ir a triunfar a Broadway? Porque creo que por ser quien soy, una pueblerina de una tierra tan fértil y mágica como el Ampurdán, tengo mucho que ofrecer. Sé que no me valoras, ni crees que tenga talento, como la mayoría del pueblo, pero ellos me animan a cumplir mi sueño y, si no lo consigo, te aseguro que volveré feliz a esta tierra que, cuando estoy dormida, me habla y, cuando tengo una pesadilla, envía al viento a susurrarme compañía. No soy como tú, porque cuando respiro agradezco, cuando me sonríen devuelvo gratitud y cuando me ayudan doy las gracias. Desde que llegaste, quise ser tu amiga, porque me gustabas, incluso puse en peligro mi sueño aun sabiendo que me estabas mintiendo. ¿Acaso me crees tan tonta para creerme que tu padre conoce a Robert de Niro? No lo soy, pero sabía lo importante que era para ti estar con tus amigas o con tu padre. ¿Me lo has agradecido? Yo te pedí perdón por abrir la boca, pero ¿y tú? Quejas y desprecios. ¿Sabes? No eres tan perfecta como crees, más bien eres… ¡insoportable! Ojalá aprendieras de tu hermana…
Joana subió las escaleras sin mirar atrás, dejando a Kate fosilizada por lo que acaba de soltar. Se fue con la lágrima floja por haberle dicho a su amiga todo lo que pensaba, por haberle causado dolor, pero no soportaba un minuto más a su lado, escuchando lamentos, quejas o desprecios sobre su gente y su vida. No podía aguantar que la llamaran tonta a la cara una vez más y se rieran de ella y no con ella. Joana era una soñadora, un motor de ingenuidad que desprende alegría por donde pasa sin meterse con nadie, todo lo contrario, buscando la felicidad en cualquier rincón. Desde pequeña se había sentido incomprendida por los suyos, y en la escuela no entendía por qué la gente se agarraba a lo negativo y se dejaba marchitar como una margarita a la que le quitan el sol y le escupen en vez de regarla. Ella no iba a cambiar, veía la vida de otro color, se agarraba a la sonrisa e intentaba buscar lo bueno de las personas. ¿Qué tenía de malo? Andaba por los pasillos de ese bazar como un alma en pena; no soportaba la tristeza, no sabía moverse en ella, era la otra cara de la vida y, a veces, debía sufrirla para volver a sentirse bien.
Kate tardó unos minutos en recuperarse y reaccionar a todo lo escuchado. Su estado era parecido a cuando a uno lo atacan por sorpresa y le golpean desde la espalda, o cuando le pillan a contrapié. Joana nunca había dado muestras de desagrado de su carácter, nunca se había quejado por un comentario suyo; parecía que todo estaba bien hasta que, en medio de una escalera mecánica estropeada, lanzó la pregunta que lo desencadenó todo.
—¿Siempre eres así?
Nunca se había planteado cómo era ni si su comportamiento podía herir a los demás. Simplemente era y… ¡ya! Tenía carácter, normalmente soltaba por la boca todo lo que pensaba y, aunque su madre muchas veces se lo advirtiera, al fin y al cabo era su madre y siempre creyó que era una queja injustificada propia de una madre que, como madre, tiene que recordar que manda sobre la hija. Pero ¿Joana? No se podía imaginar que su amiga le soltara semejante discurso de desaprobación y hartazgo. ¿Tan grave había sido su desprecio? De repente, sola en aquel pedazo de tienda, perdida en medio de un polígono, rodeada de gente desconocida, desesperada por encontrar regalos, chollos o baratijas para llenar el árbol de Navidad, se sintió sola y encogida por haber sido rechazada. No había sido su intención hacer daño o menospreciar la vida en La Muga. Todas las ancianas se habían portado muy bien con ella, con Adele y su madre; Joana había sido generosa con ella y su cómplice de aventuras junto con Aleix. Pero ese no era su… ¡mundo! No quería estar allí, ni pertenecer a esa tierra ni tener unos padres que están a punto de divorciarse porque hace muchos años que no se quieren. Kate quería otra vida, quería ser igual de feliz que Joana, quería… simplemente ser feliz, y puede que por eso despreciara todo lo que oliera a felicidad, por no poder ni siquiera rozarlo.
Descendió de cuatro en cuatro los peldaños de la maldita escalera, le faltaba el aire y corrió hasta encontrar la salida y derramó lágrimas detrás de un coche por vergüenza a ser vista por alguien. No era fácil ser una niña rica y criarse en un mundo postizo donde lo importante es la apariencia más allá de cómo te sientas. En el fondo, quería ser como Joana, deseaba vivir sin juicios, deseaba sentirse libre para correr como Adele y explorar mundos; deseaba mostrarse como la niña que era: rebelde, traviesa, aventurera, inventora y nada convencional. Pero su familia flotaba en lo convencional y ella lo rechazaba y odiaba. Llegar a La Muga le había abierto a un mundo nuevo, donde ella podía expresarse con mayor libertad, pero no era su mundo, porque en pocos días volvería a su realidad; al ático en el Upper Side con su padre viajero, su madre evasiva y su abuela obsesiva.
Joana la encontró apoyada en la rueda de un todoterreno, sollozando como si fuera una niña de cuatro años. Se sentó junto a ella y le acarició el pelo, pues por la vergüenza se había tapado la cara con los brazos y las rodillas. Nadie dijo que la vida fuera fácil a los 13 años, ni que ser niño fuera un parque de atracciones. Kate tenía miedo de perder a Joana, de que ya no quisiera ser su amiga, pues, aparte de Jersey, ella era una llanera solitaria más por obligación que por elección. No encajaba demasiado en el mundo, ni encontraba niños de su edad que compartieran su mundo sin juzgarlo y, en La Muga, había encontrado a alguien que parecía entenderla y con quien se podía reír. Apenas hacía unos meses que le había empezado la regla y estaba un poco revuelta con aquella nueva sensación, sentir que los chicos la miraban de otra manera, que sus pechos habían crecido y comenzaba a llevar sujetador. No estaba siendo fácil y puede que se enfurruñara más de la cuenta y hubiera olvidado sonreír. Por eso Joana era tan importante en su vida, porque, aunque no lo quisiera, la hacía sonreír, lo mismo que Aleix.
—¿A que en tu país los troncos no cagan regalos?
Kate miró a Joana sin entender la pregunta, pero no pudo evitar sonreír de nuevo. ¿Troncos que cagan? Jamás había oído hablar de algo similar, pensaba que eran cosas de Joana, pero se dio cuenta, por su insistencia, de que hablaba en serio. Santa Claus no bajaba por la chimenea ni sobrevolaba los tejados con sus renos alados.
—Los que vivimos de la tierra, sabemos que los regalos vienen de ella.
Joana no supo explicarle bien el origen del cagatió, pero estaba segura de que Nalda La Roja le contaría esa noche la tradición antes de proceder a golpear el tronco con la vara para que cagara regalos.
—¿Amigas?
Kate se secó las lágrimas, esperando ansiosa una respuesta de Joana que no se hizo esperar.
—¡Amigas!
Kate podía ser insoportable pero resultaba de una ternura conmovedora que Joana había sabido leer desde que la conoció. Era un torbellino de inteligencia, envidiaba su cabeza y conectaba con una sensibilidad que todavía le costaba mostrar. Kate, cuando se soltaba la melena, dejaba atrás la rebeldía y la queja, era tan ingenua como Joana y podía emocionarse con cualquier detalle de la naturaleza.
La dos entraron presurosas de nuevo en el Gigante Chino; todos los de la zona habían bautizado así a ese increíble bazar. Los adultos hablaban de una invasión de los chinos y, aunque algunos planteaban el boicot, la vida no estaba para dar un euro de más para bolas de Navidad. Necesitaban comprar muchas cosas si querían tener el árbol más visitado de la zona y, con cincuenta euros, si no acudían al Gigante Chino, sería difícil salir con más de cinco bolsas. Por suerte, con las famosas listas de Joana, ya tenían medio hecho el trabajo, iban a tiro fijo, pues sabían perfectamente todo lo que debían comprar para hacer del pino, un pino americano.
Adele no estaba demasiado convencida de entrar de nuevo en la propiedad de Tomasa. Marc no se podía creer que tuviera miedo de La Rica, solo era un poco cascarrabias, pero de buen corazón. Además, les había regalado para Nochebuena a todos los del pueblo un par de cestas con las mejores verduras y frutas de su cosecha. Todos los años preparaba para cada uno un generoso lote que era comentado y agradecido en el pueblo. Su prima Francisca era la encargada de montar el belén del pueblo, y durante el año compraba figuritas, las restauraba y estaba varios meses trabajando para lucir el nacimiento del niño Jesús. Aunque su liturgia era más de flores, desde que se murió su marido, su afición por el pesebre fue a más hasta lograr que fuera el más visitado de la zona.
—¿Sabes que tiene más de mil figuritas?
Adele, que caminaba arrastrando los pies, comenzó a interesarse por la historia. Marc le contó que el más grande del mundo estaba en Nápoles y que incluso había reyes que habían colaborado con las figuritas. Esa historia le resultaba familiar, porque las Navidades pasadas su padre las llevó a ver el Belén Napolitano del Metropolitan Museum.
—¿Y cuántas piezas tiene?
—No sé, pero según mi padre, las más caras.
Marc y Adele dieron rienda suelta a su imaginación y cada uno describió con grandes dosis de exageración su pesebre. Era cierto que Francisca había logrado que fuera el más famoso de la zona, pero no contaba con un millar de figuritas; la mitad era más que suficiente para lograr un reconocido espectáculo visual. Desde hacía años, su prima Tomasa le dejaba el pajar pequeño esos días para instalar el nacimiento y… ¡todo el evangelio! Era, junto a las plantas, su pasión y un orgullo para todo el pueblo. Durante el año pedía favores a todos los del pueblo para mejorar y sorprender a los visitantes.
Tomasa los recibió con el delantal puesto y un par de vasos de zumo de naranja recién exprimida para ellos. Adele entró en la propiedad con la cabeza gacha y los pies de barro, lista para, en cualquier ocasión, echar a correr. A Marc le divertía el estado de shock de su amiga, aunque nada más entrar en el pajar y ver el pesebre, se olvidó del miedo y explotó de emoción.
Nadie sabe el origen de cada onomatopeya; nadie sabe quién fue el primer ser humano que, ante el deslumbramiento por contemplar una maravilla, soltó el primer «¡ooohhh!», pero al igual que los perros, tengan hueso o tierra, hacen el acto de enterrarlo, los humanos repetimos ese «¡ooohhh!» cuando nos invade el éxtasis de lo bello, descomunal y único. Adele lo soltó nada más entrar en el pajar y contemplar el universo que había allí dentro; una civilización entera en miniatura, un pueblo en toda su actividad, con sus casas, sus prados, sus campos, sus riachuelos y molinos, que acogía el nacimiento de Jesús. Marc soltó un gran «¡ooohhh!» de emoción al descifrar la sorpresa que escondía ese año el pesebre. La Santa había decidido ponerles a todos dentro. ¿Era posible? Incluso… ¡estaban ellas! Adele, Kate y Gala estaban en el pesebre. Por primera vez, había decidido hacer del pueblo de Belén, La Muga en miniatura; con los tractores, las yeguas de Jow y Cecilia, los cerdos, las vacas, el campanario del pueblo y todos los habitantes de La Muga en sus quehaceres. Reconoció emocionado la mano de su abuelo Vicente en la talla de las casas, los árboles e incluso los cerdos de madera.
Adele tardó un poco más en verlo. Estaba demasiado impresionada por aquel mundo en miniatura y no se percató de que estaba en el pesebre hasta que Marc señaló su figura. Se acercó lo más que pudo para saber de qué se trataba y, de la emoción… ¡casi pisa un granero! Marc se dio cuenta de que la colección de bonsáis de Francisca estaba en el pesebre, que Alfonso Forgas le había prestado su maqueta en miniatura de las viñas, y que seguro que Jacinto había colaborado en toda la instalación eléctrica. El marido de Agnès había estudiado para electricista y, siempre que había avería en el pueblo, se le llamaba a él.
Francisca había disfrutado del momento de ver el entusiasmo de los niños al descubrir el particular pesebre. El año anterior había decidido que, aunque fuera criticada, era el momento de hacer un homenaje al pueblo y, con ayuda de todos y un poco de dinero de cada bolsillo, lo lograría. Como algunas ideas, se hizo más grande al hacerlo realidad y, al verlo casi terminado, se dio cuenta de que había logrado plasmar fielmente La Muga y la magia de aquel lugar.
—Solo vosotros y la Tomasa lo habéis visto. Esta noche, después de la Misa del Gallo, como marca la tradición, abriremos las puertas para que todo el que quiera pueda contemplarlo.
Adele y Marc le guiñaron un ojo de complicidad por ser los primeros y mantener el secreto hasta la noche. Adele estaba impaciente por ver la reacción de Kate al descubrir su miniyo, lo mismo que su madre…
—Seguro que la Úrsula protesta por su cara de enfado en el pesebre.
Marc y Adele ayudaron a Francisca con los últimos retoques. Pegar las minipapeleras en los parques, los minibancos recién pintados, los bebederos de los animales y figuras anónimas que mejoraban el ambiente del lugar. El tiempo les pasó demasiado deprisa y fue el tío de Marc, Amat, quien los sacó de la burbuja en la que se habían metido.
Tomasa entró para avisar de que Amat los reclamaba, pero ellos suplicaron quedarse con Francisca hasta terminar el pesebre. La Santa suplicó con la mirada a su prima, que no pudo ni quiso negarle el gusto. Amat compartió la emoción de los niños y se volvió a casa sin ellos. Al fin y al cabo, La Rica les daría de comer y había que preparar el tió antes de que llegara la noche.
La Muga olía a guisos, a calderos avivados que, a todo fuego, cocinaban los manjares de Nochebuena, Navidad y San Esteban. Tres días consecutivos de fiesta en familia y grandes dosis de comida, cada día con su menú y su tradición. Apenas se cruzaba con alguien, eran pocos los que se detenían a charlar; no había tiempo que perder, demasiadas cosas por hacer antes de recibir a la familia, a los hijos, a las parejas de los hijos, a los nietos, a los familiares que, por Navidad, siempre vuelven a La Muga.
Amat se tomó un tiempo para él, caminó por el parque hasta llegar a las proximidades de la esclusa del río Muga. Cuando estaba con la cabeza pesada, le gustaba acercarse al río y escucharlo correr en calma. Llevaba un par de días apenas pisando el pueblo para pernoctar, evitando cruzarse con Gala, saliendo a comer y a cenar con amigos; buscando el disfrute y alejando todo pensamiento de ella. No lo había logrado, pero se había convencido de que debía gastar su memoria hasta llegar a la amnesia con Gala. Eran de dos mundos distintos, él pertenecía a esa tierra y, aunque su amor fuera correspondido, él no abandonaría La Muga; ya lo hizo y prometió no caer nunca más. Su madre tenía razón, aquella mujer era de otro mundo y ese enamoramiento era más ficticio que real: ella no sentía y él, apenas se había fascinado. Pensó en La Xatart, le habría gustado charlar con ella, contarle lo que le sucedía, escuchar sus consejos y terminar riendo juntos como siempre a causa del endemoniado carácter de la anciana. No le apetecía cenar esa noche en casa, porque sabía que su madre había invitado a las americanas y no quería montar un espectáculo. La rabia está muy cerca del amor y, si ya no sentía amor por Gala, sí mucha rabia. ¿Qué podía hacer para evitar la tormenta en casa?
—¡Béatrice!
Era perfecta para amansar a las fieras y pasar una maravillosa velada navideña. Así lo creía Amat y no se lo pensó para invitarla a cenar aquella noche. La francesa, que llevaba un par de años esperando la invitación, en cuanto dijo sí, colgó para acicalarse para la ocasión. Los buenos augurios de uno pueden resultar nefastos para el resto. La realidad es poliédrica y rica en interpretaciones; una invitada sorpresa en Navidad cuenta con muchas papeletas para llevarse la rifa.
—Aquest any no anirem a la quina, em sents? (—Este año no iremos al quinto, ¿me oyes?)
Nalda hablaba con Vicente mientras vigilaba que el caldo navideño hirviera a buen fuego. El abuelo Vicente era un apasionado del juego; le encantaban las cartas, el bingo de los domingos y, por supuesto, el quinto de Navidad; una especie de bingo que se juega siempre con los mismos cartones, que como fichas tiene maíz y en el que, en vez de dinero, ganas lotes de comida. ¡Un año ganó dos gallinas! La Roja, en cambio, detestaba el juego, le parecía primitivo y mucho más jugar a ese bingo que rifaba cerdos y gallinas. ¿Qué iban a pensar las americanas de nosotros? La feliz y longeva pareja, Vicente y Nalda, solían discutir por tradiciones; ella odiaba las corridas de toros y el sueño de Vicente hubiera sido vivir un San Fermín. Él era un hombre tosco, de campo, de tradiciones, y ella era una avanzada en el pueblo: feminista desde joven, reivindicativa, rebelde, informada y… ¡a favor del aborto!
—Què tindrà a veure l’avortament amb anar a jugar a la quina? (—¿Qué tendrá que ver el aborto con ir a jugar al quinto?)
Cuando se ponía nerviosa, Nalda perdía la buena relación con las cosas y, aunque no tuviera sentido, su terquedad le impedía rectificar. Al final, era Vicente el que siempre terminaba cediendo; aparentemente, porque luego él también sabía cómo ingeniárselas para hacer lo que le viniera en gana. Para Nalda, tan necesario era protestar como no prohibir; desde que sufrió siendo una niña de la guerra se prometió que la libertad de cada uno sería sagrada y, a su edad, lo seguía cumpliendo a rajatabla.
Gala, sentada en el gran sofá, les escuchaba discutir, pero apenas entendía lo que decían. Hacía media hora que habían llegado de las compras: regalos para todos para meterlo debajo de la manta del tronco con cara sonriente y patas, tal y como Nalda le había contado.
—Querida, los que vivimos en esta tierra no adoramos un muñeco que salió de una bebida, sino un tronco de árbol, símbolo de la naturaleza dormida durante el invierno que, al ser golpeado con una vara o bastón, defeca para abonar de nuevo la tierra y reiniciar el ciclo vital de la naturaleza. En este lugar apreciamos nuestra tierra y no nos olvidamos de honrarla en cada ocasión.
Con tanto trajín, apenas había tenido tiempo para pensar, para llamar a Frederick o a su madre. Don Pluscuamperfecto le había dejado un par de mensajes en el buzón de voz, imitando como cada año a Santa Claus y su «¡ho, ho, ho!» que al principio le enamoró y a estas alturas le provocaba ciertas arcadas. Le extrañó que su madre no la hubiera llamado para sermonearla, para obligarla a tomar el primer avión con destino a Miami o Nueva York. No le apetecía hablar con ella, pero su interior no le permitía dejar de llamar para saber de ella. Fuese como fuese su relación, era su madre y…
—For Jesus Christ, it’s Christmas Eve! (—Por amor de Dios, ¡es Nochebuena!)
Tuvo suerte y su móvil estaba fuera de cobertura. Apenas eran las siete y media de la mañana en Miami, Julianne no soportaba dormir con el teléfono encendido y era muy probable que, a esas horas, estuviera soñando. En cambio, estaba convencida de que Don Pluscuamperfecto estaría despierto, se levantaba todos los días a las seis menos cuarto para practicar deporte y esculpir su estudiada figura. No tenía ni idea de dónde podría estar practicando su jogging matutino, tampoco necesitaba saberlo ni le apetecía oír su voz más allá de un mensaje que puedes borrar sin escuchar su totalidad. Eso mismo era lo que deseaba como regalo, un borrado mágico para recuperar su autoestima y enfrentarse a Frederick; para tirarle las maletas por la ventana y no solo un trozo de pizza cuando cruzara los límites. Para decirle que se fuera con sus amigas a Disneyworld porque ella había dejado de ser Cenicienta La Criada, y se había convertido en Brave La Indomable. Con la misma rabia con la que pronunció para sus adentros el nombre de su nuevo personaje, lanzó su móvil unos asientos más allá para evitar la tentación de llamar a Frederick y que el principio de su resurrección se evaporase.
Sacó del bolso el cuaderno de su abuela y aprovechó el descanso y la soledad para retomar su lectura.
20 de febrero de 1992
Hoy cumplo sesenta y ocho años y acabo de encontrar dentro de una caja en el desván este cuaderno del que había olvidado su existencia. Es curioso que la vida me reúna de nuevo con él a causa de una nueva muerte. Hace más de diez años que la abuela Adelaida murió, de vieja y sin perder un ápice de su carácter. Lo sentí porque la quería y ella, a su manera, quiso lo mejor para mí y trató de ser la madre y el padre que la guerra me arrancó. Nunca he hablado de mi madre, nunca he confesado en alto que pensaba en ella, preferí enterrarla con mi padre, aunque vivió veinte años más que él, recluida en un sanatorio y apenas visitada. Mi abuela Adelaida soportó todo el peso de la familia, como años más tarde, tras la muerte de mi hermana y Damià, me tocó a mí. En el fondo, me parecía más a la abuela de lo que yo creía: fui fuerte como ella y logré levantar a la familia, superar la muerte de padres, hermana e hijo y seguir cuerda como ella. Antes de morir, me enseñó cómo sobrevivir en soledad, cómo agarrarme a la vida a pesar de haber llamado tanto a la muerte para que me viniera a buscar. Me ayudó a superar lo de Román, a dejarlo atrás y olvidarme incluso de ti y de este cuaderno que comencé a escribir hace casi veinte años.
Ha vuelto a mí cuando revolvía viejas cajas cerradas y olvidadas, buscando fotografías de Antoine. Hace quince días que murió y, aunque jamás vivimos como pareja, ha sido el hombre que más me ha entendido en esta vida. Siempre estuvo ahí, para bien y para mal; gracias a él soy quien soy, dueña de mi destino con una empresa propia y clientes por todo el mundo. A los pocos años de montar el pajar, pude comprarle su parte y ser la única dueña de VellAntic; en mi caso, el alumno superó al viejo profesor y pronto mi fama le precedió. Encontré en los muebles algo sanador, cuanto más tiempo dedicaba a repararlos, sentía que la tristeza encontraba su lugar en mí y dejaba de corretear suelta, inhabilitando mi existencia. Descubrí el antídoto a mi dolor y estudié sin parar para perfeccionar distintas técnicas de restauración hasta convertirme en una de las restauradoras más famosas de la zona. El éxito me llegó por la necesidad, por la desesperación de acordonar el profundo dolor que, como a cualquier fiera, si no quieres que te devore, debes mantener presa.
Antoine me vio crecer, luchar y sobrevivir por encima de todo pronóstico y me dio alas para volar alto, mucho más que él. Fui su orgullo y, en el fondo, la mujer a la que más amó, pero era suficientemente experimentado para comprender que nunca alcanzaría mi amor; hacía mucho tiempo que había aprendido a diferenciar la admiración del amor devocional. Hasta que no murió, no me confesó sus verdaderos sentimientos ni que yo había sido uno de los estímulos de su vida.
Tengo sesenta y ocho años y estoy sola en el mundo. Antoine me lo ha dejado todo a mí; tengo dinero, prestigio, madurez, fuerza, pero ni familia ni ningún amor que haga de las noches un lugar menos tenebroso. El destino ha querido que apenas enfermara Antoine, me lloviera un ayudante; un discípulo como yo lo fui de él. Me habría negado si no fuera porque es el hijo de mi mejor amiga, la Nalda, y a ella pocas cosas puedo negarle. Se llama Amat, tiene veintiséis años, hace meses que volvió de Londres sin pronunciar palabra y con la tristeza tatuada en el corazón. Sé reconocer a una vaca de esta tierra sin necesidad de ver el círculo lacrado a fuego en su piel, lo mismo que reconozco a un tullido por amor. Los distintos tipos de dolor forman parte del mismo ramillete, y sentido uno, reconoces todos. Hace apenas dos meses que Amat apareció como un espectro por VellAntic y, después de dos días inmóvil sentado en un viejo taburete, se aventuró a lijar una vieja mesa. Por la noche, supe que le estaba ocurriendo lo mismo que a mí años atrás; con cada lijado supuraba pena y encontraba consuelo así que, por la Nalda y por comprenderle, sigue conmigo en el taller. ¡Quién sabe! Quizá se convierta en lo que yo para Antoine: un alumno aventajado.
Este cuaderno ha vuelto a provocarme la insensatez de escribirle a una nieta que nunca conoceré y que, con seguridad, jamás leerá todo esto. Dicha locura me consuela; hablarte, sentirte como me hubiera gustado conocerte, saber de ti, charlar y cuidarte como hubiera querido mi hijo, como hubiera querido hacerlo con él…
El pueblo ha cambiado mucho en los últimos años; como España. Ya somos Europeos, a la cola del desarrollo, pero creyéndonos un poderío que no tenemos. El pueblo se quedó sin vacas; los lecheros cambiaron el maíz por el ganado; muchos de ellos prefirieron eso a morir de hambre. Acuerdos de política mayor de la que apenas entiendo y la Nalda no deja de hablarme. Ella es de palabras, yo de silencios. Nos complementamos y nos entendemos por lo mucho que nos hemos respetado y por lo mucho que me ha comprendido.
Es la única en el pueblo que sabe lo de Román, para el resto siempre fui su tía; la única que sabe de tu existencia; la única que me anima a ir a buscarte. ¡Qué locura! Imagino tu cara al estar frente a ti y decirte: «¡Soy tu abuela!». El tiempo ha corrido en mi contra y, aunque le insisto a la Nalda, ella cree que nunca es tarde. Su espíritu revolucionario no la deja abandonar, pero yo no gozo de ese empuje para cambiar las cosas cuando la corriente va en dirección contraria. Mi abuela era de las que se peleaba con la Nalda y siempre le recordaba que «quien nada contracorriente termina ahogándose». Con los años no sé qué pensar, porque he ido siempre a corriente y, aunque sigo a flote, hay una parte de mí que hace años que terminó en las profundidades.
¿Qué sentido tiene mi vida ahora? Nuevamente debo recolocar la cabeza para luchar contra los fantasmas que me afloran. Esta vida se ha hecho un continuo superar miedos que, con la edad, se acrecientan. ¿Tienes miedos, mi niña? Todos estamos en ello, pero la mayoría los sufre en silencio; el tormento es mayor. No sé cuánto me queda por vivir, pero a mi edad el contador comienza a dar marcha atrás. No me quejo de la vida que he tenido, ya no maldigo al cielo de mis infortunios; solo pido que me dé fuerzas para seguir creyendo; para vivir como las plantas, siguiendo los ritmos armónicos de la naturaleza. Como si fuera tan fácil, ¿verdad? La Francisca me ayuda con sus plantas y sus remedios florales; me fío más de ella que del doctor Garriga; el doctor de la tensión del pueblo; es un buen hombre, pero hace tiempo que no me doy a las pastillas. Los ungüentos y las infusiones que prepara la Francisca me calman.
He decidido dejar de viajar. Si Amat se convierte en un leal ayudante, será él quien recorra Europa. Mi hogar es La Muga, un pequeño pueblo que se resiste a vestirse con la modernidad y se esconde a los recién llegados. Es un lugar complejo; todos nos conocemos desde chicos y hemos pasado por muchas cosas. Pero me siento parte de una gran familia; ojalá conocieras a las que ya vamos siendo unas abuelas; las mujeres de esta tierra que, generación tras generación, han sabido conservar su esencia. Cada una goza de su personalidad, hay rencillas muy antiguas entre nosotras, pero siempre hemos estado ahí. Ojalá algún día te las pudiera presentar, porque ellas, con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que son mi verdadero tesoro; mis cómplices, como yo de ellas. ¿Nunca has soñado con tener un círculo secreto de amigas? En La Muga es algo ancestral de las mujeres de esta tierra; esa tradición centenaria ha pasado de generación en generación y es respetada por todas y todos. Muchas noches de luna llena las he pasado con ellas, en nuestro Círculo, convocado por alguna o por todas… Suena a locura, ¿verdad? A hechiceras o brujería literaria, pero solo en parte. ¿Qué somos las mujeres sino unas hechiceras de la vida? ¿No te parece que somos magas? Yo tardé mucho tiempo en aceptarlo, porque la sociedad está concebida para negar, esconder o apagar el poder femenino. Ojalá algún día retorne el equilibrio de la recta con la curva, y lo femenino tenga su trono sin ser mancillado o masculinizado. Qué cosas digo, ¿verdad? No quiero ofenderte, ni que creas que soy una chiflada que empieza a presentar los síntomas de la vejez. Puede que tengas razón, pero en la armonía de esta vida te confieso que debes conciliarte con la mujer que eres; no con la que quieren que seas o la que tú has construido para agradar. Y solo se consigue escuchando los ritmos de la naturaleza.
Nalda, que llevaba un buen rato observando a Gala de reojo, decidió acercarse para llevarle una taza de consomé de pollo y verduras. Había reconocido el cuaderno de Amelia y estaba feliz por saber que, al fin, el destino le había ofrecido a su amiga su bendición y, tal y como deseaba, su nieta estaba leyendo la historia, su historia.
—Toma, te sentará bien…
Las dos mujeres se miraron por primera vez con la complicidad profunda de quienes comparten un antiguo saber. La Roja estuvo tentada a sentarse a su lado y contarle cosas sobre su amiga Amelia, dispuesta a disipar sus dudas o satisfacer sus curiosidades. Pero prefirió seguir silente; esa mirada había dicho mucho más y, si Gala lo deseaba, podía acudir a ella cuando quisiera.
Vicente se había ido a ver el ganado; aunque fuera fiesta, los animales marcaban un ritmo que no entendía de abierto o cerrado; con esa excusa, aprovechaba para pasarse por el restaurante de La Muga y tomarse una cañita con Jacinto y felicitarse las fiestas.
Nalda y Gala se habían quedado solas en la casa. Apenas se oía el ruido del trajinar en la cocina; todo estaba en orden. Las chicas llegarían a media tarde con el tiempo justo para acicalarse para la cena; todavía le quedaba tiempo para estar con ella. Se tomó el consomé, cerró el cuaderno, se cubrió con una manta de lana de oveja y, sin pedir permiso ni acordarse, se durmió con esa sonrisa en los labios de saberse protegida.
Marc y Adele correteaban alrededor de la gran mesa, vestida de rojo y blanco, con candelabros alumbrando la decoración de estrellas y hojas secas. El abuelo Vicente había encendido las luces del árbol de Navidad del jardín, y Marc había metido el disco de villancicos de todos los años. Las hijas de la familia, Susana y Paquita, habían llegado ya con sus maridos, con botellas de vino y regalos para todos que, como todos los años, habían escondido en la habitación de la plancha. Gala y Kate estaban sentadas en el sofá sin apenas moverse, a las dos les había invadido un ataque de timidez; cada una por su lado, sentían la extrañeza de no estar con su familia y, ante una celebración tan íntima como la Navidad, no sabían cómo comportarse. El padre de Marc se ocupaba de las bebidas y les sirvió un buen vino y un refresco. Como el resto de su familia, estaba encantado de tener invitadas esa noche.
Nalda había cocinado pescado al horno y marisco de entrante. En esa casa, en Nochebuena siempre se comía pescado; el día de Navidad sopa con galets, pollo asado y redondo de carne. En San Esteban, con las sobras, ¡canelones!
Adele enseñaba a Marc un villancico en inglés y, sin proponérselo, consiguieron ¡el primer coro de la noche! Y el consiguiente brindis. Era tradición cantar en grupo los villancicos, un inocente juego que empezaba con uno entonando acababa siempre en risa conjunta.
A las nueve en punto de la noche llegó el último comensal: Amat, acompañado de Béatrice, que nada más cruzar el umbral de la puerta provocó que hasta el disco de villancicos dejara de sonar. La única que se abalanzó a saludarla con afecto fue Nalda; la única que lo sabía y se alegraba por la decisión que había tomado su hijo. Los demás repitieron el gesto de la matriarca y dieron la bienvenida a la inesperada invitada.
Gala, Kate y Adele percibieron la visita sorpresa sin darle más importancia de la que tenía: Amat presentaba por Navidad a su pareja. ¿Acaso no ocurría lo mismo en su país? De un modo parecido fue como Gala presentó a Frederick; no fue en Navidad pero sí el día de Acción de Gracias, y sin avisar. Su madre, de los nervios, primero casi quema el pavo en el horno, y luego, por un mal corte, casi lo lanza por la ventana. Aquella velada terminó con un portazo y muchas palabras contenidas. Las visitas inesperadas, en cualquier lugar del mundo, siempre provocan un cambio en el ritmo de las cosas.
Sin ir más lejos, el primero fue mover de lugar a los comensales. Béatrice ocupó la silla prevista en la mesa para Gala, situada en uno de los laterales, al lado de Amat y las niñas.
—No te importa, ¿verdad?
No tenía por qué importarle, pero le molestó el cambio, aunque evitó pronunciarse al respecto por el sinsentido de su fastidio. La armonía dejó de existir y, en menos de diez minutos, estaba tan atacada que hasta deseaba cargarse el disco para que dejaran de sonar los malditos villancicos. La nueva se había convertido en el centro de atención, gozando además por si fuera poco de exquisita conversación y modales. Béatrice era la típica supermujer; si en la vida te encuentras con alguna siempre deseas salir de su marco de acción; donde está… eclipsa y no hay ojos para nadie más. Gala se dedicó a beber más rápido de la cuenta y a atracarse de marisco y lubina. Kate nunca había visto a su madre con la risa tan floja, incluso usando las manos para comer.
—Deja de pelar el langostino con el cubierto y ¡disfruta de los dedos!
El abuelo Vicente había marcado la pauta, y todos decidieron disfrutar de los dedos, incluso Gala, experimentando una nueva sensación: chuparse los dedos en la mesa sin recibir reprimenda o miradas de reproche.
Muy al contrario, Amat apenas probó el vino. Necesitaba estar sobrio para soportar la situación; Béatrice era una mujer muy guapa, le halagaba que sintiera tanto por él, pero le incomodaba cada vez que le daba un beso en público o se ponía cariñosa delante de todos, sobre todo delante de Gala. Fue incapaz de mirarla en toda la noche, ni siquiera sabía cómo iba vestida o si se había recogido el pelo. En los brindis, falseaba la mirada; no quería que sus ojos se cruzaran, prefería seguir ignorándola. Vicente observaba a Nalda, tantos años con ella le habían dado el don del oráculo en casa y sabía perfectamente que su mujer estaba disfrutando del espectáculo.
—¿Y tú a qué te dedicas?
Todas las miradas se dirigieron a Gala, que, con tanto alcohol y chupeteo de dedos, tardó en darse cuenta de que la pregunta de Béatrice iba dirigida a ella.
—¿Es a mí?
Incluso Kate, Marc y Adele, que estaban en el sofá jugando al backgammon, se dieron la vuelta para atender. Chupando la cabeza de una gamba, Gala dio una respuesta corta, que nadie entendió.
—¿Cómo? —preguntó Béatrice con la mejor de las sonrisas y esperando una nueva respuesta de Gala, que esperó a limpiarse el jugo de gamba en la servilleta para volver a responder.
—A nada.
Nadie reaccionó a la respuesta, y Gala se dejó llevar por la ¿pasión?
—Vas te faire encule, chére Béatrice. Amat ne vous autorise pas à nous déshabiller en public. (—Que te den por el culo, querida Béatrice. Amat no te autoriza a desnudarnos en público al resto.)
Sorbió de nuevo la cabeza de una gamba, agarró una copa e invitó a todos a brindar por ¡la familia! sin despegar los ojos de la francesa, que todavía estaba reaccionando a la falta de decoro de la americana.
—¿Qué ha dicho tu madre en francés?
Adele no sabía traducirle a Marc lo que había dicho su madre, pero intuía que algo lo bastante desagradable como para que ni Béatrice ni nadie lo tradujera. Nalda comprendió, sin entender la frase, que Gala había soltado las garras, y fue así como consiguió que Amat la mirara por primera vez.
La velada transcurrió con algún que otro silencio, villancicos a coro, más brindis de la cuenta y salidas al jardín para comentar los cotilleos que estaba dando la noche. La tensión sexual entre Gala y Amat era de una evidencia tal, que incluso la francesa dejó para otra ocasión los arrumacos.
La hora de la Misa del Gallo se acercaba, Joana y Aleix llamaron a la puerta para comer los postres en casa de Nalda. Kate se sonrió al ver la pinta que llevaban; Joana con un vestido floreado de cóctel de los años cincuenta comprado por internet en una web vintage de segunda mano, y Aleix con tejanos, chaqueta negra, pajarita y zapatos lustrosos. Los dos llegaron sonrientes, porque en su casa les habían dejado brindar con moscatel, un vino dulce de la región, y se les había subido un poco a la cabeza.
—¡Toma!
—¿Para mí?
—Para ti. ¿Sabes qué es?
Joana se abalanzó sobre Aleix y Kate y, antes de que la americana pudiera responder, lo soltó divertida.
—Es un ramito de la suerte, se cuelga en las puertas de las casas y ahora quien te lo ha regalado tendrá que besarte si estás debajo de uno de ellos.
Kate sintió el rubor en sus mejillas, su hermana Adele contemplaba la escena con Marc con una mueca, esperando la respuesta de su hermana. Aleix intentó cortar el momento, pero solo consiguió un tímido balbuceo que provocó la risa de todos.
—¿Tenemos que ir a esa misa?
Joana miró con fuego a Kate, que ya comenzaba a soltarse, y estaba a punto de lanzar uno de sus comentarios desagradables. Ella era de respetar las tradiciones, y esa misa era el momento, junto con la visita al belén, más especial de la noche. Aleix se encogió de hombros, él era del pueblo de al lado, y era el primer año que sus padres le habían dejado acudir a la Misa del Gallo en La Muga. Esa noche pernoctaba en Can Brugat, como otras veces había hecho, pues su familia y los Brugat eran parientes lejanos y amigos cercanos.
—A mí me apetece ir a la iglesia, ¿sabes?
Adele llevaba la excitación de mochila. Desde que había visto el belén, estaba nerviosa contando los minutos para abrir las puertas del pesebre y ver la cara de su hermana cuando se viera allí dentro en forma de miniyo. Estaba segura de que iba a protestar por no haber sido avisada y que la recrearan sin sus patines. Ella era una Gotham Girl y, si La Muga debía inmortalizarla, tenía que ser como el general Custer y las botas puestas, pero con sus patines.
¡Los postres! Los dulces bajaron la marea y llevaron de nuevo a la velada un ambiente relajado y distendido. Gala había conseguido amarrar su falta de control y Béatrice había dejado de ser el centro de atención para evitar mayores contratiempos. Amat aprovechó el momento en el que su hermana Susana contaba cómo unas Navidades casi se electrocutan con el árbol del pueblo para preguntarle a Béatrice por el comentario que Gala había soltado en francés. La francesa, muy hábil al reconocer la ansiedad del enamorado, se calló la traducción y le plantó un beso de esos que son imposibles de rechazar. Amat estaba contento de vino y tantas atenciones le habían girado el timón y, desde hacía unos minutos, solo tenía ojos para la francesa. Béatrice miró de soslayo a Gala, que la perforaba con su mirada, y con una leve sonrisa se reafirmó en que la venganza siempre debe servirse en plato frío.
Gala salió al jardín a tomar el aire y esperar a que el alcohol le bajara un poco si no quería dar el espectáculo en la misa delante de todo el pueblo. Nalda estaba sentada en uno de los peldaños de la escalera fumándose un cigarrillo. Todas las Navidades, desde hacía veinte años, se fumaba un cigarrillo sola y en silencio. Todos sabían que era su momento de intimidad anual, y solamente una persona lo había compartido: su amiga Amelia.
Gala tardó unos minutos en enfocar la mirada y vislumbrarla en la oscuridad. Solo las luces intermitentes del árbol alumbraban el lugar y, entre el mareo y el parpadeo, le llevó su tiempo dar con la figura de Nalda. Gala se acercó tímida y tambaleándose, sentándose al lado de la anciana en silencio. Las risas de fondo y el viento coronaban el ambiente de las dos mujeres, que prefirieron compartir el cigarrillo en silencio. Después de la primera calada y la consiguiente tos, Gala miró con incredulidad a La Roja intentando digerir el hallazgo.
—No sé por qué me miras así… Es la única manera de que una republicana roja como yo… pise una iglesia, ¿sabes?
Vicente le había pedido pocas cosas en la vida, una de ellas era acudir a la Misa del Gallo y, aunque ella lo intentó, no había podido negarse. Reconocía que, con el tiempo, consiguió reconciliarse con algunos religiosos de bien, pero seguía sin soportar a la Santa Iglesia…
—Los cristianos son una cosa y los católicos con su Vaticano, otra, ¿sabes?
Gala no había estado nunca en el Vaticano, ni siquiera había pisado Italia, pero le habían entrado ganas de visitar Florencia; por su abuela y por su padre. A media calada, se dio cuenta de que su orden de prioridades había cambiado y que todo lo que es fijo en la vida termina por romperse. Nalda le tomó la mano y se la apretó con fuerza.
—Tu a… buela…
Hasta ese momento no lo habían compartido. Lo había descubierto en ese cuaderno, ese de cuya existencia Nalda sabía y que, días antes de que la americana llegara, colocó en el primer cajón de la mesa del escritorio, tal y como su amiga Amelia le había encargado.
—Cualquiera que llega a una casa, abre cajones, ¿sabes?
Gala sonrió más de la cuenta por el alcohol, el cigarrillo compartido y porque, en el fondo, se alegraba de que todo comenzara a cobrar sentido.
—Todo forma parte de un plan, ¿no?
Nalda la miró divertida con sus gafas de pasta grandes a punto de caérsele de la nariz y escupiendo humo a trompicones. Se dio cuenta de que Gala comenzaba a labrar un cuento imaginario, como de leyenda, en torno al cuaderno, el círculo de mujeres y el cuadro.
—¿Pooor queeé naaadddie me diiice de quién esss el dichossso cuuuadro, eh?
Gala hablaba arrastrando las letras y con los ojos casi cerrados, intentando que La Roja le confesara todo lo que sabía. Lo poco que consiguió es que le arrebatara lo que quedaba del cigarrillo y lo custodiara hasta el final.
—Mejor no fumemos más, ¿te parece?
Gala soltó una carcajada y levantó los brazos a la noche estrellada como queriendo tocar una pléyade. Todo le daba vueltas y no podía parar de reír; Vicente apareció con un par de vasos con agua y azúcar; llevaba años con el mismo ritual y, por su bien, prefería no olvidarlo si no quería que el pueblo tuviera mecha para el resto del año. Se sentó un peldaño más arriba para que Nalda se recostara en sus rodillas y él pudiera acariciarle el pelo como todos los años.
—Llevo sesenta y cuatro años junto a esta mujer, ¿sabes?
Vicente era un hombre feliz y enamorado como el primer día de esa mujer a la que desde el principio supo que jamás podría gobernar. Su familia la recibió de mala gana, pues en La Muga, al menos en apariencia, las mujeres debían obediencia a todo lo que decía el hombre. Nalda ni estuvo de acuerdo ni hizo el esfuerzo por simular lo establecido. A Vicente, su terquedad fue una de las cosas que le enamoró de ella; que tuviera ese carácter indómito y ese corazón tan explosivo y pasional. Se habían convertido, junto con Agnès y Jacinto, en la pareja más sólida y longeva del pueblo. No había conocido a otra mujer antes que a ella, y nunca había necesitado estar con otra.
—Y me moriré sin estar con ninguna más, ¿sabes?
—Auuu, auuu vaaa… deixa d’explicar bestieses, em sents? (—Vaaa, venga… deja de contar tonterías, ¿me oyes?)
Nalda era una mujer reservada y su Vicente, siempre que contaba con invitados y bebía un poco más de la cuenta, se arrancaba con lo mismo. Ella no había sido de las románticas, sino de las de corte práctico; me gustas, me caso, vivo contigo, formamos familia, nos cuidamos y… ¡ya! El resto es literatura de la pagana o la católica, que en temas de adoctrinamiento o pajarillos en la cabeza producen, según La Roja, el mismo efecto.
—Entonces, ¿no crees en el amor?
Nalda se incorporó molesta por la pregunta de Gala. ¡Por supuesto! Era una de las grandes defensoras del amor, pero del amor sin edulcorar. Ella despreciaba el amor de margarita, del «me quiere, no me quiere», no creía en la agonía de Romeo y Julieta, ni en la pasión turca, ni siquiera en el amor a primera vista.
—¿Entonces?
—El amor no tiene medio ni mensajero, simplemente es, ¿sabes?
Gala apenas entendió lo que le decía Nalda, pero era cierto que, en esas circunstancias, ni siquiera hubiera sido capaz de acertar con la suma más simple. Todo le daba vueltas, necesitaba caminar, tomar el aire… El toque de campanas avisaba de que apenas faltaba media hora para la Misa del Gallo. Vicente, Nalda y Gala se metieron dentro de la casa para dar el toque de queda a la familia y emprender la peregrinación a la iglesia. Aunque apenas eran cinco minutos a pie, era un camino tan transitado que esa noche podía llevarles media hora o más.
Nada más salir de la casa, comenzaron a ver un tumulto de gente que, como en una romería, se saludaba entre sí y se deseaba felices fiestas. Gala no había vivido nada parecido a aquello y, entre el mareo y los tacones en suelo de tierra, estaba un poco desubicada. Kate y Adele se apresuraron a tomarle la mano a su madre; la pequeña no quería perderse el momento de llegar a la iglesia, y Kate prefería evitar que su madre, en vez de pisar, terminara por besar el suelo de la iglesia.
Amat se había rezagado con Béatrice y otros vecinos, que trataron toda la noche a la francesa como una más del pueblo. Era la primera vez en quince años que Amat llevaba a una mujer por Navidad y todavía estaban con el shock a cuestas. Aleix y Joana portaban a Boston; él era uno más de la familia y, aunque no entrara en la iglesia, era la excusa perfecta para ir entrando y saliendo de la misa. Los más rezagados eran Vicente y Nalda; se habían encontrado con Jacinto, Agnès y su familia que también jugaron al coro de villancicos y a las invitaciones sorpresa; una de sus nietas había traído a una amiga por Navidad.
—Una amiga, t’ho pots creure? I sa mare, imagina’t la cara de sa mare. (—Una amiga, ¿te lo puedes creer? Y su madre, imagínate la cara de su madre.)
Nalda reía con la historia que le contaba su amiga Agnès. El paso del tiempo, las nuevas generaciones… Siempre creía que se había hecho vieja demasiado pronto, porque le habría gustado ser joven para disfrutar con plenitud de la libertad de aquellos días. La Navidad parecía ser igual cada año, pero en las sutilezas viaja lo mejor de la vida, y por eso cada manzana comida resulta ser como si fuera la primera; igual pasa con la Navidad; aunque la consideres previsible, siempre termina por sorprenderte.
La iglesia no era demasiado grande, pero sí una antigua reliquia del románico del siglo XII restaurada, orgullo de todos los vecinos. Apenas había una banqueta libre. Francisca saludó desde lejos a Adele y a Marc, que le sonrieron con los nervios cómplices de estar a tan solo unos minutos de abrir las puertas del belén para todo el pueblo. Teresa llegó la última con un exuberante abrigo de visón y unos pendientes de kilo de oro; cogida del brazo de su marido Alfonso Forgas, y sus tres hijastros tres pasos más atrás. Úrsula, como cada año, les había guardado el sitio, en la tercera fila a la izquierda. Jow fue el único que no entró en la iglesia; acompañó a Cecilia y la esperó fuera, sentado en un banco y acariciando a Boston. Aunque su marido la había abandonado, ella seguía siendo una mujer casada y, por las viejas costumbres del pueblo, Jow prefería no pisar la iglesia. Era Tomasa la encargada de guardarle un sitio a su lado y al de su prima y, desde lejos, saludar a Jow y mostrarle sus respetos.
El pueblo entero se encontraba unido una vez al año en la iglesia, aunque con el paso del tiempo y las defunciones, cada vez eran más frecuentes esas reuniones pastorales. Solo unos pocos atendían a los salmos, el resto estaba más entretenido contando ausencias y repasando al dedillo el vestuario elegido. Todos los años era lo mismo: Úrsula de negro riguroso, Cecilia con el vestido azul marino de la ocasiones, Teresa luciendo nuevo modelito, Tomasa enseñando pierna, y Francisca, Agnès y Nalda, del frío de la iglesia, sin quitarse el abrigo durante toda la misa.
Kate y Aleix decidieron escaparse a media misa, junto con Marc y Adele, y la mirada de complicidad de Francisca. Habían acordado con ella por la tarde que serían ellos los que, minutos antes de terminar la oración, abrirían las puertas del pesebre y esperarían a que la gente se agolpara para encender las luces.
Los dos pequeños, junto con Joana, hicieron de avanzadilla, Kate iba un poco rezagada, porque todavía no había alcanzado la destreza de liarse un cigarrillo y andar al mismo tiempo. Aleix, que no había fumado un pitillo en su vida y era más bien de la liga antitabaco, no se atrevía a decirle a Kate que dejara de liarse eso y se diese prisa.
—Si no te gusta ¡puedes irte!
Aleix bajó la cabeza y, de un impulso de rabia, dio un golpe seco en la mano de Kate, tirando su contenido al suelo. Kate gritó hasta quedarse sin aliento toda clase de improperios que Aleix aguantó sin venirse abajo, esperando que, en algún momento, dejara de gritar y se fijara en su mano en alto, sosteniendo un ramito de la suerte.
Tardó unos minutos en caer en la cuenta, pero cuando lo hizo, sintió una vergüenza de cuento.
¿Debía besarlo? Jamás había besado a un chico y no se había planteado hacerlo todavía, pero ella era una jugadora nata y debía reconocer que Aleix le había ganado la partida y esperaba con la cara enrojecida, los ojos cerrados y los labios temblorosos a recibir el beso. Kate contó hasta cinco para tener mayor coraje y, a la de cinco, se puso de puntillas y le plantó un beso en los labios que duró un suspiro en la eternidad pues, durante aquella noche, tanto Kate como Aleix lo reprodujeron compulsivamente con la mente.
Los chicos esperaron sentados en cajas de fruta a que la gente del pueblo y los vecinos fueran llegando para, tal y como había marcado Francisca, se encendieran las luces del pesebre. Adele y Marc aguantaban despiertos con esfuerzo para no perderse ese momento, pero en el fondo estaban deseando llegar a casa, dormir y, por falta de tiempo, a la mañana, hacer cagar el tió de regalos. En honor a las americanas, habían decidido que ese año fuera una mezcla de tió y Papá Noel, y dar los regalos el 25 por la mañana. Todo el pueblo tenía curiosidad por ver el pesebre de ese año; había corrido el rumor de que iba a ser de los más comentados. Y nada más encender las farolas y las luces de La Muga en miniatura, con el nacimiento en uno de los establos de Cecilia y Jow, comprendieron por qué iba a ser famoso el pesebre. Las caras de desagrado de algunos fueron más que evidentes, en cambio otros se buscaban divertidos en la miniatura. Kate abrió los ojos al verse junto a su madre y su hermana con las maletas en el suelo; llevaban el mismo traje que cuando llegaron por primera vez a La Muga. En ese momento comprendió por qué todos los del pueblo le decían que La Muga tenía ojos en la oscuridad y todo lo veía. Gala sonrió al reconocer a su abuela Amelia en el pesebre y buscó la mirada cómplice de Nalda, que también se había percatado. El silencio solo lo rompió La Guapa, que salió de allí, metiéndose con la obra de su cuñada y calificándola de profana y nada graciosa.
Minutos más tarde, la gente emprendió la retirada para casa. Todavía quedaba mucha fiesta que celebrar y había que madrugar para recibir en casa a más invitados. Adele y Marc se despidieron de Joana; Kate, de Aleix y, sin prisa, volvieron juntos a casa.
Amat decidió seguir la noche con Béatrice y, ante la atenta mirada de Gala, se despidió de todos con la mano; la misma mano que rodeó la cintura de la francesa. ¿Celos? Quizá fuera eso lo que aquella noche estaba sintiendo Gala, pero no era momento ni estaba en condiciones de ponerse a reflexionar. Necesitaba dormir y dormir en casa de su abuela. Adele suplicó dormir con Marc, así que, a medio camino, Kate y Gala se despidieron de todos con cariño y abrazos.
Hacía una noche clara y el frío no calaba en exceso. Madre e hija de nuevo juntas, caminando una al lado de la otra, compartiendo una intimidad que ni ellas mismas se imaginaban. Kate había crecido en ese viaje, estaba diferente, más pausada y atenta a lo que le ocurría a su madre. Gala también estaba distinta, no hablaba si no era estrictamente necesario, le había cogido el gusto a los silencios. Las dos andaban casi a oscuras y sin dudar de la dirección a tomar; ya se conocían de memoria el camino, ese que hacía tan solo unos días habían hecho a regañadientes. No fue precisamente la duda lo que frenó en seco a Kate.
—¡Mamá! ¡Nos hemos dejado a Boston en la iglesia!
Las dos se echaron a reír y, sin demasiada prisa, más bien disfrutando de la noche y de alargar el paseo y la compañía, fueron en su busca. La pobre Adele había tenido un exceso de emociones y olvidarse del pobre Boston atado a una farola era lo mínimo que le podía haber pasado. Boston saltó de alegría al verlas, sin atisbo de rencor por llevar horas a la intemperie; es la diferencia entre un animal y el hombre, que no se encalla en los reproches.
Gala miraba a Boston como si de un marciano se tratara, no era lo mismo, pero casi, pues jamás se hubiera imaginado volver a Nueva York con un miembro más de la familia, y menos sin consultarle a Don Pluscuamperfecto.
—¿Le has dicho a papá lo del perro?
Kate sabía que su escrupuloso padre estaba en contra de que «los pulgosos», como él los llamaba, entraran en el apartamento. En su catálogo de buena convivencia tenía prohibida la entrada de perros y de cualquier espécimen de animal, sin importar su tamaño o procedencia. Gala no lo había compartido con Frederick, como la mayoría de cosas que le estaban sucediendo en La Muga. Él no había dado muestras de interés o de que le preocupara que su mujer apenas le contara nada, seguramente era por el concepto que tenía de Gala y de su vida en general: «Nothing is nothing» («Nada es nada».). Ella tampoco se había interesado, más por el deseo de que no la mintiese que por la falta de interés. Cuando se toma distancia de las cosas, pierden importancia y se gana perspectiva. Desde aquel recóndito lugar del mundo, Frederick era uno más, un ser más bien engreído y egoísta que necesita ser el centro de atención para sentirse feliz. Gala habría necesitado irse a muchos kilómetros de sí misma para ganar esa perspectiva y ser capaz de leerse. Jamás se había imaginado pasar unas Navidades sola, con sus hijas y sin apenas hablar con su familia. Su madre seguía con el teléfono desconectado; estaba segura de que lo había hecho para castigarla, y Frederick no atendía a las llamadas. Con sus «ho, ho, ho» ya creía haber cumplido con ella y con sus hijas.
—¿Has comprado regalos para todos?
Kate preguntaba más que por curiosidad por sorpresa, pues desde que ella era pequeña, en la familia se habían sustituido los regalos por ingresos en la cuenta bancaria de cada uno. Así que el día de Navidad, en vez de abrir cajas o romper papeles de colores, lo primero que hacía al despertarse era mirar por internet su cuenta corriente. Se le ocurrió a Don Pluscuamperfecto, y Gala, para evitar el trance de que le criticara todos sus regalos y durante semanas fuera uno de los argumentos de mofa en cenas de amigos y familiares, decidió apuntarse a la propuesta. Pero en La Muga se vio obligada a volver a los regalos y disfrutar de su compra como hacía años.
—Pues yo no te he comprado nada.
Gala la miró con cariño y media sonrisa. El mejor regalo de su hija era pasar momentos como ese a su lado y comenzar a sincerarse, a recuperar la comunicación, si es que algún día la tuvieron.
—Cuando volvamos a Nueva York, podríamos tener una tarde al mes para estar las dos solas. ¿Qué te parece?
Gala se sorprendió de su propia propuesta y Kate bajó la cabeza y golpeó con el pie una piña para que Boston fuese a por ella, tomándose su tiempo para responder. ¿Una vez al mes? Quizá fuera demasiado espaciada esa tarde de madre e hija, pero mejor una al mes que ciento volando. Después de varios pasos en silencio, Kate se detuvo y, mirando a su madre, alzó la mano para formalizar el pacto. En el fondo, la propuesta le había sorprendido tanto como a Gala, pero le gustaba la idea.
Las calles estrechas seguían desprendiendo olor a comida y a leña quemada que, seguramente, continuaba prendiendo en la mayoría de las chimeneas, apurando las últimas gotas de la primera velada en familia. ¡La familia! Qué importante y qué difícil sostener el equilibrio entre lo que quiere uno y lo que quiere o es mejor para la familia. Gala se acordaba de su abuela, de las decisiones que tomó por Román, por ella, por su abuela Adelaida, de lo que construyó y lo que sufrió con cada decisión. Eran otros tiempos y otro lugar del mundo, pero Gala sentía que la vida o ella misma estaba acercándose a una encrucijada para tomar decisiones de esas que la memoria retiene y ni el tiempo es capaz de borrar. Ella… sus hijas… Frederick… su vida en Nueva York… De solo pensarlo, se apoderaba de ella un temblor de pies a cabeza que le nublaba la mente hasta sentir la sensación de desmayo inminente. Kate le tomó la mano preocupada. Gala, con el sudor frío todavía en el cuerpo, miró a su hija para tranquilizarla. La vida avanza y, a sabiendas de que nunca hay marcha atrás, hay lugares o situaciones que actúan de catalizadores repentinos. ¿Lo estaba siendo La Muga?
La noche comenzaba a helar y sus cuerpos a pedir el refugio de una buena manta y una chimenea encendida. Kate sintió la mano fría de su madre, su cara comenzaba a deformarse por el frío, el vaho gélido salía con fuerza a cada bocanada. Con la excusa de Boston y la emoción interna de pasar un tiempo juntas de nuevo, se habían alejado más de la cuenta de la casa. Caminaron aceleradas, sin apenas hablar, concentradas en mantener sus cuerpos calientes y mantener a raya ese frío endemoniado que había despertado con el vendaval. Kate tenía la cabeza ocupada en cómo encender la chimenea lo más rápido posible. Amat le había enseñado la técnica de los vaqueros: cuatro troncos, cada pareja en paralelo y formando un cuadrado; las piñas en medio, y con papel y ramitas se prende una buena brasa. No lo había probado nunca sola y le apetecía la aventura. Le había pillado el gusto al fuego, a los hogares, al crepitar de la leña, al olor de la encina quemada. Le apetecía quedarse con su madre, observando el baile de las llamas mientras le llegaba el sueño. Ese lugar, aunque extraño todavía para ella, le ofrecía experiencias nuevas que la recolocaban en otra Kate, mucho más libre, salvaje, mucho más… ¿feliz?
A lo lejos, frente a la casa, aparcado en un lateral de la carretera, vislumbraron un coche con las luces de emergencia puestas. ¿Quién podía ser a esas horas? No reconocían el vehículo, allí pocos lo llevaban lujoso, y la mayoría eran furgonetas o todoterrenos… Gala no quiso darle demasiada importancia, seguramente serían unos fogosos borrachos que no habían podido reprimirse y habían aparcado el coche en cualquier lugar para dar rienda suelta a la pasión. Kate, en cambio, avanzaba con Boston mucho más intrigada, su teoría no encajaba con la de su madre y estaba convencida de que ese coche con las luces de emergencia puestas estaba allí porque las estaban esperando. Por un momento se le pasó por la cabeza que fuera su padre que, a modo de sorpresa, había volado diez mil kilómetros para estar con ellas el día de Navidad, pero no era propio de Frederick.
La teoría de Kate fue la que más se acercó a la realidad, pero se equivocó de persona. A menos de veinte metros del coche, una figura cubierta con lo que parecía un abrigo de pieles largo hasta el suelo descendió del coche, después de que, previamente, el chófer, le hubiera abierto la puerta.
—¿A… buela?
—Mooommm? (—¿Maaamáaa?)
Más que echar a correr hacia la inesperada visita que no cesaba de saludar con la mano alzada, se detuvieron en seco para recuperarse de la impresión. ¿Qué demonios estaba haciendo Julianne allí? ¿Se había vuelto loca? Kate fue la primera en acercarse, necesitaba comprobar que, efectivamente, aquella figura que alzaba el brazo para saludar era su abuela Julianne y sus doscientas maletas. Gala, en cambio, rezaba para que esa mujer fuera cualquiera menos su madre, pues ni le apetecía pasar con ella las Navidades ni que estuviera en La Muga para… ¿qué demonios había venido a hacer?
—Meeerryyy Chriiistmas, ladies!!! (—¡Feeeliiiz Naaavidaad, señoritas!)