Capítulo 8 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Contemplar desde la carretera la llanura del paisaje, los castillos de piedra medio derruidos erigiéndose en las colinas como vigías; los girasoles, las amapolas hibernando para florecer; la cordillera de montañas en el horizonte, blancas de nieve, y nevadas de casas blancas de pueblos escondidos.
Cuatro mujeres y un chófer perdidos por el Ampurdán; por caminos de arboledas, sorteando socavones de la naturaleza, animales cruzando sin avisar; todo calma fuera, en el interior hasta el silencio contenía chispas. Kate y Adele iban detrás con Gala, contemplando esa tierra a través de los cristales velados de un coche lujoso que poco tenía que ver con el lugar y demasiado con su vida y la de su abuela. Julianne capitaneaba la excursión sorpresa; un paso más a la inesperada visita: pasar juntas tres días, viajando y visitando rincones escondidos. Todo menos permanecer en ese pueblo, La Muga, que tantos recuerdos le traía y que jamás había pensado que tendría la necesidad de volver a pisar.
Salieron apenas celebraron el dichoso tió; Julianne las esperó dentro del Mercedes. Nalda y ella se saludaron con la mirada desde la distancia y a través de sus respectivas ventanas; Julianne desde el coche; Nalda desde uno de los balcones de la casa. El tiempo no consiente, envejece y, aunque algunos seres como Julianne se resistan a mostrar las arrugas, la juventud se marchita para dar paso a la senectud; con pliegues en la piel o sin ellos. Hacía más de cuarenta años que no cruzaban sus miradas y, si por ellas fuera, habrían seguido así hasta criar malvas. Gala no quiso decir nada; tenía los ojos hundidos y enrojecidos por la falta de sueño; necesitaba un poco más de tiempo para hacerse a la idea de que su madre estaba a menos de diez metros de distancia de ella. «¡Solo ella es capaz de hacer algo así!». La Roja descifraba lo encriptado de la mirada de Gala, era capaz de traducir los pensamientos que emborronaban su mente e, incluso, adelantarse y predecir los acontecimientos que causaría la nueva presencia. Ella también necesitaba tiempo para digerir que Julianne, la mujer que prohibió a su mejor amiga disfrutar de su única familia viva, su nieta, justo después de perder a su único hijo, pisara de nuevo La Muga dispuesta a sabotear la siembra de los días pasados. Como los cuervos cuando se comen las semillas, estaba convencida de que Julianne no había viajado miles de kilómetros para pasar las Navidades en familia, sino para borrar para siempre ese lugar.
«¿Qué pudo ver Román en esa mujer?». Tantas veces se lo había preguntado y lo había oído en boca de Amelia. Tantas veces le repitió Nalda que le diera una segunda oportunidad, que la llamara de nuevo, tragándose el orgullo y entendiendo que ella también había perdido a lo que más quería. La justificó, pudo comprenderla hasta que convenció a su amiga para llamar, para volver a hablar y con garantías de que todo se pondría en su sitio. La Xatart marcó los números en su presencia; habían pasado dos años de la muerte de Román, pero lo que encontró fue la misma crueldad multiplicada por el paso del tiempo. Julianne no solo había decidido enterrar todo vestigio o rastro de Román, sino que odiaba todo lo que le recordara a él para acelerar el olvido y hacer de la vida ligereza.
—¡No me vuelvas a llamar! Estás muerta, ¿me oyes? La abuela de mi hija hace mucho tiempo que murió. En un accidente de tráfico… ¿Te suena?
Amelia estuvo un par de segundos sosteniendo el teléfono después de que Julianne hubiera colgado dando por finalizada la conversación. Se había quedado como una estatua de hielo, petrificada por el dolor y la culpa. Nalda fue la que colgó con tal furia que el teléfono cayó al suelo, acompañado por una decena de improperios dirigidos a la maldita americana. La abuela Adelaida, que estaba durmiendo la siesta y medio sorda, se despertó con el vocerío incontrolado de Nalda. Las dos mujeres subieron al desván para evitar ser escuchadas y que la abuela volviera al sueño.
—¿Qué pudo ver Román en esa mujer?
Subiendo las escaleras, fue la primera vez que escuchó de Amelia esa pregunta que, a lo largo de los años, se transformó en un lamento repleto de impotencia. Nalda jamás supo responder, pero al igual que Amelia, sabía que le pedían demasiado a la razón, poco diestra en los dominios del amor.
—¿Amor? Eso no es amor… ¡Odio es lo que tiene!
Así se llama la cruz de esa misma moneda que, con un leve chasquido, puede llevarte al cielo o al infierno. Todo lo que pudo conseguir fue tejer un mal consuelo y que el paso del tiempo se encargara del resto. Vicente y Nalda ayudaron a Amelia a reconstruir el pajar; pusieron dinero para acondicionarlo y mucho amor para que su amiga no se convirtiera en hormigón. Jamás hubiera pensado que su hijo Amat sería el heredero, junto a Gala, de VellAntic. Era el círculo de la vida, que devolvía sin pedir, del mismo modo que recibes hachazos. La Roja era demasiado vieja ya para enfrentarse a Julianne, para decirle, sin que su corazón sufriera de arritmias, todo lo acumulado en esos años.
Kate y Adele estaban encantadas con sus regalos; montones de libros sobre esa tierra, un backgammon en maleta para que se lo llevaran a casa, un par de caballos tallados por el abuelo Vicente con madera de olivo; un par de bufandas de Nalda con los gorros a juego; de talla extra grande y a rayas, para que no se olvidaran de ella. No era nada de lo que se hubieran comprado en Nueva York, ni siquiera se les habría pasado por la mente. Pero recibieron las ofrendas con el mismo cariño que fueron pensadas o hechas. Kate y Adele abrazaron a Vicente y a Nalda con un cariño olvidado; el abuelo Vicente, que con poco se emociona, se secó los ojos y le prometió a Adele que, antes de irse, le tallaría un Boston. Gala comprendió la insensatez de dejar de regalar, de olvidarse de lo importante, de no molestarse por crear o de no perder el tiempo para los que quieres. Se dio cuenta de lo mucho que se estaban perdiendo al ver la cara iluminada de sus hijas y cómo gozaron del momento. Se prometió que, a la vuelta, Santa Claus volvería a meter regalos dentro del calcetín.
Antes de salir de la casa, Nalda le preguntó a Gala hasta cuándo estarían fuera. Gala apenas tenía información, tampoco se había preocupado en preguntar.
—Un par de noches o tres…
La Roja calculó con los dedos; era imprescindible que el 28 por la noche retornara a La Muga. Le hizo prometérselo sin darle razones, y Gala comprendió sin necesidad de más.
—Te doy mi palabra.
Las dos mujeres se fundieron en un largo abrazo, el primero en todos esos días. Fue tan intenso que, al separarse, la anciana tenía empañadas de vaho sus gafas. Fue mudo de palabras, pero lleno de intenciones y gratitud. Gala se dio media vuelta para evitar compartir sus lágrimas repentinas. Esperó a tenerlas secas para entrar en el coche; Julianne no perdía detalle desde el retrovisor.
Ninguna de las tres, ni Kate, ni Adele, ni Gala, preguntaron por el primer destino. A ninguna le apetecía la excursión, ni siquiera a la pequeña scout que estaba enfurruñada por no haber dejado que Marc las acompañara. ¿Hacia dónde se dirigían?
Al poco comenzaron las curvas y el consiguiente mareo de la tripulación. Gala no podía entender cómo su madre era incapaz de soltar prenda y decirles cuál era el plan para pasar juntas el día de Navidad. Tan solo había dado instrucción de ropa cómoda y zapatillas de deporte. Desde que había entrado en la menopausia, se había vuelto adicta al deporte, pero ¿deporte en familia el día de Navidad? Sonaba a locura, a insensatez, pero su presencia allí era ya de por sí la mayor de todas.
—¿Nos puede decir usted al menos adónde nos lleva a mis hijas y a mí?
El chófer apenas balbuceó mirando a Julianne, que le negó la palabra. No estaba capacitado para revelar ningún secreto, ni compartir anécdotas graciosas del lugar. Si alguna cosa detestaba Julianne, eran los conductores que confundían la proximidad espacial con la íntima. Ella tenía prohibido a todo chófer hablar con ella, y sobre todo arrancarse con alguna anécdota tan manida como barata. Por la cuenta que le traía a Gustavo, la mejor respuesta fue la callada. Por trabajar en esas fechas, le estaba cobrando diez veces más, y la americana ni siquiera había intentado negociar a la baja. Estaba seguro de que, si se comportaba siguiendo a rajatabla el decálogo de peticiones que la excéntrica mujer le había detallado por internet, recibiría un generoso extra. Así que, para evitar poner en riesgo el suculento día de Reyes que iban a tener sus hijos, se dedicó a ignorar la retahíla de súplicas de Gala y las niñas.
—We’re almost there! Silence, please. (—¡Ya estamos llegando! Silencio, por favor.)
Gustavo, siguiendo las órdenes de Julianne, puso a la Callas para tranquilizar a las fieras. Apenas quedaban cuatro kilómetros para el destino y, por lo que mostraba el paisaje, también para el fin del mundo. Gala estaba furiosa, se sentía impotente; sabía que estaba en manos de su madre y que a partir de ahora ella estaría al mando.
—Al menos podrías hacer el esfuerzo de hablar en castellano para que… ¡tus nietas aprovechen el viaje!
Aunque Julianne la miró a través del retrovisor con un rictus de tensión y desconcierto, accedió a la petición de su hija sabiendo que sería difícil cumplirla.
El coche se detuvo en un descampado rocoso cercano a un faro, con vegetación silvestre y un acantilado. Kate y Adele tuvieron que unir la fuerza de las dos para poder salir del coche; el viento soplaba con nervio en ese lugar, donde la tierra abruptamente terminaba.
—¿Dónde estamos?
—En el cabo de Creus, ¿no es así Gustavo?
El chófer afirmó con la cabeza y se permitió añadir que es el único lugar de España donde los Pirineos se asoman al mar. Un lugar privilegiado para pasear y descubrir las curiosas formas de la naturaleza.
Julianne salió del coche con mucho ímpetu, dispuesta a iniciar una excursión por la zona; había leído que era un lugar idóneo para rutas de senderismo y descubrir secretas calas y paisajes de una belleza descomunal. Gala no daba crédito al plan orquestado por su madre. ¿De senderismo por Navidad? Podía haber imaginado cualquier locura, pero en ningún caso que su madre la llevaría a caminar por las rocas para descubrir calas secretas y un paisaje apocalíptico del fin del mundo.
—¿Sabías que en este lugar se rodó la película The Light at the Edge of the World, basada en una novela de Julio Verne? La interpretaban Kirk Douglas y Yul Brynner.
—¿Quiénes son esos?
Las cuatro, acompañadas de Gustavo, seguían las flechas rojas que indicaban el rumbo que debían seguir; el descenso no era peligroso, pero había que tener cuidado con algunas rocas que estaban algo afiladas. A Adele ese lugar le pareció mágico, fue la primera en fijarse en el cartel que indicaba lo que la abuela Julianne acababa de contarles; que allí se rodó una película americana, y si habían venido de tan lejos para rodarla, debía de ser porque el lugar era especial. El paso del tiempo había erosionado las rocas, dejándolas con formas singulares que creaban un paisaje salvaje donde el romper de las olas y el viento se habían erigido en segunderos del lugar… Al descender hasta una explanada que descubría la primera vista panorámica, comprobaron que no habían sido los únicos valientes que se habían apuntado al senderismo por Navidad.
Julianne y Gala se acercaron al acantilado para estar cerca del abismo y sentir el cosquilleo del miedo a perder el control. Gala observaba de reojo a su madre, que parecía disfrutar con aquella excursión; Gustavo permaneció unos pasos atrás con las niñas compartiendo una de las decenas de leyendas que han inspirado el lugar.
—Dicen algunos que del amor entre un pescador y una sirena nació esta tierra, que fue visitada por el mismo Hércules y que incluso esconde el Santo Grial.
Adele escuchaba embobada a Gustavo, que se crecía en explicaciones y detalles al comprobar el interés de la pequeña.
—Este lugar es el primero que ve el sol de toda la península Ibérica. Es sagrado porque está dotado de una increíble energía telúrica, y los etruscos lo eligieron para construir sus megalitos para comunicarse con sus dioses.
Las dos se perdían en las explicaciones que, por la súbita emoción del chófer, eran cada vez más místicas. Kate y Adele cerraron los ojos y dejaron que el poder del viento las invadiera para que pudieran sentir cómo su fuerza magnética se colaba en cualquier pensamiento y lo transformaba abruptamente hasta la ansiada inspiración que tantos artistas han venido a buscar. Gustavo les mostró esa belleza ruda de montañas peladas, de ocres, de luces y sombras, de pequeñas calas escondidas entre las rocas de una intimidad que duele invadir.
Gala comenzaba a sentirse seducida por el dantesco lugar; ese paisaje fantasmal producía un curioso efecto magnético por atrayente, inspirador y… ¿único? Las cuatro mujeres siguieron la ruta, los carteles de flechas rojas, compartiendo las sorpresas de la naturaleza, dejándose asaltar por la improvisada tierra y por las explicaciones de Gustavo que, con el visto bueno de Julianne, ofrecía una información detallada. Kate y Adele se agarraban para que el viento no las tirara; Gala prefería engancharse a las rocas antes que a su madre, que seguía mostrando una impostada felicidad por la excursión y lo que hacía tantos años había dejado de practicar: ¡estar con la familia!
—Un poeta de esta tierra muy conocido, Joan Maragall, bautizó esta tierra como el Palacio del Viento. ¿Sabíais que la tramontana llega a alcanzar los ciento cincuenta kilómetros por hora?
Cuando el frío comenzaba a calar más allá de la epidermis, emprendieron el camino de retorno en dirección al gran faro; sorteando malas hierbas, pequeños arbustos, asegurando cada una de las pisadas para evitar cualquier desprendimiento o susto repentino. Aunque no deseaba reconocerlo ni en voz alta, la excursión a ese lugar le había gustado. Julianne y ella apenas habían intercambiado palabra; desde que a lo lejos y en la oscuridad divisó a su madre, tenía agarrotado el estómago y respiraba a medio pulmón. Gala la había observado de reojo sin perder detalle, y no alcanzaba a comprender qué tipo de estrategia estaba utilizando. Su madre no actuaba por solidaridad al prójimo ni a la familia, sino para su propio beneficio. Se comportaba como si hubiera pisado por primera vez aquella tierra aquella mañana, cuando Gala estaba convencida de que fue su padre quien le descubrió a su madre ese mágico lugar. Nuestra inteligencia o control mental no llega a poder elegir las cosas que nuestra memoria retiene, y Gala intuía que su madre no había olvidado ese faro, ni ese viento, ni La Muga. Sin embargo, se comportaba con una euforia desconocida por todas; era como si hubiera desayunado guaraná o extra de ginseng y sufriera de amnesia transitoria.
A Adele le habría encantado meterse dentro de ese inmenso faro y divisar desde lo alto la magnitud de ese mar embravecido y los barcos en la lejanía.
—Está encendido desde 1853 y solo se apagó durante la guerra civil por miedo a un bombardeo.
Gustavo estaba encantado con las preguntas de Adele y su insaciable curiosidad. Se habían quedado rezagados del resto, descubriendo las maravillas de torres vigías como esa, de luz blanca cegadora e intermitente, que tanta literatura han destilado. La pequeña había penetrado el aura de magnetismo del lugar, con su faro y los acantilados más propios de una civilización perdida en los libros que de su mundo.
Tras el paseo, Kate, Gala y Julianne llegaron al único restaurante de la zona; un antiguo cuartel de la Guardia Civil rehabilitado por un inglés, Chris Little, que se enamoró del lugar e hizo del restaurante su vida. Llevaba funcionando más de dos décadas y eran muchos los que acudían para disfrutar comiendo marisco, pescado fresco y suculencias de la tierra, gozando de la fusión de los Pirineos con el mar en un espectacular acantilado.
No era de lujos, todo lo contrario, de tenedor campechano y manteles de papel, pero estaba a rebosar de gente que, como ellas, había elegido ese lugar para festejar la Navidad, en familia, en pareja o en soledad. Kate comenzaba a sospechar que aquella tierra cambiaba a las personas nada más pisarla, porque tampoco reconocía a su abuela; incapaz de entrar en un lugar sin lanzar la primera queja… Julianne sonreía sin parar; Gala pensaba que se había tomado algo, porque le temblaba el labio superior, síntoma de sistema nervioso alterado.
Gustavo pidió un par de horas para poder comer con su familia y ver a sus hijas. Julianne le concedió tres para sorpresa de él y del resto. Ese lugar, aparte de para salir oliendo a pescado frito y con la barriga llena, no daba para tres horas y, mucho menos, con la nula conversación que, desde que llegó la abuela, habían mantenido. Julianne, en cambio, estaba deseosa de que sus nietas le contaran todo lo que habían hecho o descubierto por allí.
—Tenemos un perro: Boston.
Adele insistía en Boston porque sabía que a la abuela no le gustaban los perros, y no se creía que lo aceptara sin rechistar.
—Yo fumo.
Julianne miró muda a su hija, abriendo los ojos y conteniendo la respiración para evitar hablar. Kate no había encontrado nada más que contar para que su abuela volviera en sí y dejara de fingir que estaba encantada con aquel lugar, los manteles de papel y comer con los dedos.
—¿Así es como educas a tus hijas?
Gala prefirió no contestar, beber cerveza y contemplar el paisaje. Sabía que el comentario de Kate tenía intención de provocar, y ella no sería la que lanzara la primera piedra. Estaba convencida de que su madre apenas necesitaba de un empujoncito más para soltar la retención de improperios acumulados desde que llegó. Pero Julianne no parecía dispuesta a montar una escena, sino a cumplir con el espíritu navideño de pasar una maravillosa tarde en familia frente al mar. Y para ello decidió que ella misma sería el espectáculo; fue la que cantó villancicos con los de la mesa de al lado, contó anécdotas divertidas de cuando Gala era pequeña, se rio con cualquier comentario de sus nietas; elogió la comida del lugar, el servicio… Todo era de una perfección tan aborrecible y ficticia que Gala explotó sin más.
—¿Te vas a seguir comportando como si nada hubiera pasado?
—Sweet darling, it’s Christmas time… enjoy! (—Cariño, es Navidad… ¡disfruta!)
Gala se levantó bruscamente de la mesa tirando su propia silla y salió del restaurante con el abrigo a rastras, bajo la atenta mirada de sus hijas, que predecían que no solo el cielo se estaba cubriendo de nubarrones. Julianne apuró el flan con nata, dejando caer la cucharilla y emitiendo un soniquete que, en Nueva York o en Miami, hubiera sido impensable. Kate y Adele la observaron sin poder tragar saliva; parecía que a su abuela la hubieran abducido. ¡Solo le faltaba lamer la nata del plato con la lengua!
Gala se sentó en el porche para disfrutar de las vistas y evitar un escándalo público. Una de las camareras le facilitó una manta para guarecerse del frío polar y le llevó el café con leche caliente que había pedido. Se miraron con complicidad, pero respetando el lugar de cada una; de no ser porque una trabajaba, se hubieran sentado a reflexionar sobre la Navidad, la familia y sus efectos secundarios. Gala comenzaba a sentir el hartazgo de aguantar a su madre; ella fue la primera en hacer de la mentira un vicio, y no se enorgullecía de haberlo recibido en herencia. ¿Quién era su madre? No era capaz de recordar la última vez que se sentaron a hablar de la vida y de sus esencias; hablaban de tendencias, viajes y experiencias sensoriales, que no emocionales. ¿Qué sentía su madre? Julianne se había refugiado tanto en la frivolidad que había enterrado sus sentimientos para evitar sufrir. ¿Qué hacía su madre en esa tierra? Gala sentía que la rabia se apoderaba de ella, no solo porque era Navidad y la comunicación con su madre era nula, sino por sentirse invadida, por tener que compartir la experiencia de esa tierra con la mujer que durante toda su vida había evitado pronunciarla y, de haber podido, la hubiese hecho desaparecer. Respiró profundamente, sintiendo el frío en las paredes de sus pulmones; cerró los ojos buscando un recuerdo feliz con su madre; un momento de complicidad que la ayudara a reconciliarse y sobrellevar esos días en compañía.
Recordó cómo, cuando tenía apenas nueve años, su madre apareció de la nada en la casa familiar de Boston y la pilló intentando pintarse las uñas por segunda vez. Madre e hija apenas se veían; Julianne siempre andaba de viaje, de cenas o actos sociales que le impedían pasar tiempo con su hija, maravillosamente atendida por Melvin y Dana, el matrimonio que vivía en casa de la abuela y se encargaba no solo de la niña sino de la casa entera. Julianne miró a su hija en silencio, que estaba tirada en el suelo de cerámica del siglo XIX con más de diez lacas de uñas, y cuatro de ellas abiertas. Gala había decidido pintarse una uña de cada color y hacer de sus manos un precioso patchwork para ser la más original de la clase. Miró a su madre más preocupada por su reacción que con alegría de verla. Desde que murió Román, su relación era fría y distante, y Gala ya había llorado todas las lágrimas por su ausencia y había encontrado cobijo en Melvin y Dana. Sabía que era su madre, se alegraba por dentro, pero había aprendido que era mejor no esperar nada que desesperar más tarde por la ausencia de cariño, amor o tiempo compartido con ella. Julianne entró con la mirada fija en su hija, se quitó los zapatos y fue de puntillas hasta estirarse a su lado. Sin mediar palabra, le tomó una manita y comenzó a pintarle la uña con delicadeza. Un dedo tras otro, todos de un color diferente. Apenas hablaron, pero intercambiaron miradas de complicidad y risas disimuladas; Gala observó la destreza de su madre y la admiró por ello. Julianne se ocupó de restaurar las uñitas que se había pintado su hija, delatando su falta de práctica. Lo hizo sin apenas pronunciar palabras, solo divirtiéndose con esa situación, cómplice con su hija. Apenas fueron veinte minutos que terminaron con un beso en la frente y una carantoña en el pelo. Gala se quedó inmóvil con las palmas abiertas y una cara de felicidad inesperada por ese beso y esas uñas pintadas por su madre. Julianne desapareció sin darle más importancia; Gala no se despintó esas manos hasta que su abuela la obligó, y derramó lágrimas por quitarse ese recuerdo de estar con su madre, sonriendo juntas.
No es fácil ser niña, ni educar a unas hijas habiendo sido niña con un agujero de ausencias. No se exculpaba, pero comenzaba a entender que, si no se le pone consciencia, se repiten patrones heredados y se viven vidas elaboradas desde lo vivido y no desde lo deseado. Gala estaba algo asustada por comenzar a plantearse, a cuestionarse su vida, la de su madre y la de sus hijas. No por querer cambiarlas, a eso no había llegado todavía, sino por saber qué había en ellas de real y cuánto de prefabricado. Kate y Adele eran demasiado jóvenes, pero seguro que sobre lo impuesto habían comenzado a construir esas vidas de cartón hechas para todos menos para uno mismo. Kate no era una Brearley Girl, aunque estudiara allí, sino una Gotham Girl y, aunque Gala lo había sabido siempre, se dedicó a recordarle a su hija mayor quién era ella: una Brearley. ¿Acaso había conseguido algo? Por suerte, Kate y su testarudez habían soportado el no reconocimiento y resistido el envite sin cambiar, sin necesidad de construir cartón para ser aceptados. ¿Adele? Apenas había salido de los planetas inventados, pero el mundo que se le presentaba parecía encajarle mucho más que a su hermana mayor. «Tan iguales y tan distintas a la vez…». Su madre y ella, en cambio, se habían perdido entre postines, bodas y funerales. Jamás había sentido la necesidad de hablar con ella hasta ese momento; necesitaba saber quién era, de dónde venía y cómo era su padre. Conociendo esa tierra y el lugar al que pertenecía su madre, Gala comprendió la valentía de Julianne y el amor que debió de sentir por su padre como para enfrentarse con los Marlborough e imponer su amor por encima de todo. Su temprana muerte no debió de ser fácil de encajar, no solo por el dolor, sino por la familia y el qué dirán.
El móvil tuvo que sonar insistentemente en varias ocasiones para que Gala saliera de sus pensamientos y volviera a esa realidad. Frederick… Gala sostuvo el móvil unos segundos para tomarse un respiro antes de contestar. No estaba segura de… No estaba segura de nada y menos de mantener una conversación con su marido en esas condiciones.
—Hi! (—¡Hola!)
No estuvieron demasiado tiempo hablando. La conversación se centró toda en el subtexto, porque las palabras parecían de un día cualquiera; no de Navidad y separados por miles de kilómetros. Frederick intuía que algo había cambiado; la admiración entre ambos estaba en pozo seco y, cuando eso ocurre, la relación comienza a hacer aguas. Hacía años que la ceguera de Gala les impedía tomar decisiones más realistas y menos dañinas para ellos y para las niñas. No era momento de hablar, pero se alegraba de que su mujer comenzara a tomar las riendas de su propia vida y se atreviera a vivir bajo sus necesidades y no bajo las del resto. Frederick no era un mal hombre, solo un soberbio incapaz de contenerse con las mujeres y la buena vida. Gala le convenció para tener una familia y ella aceptó en el subtexto ser compartida. Los dos se metieron en una burbuja que más pronto que tarde les estallaría. Había llegado ese tiempo para la reflexión y, por lo que intuía, era mejor el silencio que la palabra. La olla a presión estaba al límite y todo lo que no se habían dicho en años podía explotar. La conversación terminó como otra más, sin apenas cambios ni palabras mal dichas, pero cada uno habiendo captado ese subtexto que hablaba de una burbuja que ya había explotado.
—Mamá, ¿estás enfadada con la abuela?
Adele había permanecido quieta al lado de su madre, mientras Gala hablaba con Frederick. Lejos de preguntar por su padre, a Adele le preocupaba el presente y ese pasaba por la buena convivencia entre Gala y Julianne, que era de todo menos armónica.
Gala y Adele se quedaron charlando en el porche hasta que llegó Gustavo a rescatarlas de la helada. Las cuatro subieron al Mercedes; Gala y Julianne sin apenas mirarse, aunque cada una dispuesta a bajar el hacha de guerra por el bien de las niñas. Hacía años que no disfrutaban de unos días juntas como para estropearlo por las rencillas del pasado. Gala le había prometido a su hija saborear el presente y, subida en ese coche sin conocer el siguiente destino, se propuso cumplirlo, aunque tuviera que tragarse el orgullo y contar hasta cien en decenas de ocasiones.
Entre campos y bosques silvestres vieron el cielo tornarse rojizo hasta abandonarse a la noche estrellada. Apenas unos minutos de la luz a la oscuridad; así funciona la vida, a golpes de pestañeo que te arrancan de una realidad a otra y esperan que camines sin mirar atrás. ¿Lo había logrado Julianne? Cuarenta años no son una página en tu vida, aunque muchas veces pueda dar esa sensación. ¿Cuarenta años son suficientes para borrar la impronta del amor? Gala observaba a su madre, escondida tras sus gafas de sol, cómo se dejaba llevar por la tristeza cuando sabía que no era observada. Desde que salió del restaurante había abandonado la sonrisa postiza de «a mí no me pasa nada» y mostraba un rictus tan relajado como apesadumbrado. Adele, apoyada en su hermana, se había quedado frita; demasiadas emociones en pocos días; seguía no del todo recuperada de aquella recaída y, de vez en cuando, se mareaba. Gala la observaba con preocupación, pero se fiaba del doctor Garriga, un hombre que todo lo achacaba a la emoción, a la sobrexcitación de una vida nueva, donde todo está por descubrir.
—¿Acaso los bebés no necesitan dormir todo el tiempo?
Adele había descubierto al fin ese nuevo planeta que siempre había soñado, y con Marc llevaba días explorándolo todo sin apenas descansar. Kate miraba a su madre reflejada en el cristal oscuro del coche. Gala también la miraba desde el mismo lugar, sintiendo su complicidad como días atrás. Sin dejar de mirar por la ventana, Gala buscó la mano de su hija y la apretó fuerte, con una intensidad poco conocida. Gala estaba orgullosa de Kate; de su talento, de su cabeza, de su sensibilidad y de ser una Gotham Girl y no una Brearley Girl. Comenzaba a creer que, en esa familia, todas las mujeres tenían mucho más de Gotham que de Brearley. Ese pensamiento le provocó una sonrisa sincera que Julianne captó desde el retrovisor. Observaba a Gala desde la lejanía, porque sabía que estaba enfadada con ella; ese viaje sorpresa parecía haber movido la rueda y, como un juego del destino, las tenía juntas en un lugar que se había prometido no volver a pisar, ni siquiera nombrar.
No sabía a qué había venido. Desde que Frederick se lo contó, dejó de dormir por las noches; demasiados sueños acumulados sobre aquella tierra que le intranquilizaba el alma y le hacía la existencia insoportable. Intentó que Gala volviera, que dejara de hurgar en un pasado que no le pertenecía, pero su hija, con la terquedad de tantos silencios que buscaban respuesta, aterrizó en La Muga para hacer girar de nuevo la rueda. Había acudido para convencer a su hija y salir de esa tierra cuanto antes, pero tras haberla pisado de nuevo, sentía su cabeza llena de recuerdos que creía enterrados; le dolía cerrar los ojos y verse sonriente al lado del hombre al que más amó y más quiso olvidar: Román. Metida en ese coche, protegida con gafas de sol, comenzó a pensar que no había hecho ese viaje para rescatar a su hija de allí, sino para rescatarse a sí misma de un mundo prefabricado, de cartón; hecho a la medida de los otros, pero no ella.
La abuela Julianne había organizado una estancia en el Wine Spa de cinco estrellas de Perelada para disfrutar de las medicinales y curativas propiedades de la vid, y de jugar al golf en familia, como era tradición en Navidad. A Kate le gustaba practicar y observar cómo su swing mejoraba cada año, pero reconocía que, de no ser por su abuela, jamás lo practicaría. Adele simplemente era torpe con los palos, y ni con un profesor era capaz de darle a la bola. En eso había salido a su madre, aunque en su caso, más que por falta de destreza, lo era por aburrimiento supino. El golf no era su deporte y, aunque Julianne se empeñara todas las Navidades, ella se negaba a formar parte de ese rich woman club. Julianne había ideado el plan perfecto: relax, buena comida y deporte. Ante la sorpresa de todas al despertarse por la mañana, llegaron al pacto de que cada cual disfrutaría de las instalaciones según sus apetencias. Todas estuvieron de acuerdo, con la condición de encontrarse a la hora de las comidas. Aquel lugar era mágico para disfrutar del descanso y los buenos masajes; ideal para Gala, pero tremendamente aburrido para Adele y Kate que, en cuanto se ubicaron, llamaron a Joana para que acudiera a rescatarlas. En su casa seguían de celebración, para sorpresa de las niñas.
—¿San Esteban? ¿Tan importante es ese?
Joana no lo sabía con exactitud, pero tenía comida en familia, en casa de sus primos, y le sería imposible salir a rescatarlas ese día. La vida de las celebraciones puede llegar a ser sumamente estresante, y Joana iba con la lengua fuera y tenía el estómago dilatado de tanta fiesta en familia.
Acordaron llamarse a la mañana siguiente. Joana envidió a su amiga Kate por alojarse en uno de los hoteles de lujo de la zona. A ella le encantaban los spa, los chicos en albornoz y tomarse un té de menta después de un buen masaje. Kate no era de las que gozaba con los exfoliantes, las cremas y los baños de burbujas, pero visto el panorama y las ganas de su hermana Adele por experimentar todo tratamiento, decidieron hacer de exploradoras y probar todos los masajes que les recomendaran junto a su madre y a su abuela.
Pasarse un día en albornoz, de una camilla a otra, en una bañera o una piscina de chorros era un plan exquisito y apetecible para la gran mayoría. Pero cuando a alguien lo transportan al paraíso con repentina brusquedad y sin pedirle opinión, el idílico lugar parece no encajar del todo. Así se sentían Adele y Kate, que llevaban diez días asalvajadas, correteando libres por el campo, sin las buenas maneras a examen y descubriendo que hay vida más allá de la tecnología. Kate se alegró de tener wifi gratis en el hotel para hablar con Joana, Jersey y… ¿Aleix? Apenas sabía nada de él desde la Nochebuena, pero pensaba en él con media sonrisa, imaginándose alguna de sus torpezas que tan graciosas le parecían.
Julianne optó por jugar al golf por la mañana y dejar los masajes para la tarde. Gala convenció a su madre de que lo mejor para las niñas sería estirar las piernas, y aprovecharon para recorrer los alrededores del spa. Estaban muy cerca de La Muga: en Perelada, el pueblo vecino, donde se abrió el testamento de Amelia Xatart; donde conoció a Amat, con las manos manchadas y marchándose a caballo dejándolas boquiabiertas.
Las tres caminaron por esas calles nuevas, de baldosa rosada, de una urbanización contigua al pueblo, llena de enormes chalets de piedra, con jardín, piscina y, aunque no incluida en el precio, seguro servidumbre. Adele no había dormido demasiado, pensando en Boston y echando de menos a Marc. Seguro que él sabría contarles cómo se llamaba esa zona de casas, tan parecidas a las que le gustan a la abuela en Miami, pero que a Adele le resultaban tan faltas de personalidad. Comenzaba a cogerle el gusto a la piedra antigua, de apariencia medio derruida, pero que llevaba en pie tantos años, acumulando tanta vida en sus paredes. Kate empezaba a compartir la opinión de su hermana, y buscaba con interés el final de las casas nuevas y el principio del pueblo viejo.
—¿Por aquí no estaba la casa de los vinos del primer día?
Kate estaba en lo cierto. Gala cayó en la cuenta de que Teresa la había invitado a visitar los viñedos cuando quisiera y, aunque no recordaba con exactitud el camino, estaba segura de que preguntando por los Forgas sabrían orientarla bien.
Caminaron perdiéndose por las calles de suelo empedrado hasta casi detener el tiempo y poder girar atrás las manecillas unos cuantos siglos atrás. Adele se imaginó vestida de princesa, amaneciendo en uno de esos balcones, y Kate en un parque practicando esgrima o el arte de la espada.
—Yo… ¡aprendería a luchar!
Gala sonreía al ver los derroteros por los que iba la imaginación de cada una de sus hijas. ¿Qué haría ella en esos tiempos? Llegó a la conclusión de que en poco cambiaba su situación: estaría casada con un hombre que no la querría y la compartiría con muchas amantes. No estaba revuelta con el tema, simplemente se daba cuenta de lo medievales que llegaban a ser sus circunstancias. Gala se consideraba una mujer moderna, estaba mucho más cerca de Kate que de Adele en ciertas cosas, pero sin embargo se había recluido ella misma por el propio miedo a construirse la vida más allá de los límites impuestos por ser de cuna Marlborough.
El claxon de un coche las devolvió al presente y terminó abruptamente con su viaje en el tiempo. Amat se detuvo para saludarlas obligado por su sobrino; Gala apenas quiso darle importancia al encuentro, pero sintió cómo el corazón brincaba hasta provocarle una pequeña arritmia que no ayudó a atemperar sus nervios. Adele, en cambio, se dejó llevar por la emoción de ver a Boston y a Marc en la parte de atrás de la ranchera. Joana le había contado a Marc que se hospedaban en el Wine Spa, y su tío, que tenía que comprar vino Forgas en Perelada, le prometió dar unas vueltas para ver si las encontraban. No pensaba lograrlo, pero apenas cruzaron el cartel de «Bienvenidos a Perelada» vislumbraron las tres siluetas caminando por la calle principal.
Faltaba poco para que sonaran las doce campanas marcando el mediodía. Decidieron aparcar y pasear con ellas por el pueblo con la alegría de los menores y cierto reparo de los adultos. Kate, Adele, Marc y Boston hicieron de avanzadilla, dejando a Gala y a Amat en un estado de timidez que iba más allá del silencio compartido.
—¿Tu madre?
—Jugando al golf.
Amat sonrió mirando al suelo y Gala le miró con la intención de alzar el machete por su pequeña mofa, pero terminó sonriendo como él. Estaba segura de que Amat consideraba que el golf era un deporte que practican los que disfrutan moviéndose en las aguas de la frivolidad.
—Tú seguro que eres más de golpear el tronco que no una bolita…
Amat se detuvo para encajar el golpe; ser un hombre de campo no significaba ser de las cavernas, pero Gala seguía distorsionando su figura y esa realidad.
—Creo que juego al golf mejor que tú, pero… ¡cierto! Prefiero partir leña.
Apreció en su tono cierta seriedad que la dejó descolocada. Su voz era cortante y severa; hasta el momento siempre le había hablado con delicadeza, aunque sin perder la ironía. Su comentario, más que molestar, había querido ser cómplice, gracioso. A veces las intenciones no coinciden con la realidad y, del disgusto, Gala le dio una patada a una pequeña piedra del camino. Con la cabeza gacha, dio la conversación por terminada. Amat la miró de reojo y frenó con dos suspiros sus terribles ganas de abrazarla. No pretendía ser brusco con su comentario, pero cuando se va en contra de lo que uno siente, se producen las chispas inadecuadas.
Caminaron en silencio, incapaces de remontar la incómoda situación, mirando cada uno a su interior, escuchando sus pensamientos y observando a los pequeños jugar con Boston. Apenas había nadie en la calle, Perelada es un lugar donde la tranquilidad suele pasear e impregnar el ambiente de una paz inspiradora.
—¡Mamá! ¡Boston ha aprendido a sentarse! ¡Mira! Boston, sit! SIT!
Adele estaba feliz con la visita sorpresa; Kate había logrado contactar con Jersey, que le pedía fotografías del lugar. Kate le mandó un par y su amiga se había quedado encantada. Kate se apoyó en una valla de madera para no perder la cobertura ni el wifi gratuito que había encontrado y siguió conversando con Jersey. Se soltó por primera vez para contarle sus aventuras en La Muga, el viaje por una herencia de su madre, las abuelas y las historias de cada una. Jersey no tenía tiempo para enviarle emoticonos suficientes que describieran su interés. Ella envidiaba la posición y dinero de su amiga. En el fondo le habría encantado poder pasar unas Navidades como las de Kate, en un lugar perdido, buscando un tesoro o descubriendo que hay vida más allá de su país. Jersey era una defensora nata de Europa, y siempre soñaba con ir allí a estudiar, enamorarse y gastar su juventud. Kate seguía preocupada por no haber estado ni poder estar en las eliminatorias con las Gotham Girls. Jersey no entendía la obsesión de Kate por ser una Gotham, era cierto que jugar a la Roller Derby junior imprimía carácter, pero no marcaba una vida. Pero para Kate significaba ser, durante un espacio de tiempo, como ella deseaba. Jersey y Kate procedían de mundos más que distintos. Eran casi las dos caras de Nueva York y, para su sorpresa, se sentían casi hermanas de sangre, aunque su color de piel y sus orígenes fueran opuestos.
—¡Kaaateee! No te quedes atrás…
Kate se despidió de su amiga con la pantalla a rebosar de corazones de todos los colores y esprintó para alcanzar al grupo. Le habría encantado que Adele controlara su carrera, porque estaba segura de que, con la emoción, era capaz de batir su propio récord.
Al poco, Gala reconoció la entrada de Can Forgas, un gran jardín con naranjos, castaños y pinos presidiendo el camino hasta llegar a la gran casa al fondo que rodeaba una gigantesca explanada de viñedos.
Nalda había llamado a Teresa para avisarla de que Amat llegaría para buscar el vino y el cava especial de esas fechas. La familia Forgas tenía unos vinos de privilegio, reservados a amigos y familia que en citas señaladas compartían con unos pocos. Representaban la miel más preciada del lugar, y los que la habían saboreado hacían del placer una leyenda, engrosada con los años. La mayoría vivía con la intriga de si esas botellas existían o no; solo unos pocos y la familia conservaban el secreto de ser conocedores del descubrimiento del Santo Grial hecho vino y espumoso. Ni siquiera Amat compartió la historia con Gala; apenas compartió nada más. La Segunda los esperaba en el porche con una amplia sonrisa, y vestida para recibir a embajadores.
Amat recogió las botellas en un par de cajas individuales y se lo agradeció con mirada cómplice. Alfonso Forgas estaba enseñando las viñas a las visitas y los niños se aseaban para la comida. Teresa se excusó por no invitarles a entrar, ni ofrecerles un aperitivo, pero estaba apurada con los preparativos de última hora.
—Nos vemos el 28, ¿no?
Se lo dijo a Gala en la despedida, guiñándole un ojo. Gala puso cara de amnesia. La había pillado a contrapelo y no recordaba el mensaje de Nalda ni su pacto de volver a La Muga antes del 28 por la noche. Amat miró con complicidad a Teresa; sabía que el Círculo se abría después de mucho tiempo porque su madre llevaba unos días más pendiente de eso que de la Navidad. Kate y Adele se despidieron de Teresa de lejos, correteaban junto a Boston que, desde que había pisado Can Forgas, lo olisqueaba todo, buscando piedras y palos para jugar sin parar.
Hicieron el camino de vuelta con el mismo paso y velocidad, pero sintiendo que el tiempo corría más lento. Gala y Amat deseaban llegar para la despedida, pero la ansiedad es mala pasajera y, lejos de consumir más deprisa, convierte cada segundo en una reverberación infinita. Gala estaba a punto de explotar por la incomodidad y por no poder escaparse de la situación.
—Siento haberte ofendido antes.
—¿Con qué?
—Con lo de que a ti el golf…
Amat no dejó que terminara la frase y le dijo que no estaba ofendido, solo que, ante ella, le costaba ordenar con coherencia las palabras. Gala sonrió con timidez por la inesperada respuesta, y volvió a golpear una piedra del camino mientras se dejaba halagar por Amat. Los dos sabían que tenían que resolver lo de VellAntic, y ninguno abría la boca para plantear una salida. Amat decidió contarle que había hablado con el abogado Riudaneu y había decidido comprarle el cincuenta por ciento al precio que se conviniera por ley.
—Si es lo que quieres, al terminar las fiestas podemos tenerlo listo para la firma.
—Gracias.
Gala no supo decir más porque, aunque la noticia la dejó aliviada, le formó al tiempo un nudo en el estómago. Al fin había convencido al terco de Amat para que le comprara su parte, pero hacerlo significaba desprenderse de uno de los lugares y cosas más preciadas por su abuela. Siguieron el resto del camino absortos en sus pensamientos, más cercanos, pero en compañía nuevamente del silencio.
Se subieron todos a la ranchera, Amat las llevó hasta el Wine Spa; los chicos salieron disparados para dar la última vuelta con Boston por los alrededores, mientras Gala y Amat se quedaban dentro del coche como petrificados, buscando una respuesta o comentario al momento.
—No quiero que pienses que ansío comprarte tu parte. Yo estoy bien como estoy, pero si tú lo deseas…
Gala levantó la cabeza para mirarlo con gratitud. Amat sintió cómo un rubor repentino recorría su cuerpo en forma de pequeñas sudoraciones. Se miraron, aguantando, reprimiendo en la inmovilidad cualquier acto, hasta que Gala, como una estrella fugaz, decidió abalanzarse sobre Amat y plantarle dos besos, uno en cada mejilla, que erizaron todo su cuerpo. Gala sintió la imantación del primer roce de sus labios en la piel de Amat. Le desconcertó su propio deseo que, desde sus entrañas, le pedía paso con golpes de calor acelerados. Amat fue incapaz de reaccionar; Gala salió del coche extrañada por lo sentido y, antes de cerrar la puerta, escuchó la voz en susurro de Amat.
—¿Cenas conmigo esta noche?
Gala afirmó con la cabeza, incapaz de negarse a la invitación de quien segundos antes la había hecho nublar la vista por ¿deseo contenido? Hacía demasiados años que se había olvidado de él y le costaba reconocer la añeja sensación. Cerró la puerta de un golpe y, como si hubiera despertado de un sueño, se tomó un par de segundos antes de emprender la marcha y alejarse con todas las consecuencias: el compromiso de cenar con Amat. Llamó a las niñas que, despidiéndose efusivamente de Marc y Boston, acudieron excitadas, relamiéndose del maravilloso encuentro y proyectando la tarde prevista de masajes y aguas termales en familia, donde todo podía ocurrir.
Julianne era una enamorada de la vinoterapia desde que la descubrió una década atrás en el White Oaks de Niágara en Canadá. Todos los años se hacía su semana de peelings, envolturas y baños de espumoso para nutrirse de antioxidantes y retrasar el envejecimiento de arrugas y caída de piel, para ella deprimente. Jamás había conseguido que su hija la acompañara y disfrutara de las virtudes del vino para la circulación sanguínea y prevenir enfermedades. Gala no gustaba de los masajes y mucho menos de la compañía de su madre casi nunca, y rodeada de lujos y tratamientos antiaging, menos. Jamás se hubiera imaginado estar en una misma bañera de burbujas, llena de buen Merlot a 37 grados de temperatura, escuchándola hablar de sus logros en el campo de golf, con la mascarilla hidratante puesta. Sus problemas con la escucha comenzaron cuando Julianne se dispuso a dirigir la vida de su hija; recomendarle que era hora de hacerse sus primeros arreglos si no quería avejentarse como la mayoría.
—Nosotras debemos y podemos envejecer desde otro lugar, porque podemos pagarlo…
No soportaba a su madre cuando se ponía con el discurso de que eran de un rango superior a la media y, por ello, debían actuar de otro modo. No soportaba el discurso clasista de «¡compórtate como una Marlborough!», y no pensaba aguantarlo metida en una bañera, supuestamente para el relax, durante cuarenta y cinco minutos.
—Mom, please! Shut up! (—¡Mamá, por favor! ¡Cállate!)
Julianne la miró con desconcierto por las maneras empleadas no solo para dirigirse a su madre sino por las palabras elegidas. Su hija estaba distinta, y comenzaba a atreverse a perder las formas, la educación y el decoro. No era ella quien debía recordarle su vida y su responsabilidad con lo elegido, pero estaba claro que Gala comenzaba a olvidarse de quién era y cuál era su lugar en el mundo.
—No estás sola, ¿sabes? Este parque de atracciones tiene que acabarse cuanto antes.
Gala la miró desafiante, sin saber qué responder a lo que acababa de escuchar. Su madre sabía muy bien que aquel viaje no era precisamente Disneyworld, pero ella se empeñaba en seguir enterrando al muerto y todo su mundo. Se resistía a sacar el tema, a dar rienda suelta a los demonios atados durante años, aunque andaba con el tridente desatado, provocando la tormenta.
—¿Has hablado con Frederick? Está preocupado por tu comportamiento… Lo mismo que yo…
Gala solo deseaba que llegara el final del baño de burbujas y evitar armar un escándalo en tan poderoso lugar. Pero Julianne parecía empeñada en que ardiera Troya y no le importaba que fueran a tener la mundial entre barros de vid, cremas y albornoces. Julianne se sentía como en una burbuja a punto de explotar, porque no se soportaba en esa tierra ni un día más. Los recuerdos que ella misma creía perdidos le sobrevenían en forma de pesadilla, atormentando su existencia mucho más de lo que ya estaba. No era capaz de mirar su reflejo en ningún cristal y comprobar el paso de los años; el haber llegado a esa edad sin girar la cabeza a su pasado; a ESE pasado ni una sola vez. Pero en menos de cuarenta y ocho horas, en forma de cascada torrencial, le había sobrevenido lo enterrado, incluso había sentido la presencia de Román y llegado a pensar que podía seguir vivo. Tal era la paranoia por la que su mente viajaba que necesitaba tocar tierra y, para ello, despotricar de su hija y acumular ira para evitar lágrimas y lamentos.
—No entiendo lo que estás haciendo. ¿Quieres destrozar tu vida y la de tus hijas?
—Mamá, por favor, para… Haz el favor de parar… No es momento para esto…
—No te he educado para que vivas como sientes. ¿Me has oído?
Gala cerró los ojos y esperó pacientemente a que su madre se cansara de hablar y provocar al cielo. Esperó un imposible, porque para Julianne parecía solo el principio; el milagro se produjo cuando entró una chica a avisarles de que el tiempo del baño había concluido. Gala se levantó con precipitación de un salto, salpicándolo todo y, sin apenas secarse, se puso el albornoz, las zapatillas de toalla y salió a toda velocidad. No quería enfrentarse a su madre porque todavía no estaba segura ni de lo que sentía ni de lo que quería oír. Sabía que las cosas ya no eran como antes, que no podrían volver a vivir con el tapón puesto, que el agua se estaba escurriendo y existía un límite de tiempo para la charla; tan solo necesitaba un poco más. Seguir escurriendo el bulto, porque seguía sin poder hablar de su padre, su infancia, su abuela, La Muga…
Julianne salió y la buscó con la mirada furiosa; ella era la matriarca y nadie la dejaba con la palabra en la boca, ni siquiera su hija. Entró sin perderla de vista en otra habitación; por suerte, tenían terapias distintas y no volverían a coincidir en un par de horas.
Adele encontró a su madre sentada en una banqueta en la sala de relax a punto de tomarse un té y echarse en una camilla hasta que llegara su turno. Kate y Adele habían salido del circuito de chorros y su próximo destino era la piscina cubierta. Adele disfrutaba de cada paso; en sala de relax, porque se imaginaba ya mayor, como su madre, tomándose un té caliente, dispuesta a recibir una nueva terapia. Kate, en cambio, era la primera vez en su vida que entraba en un lugar así porque siempre se había resistido y, aunque le costaba reconocerlo, comenzaba a pillarle el gusto hedonista del placer por el placer. Solo pensaba en Joana y en todas las cosas que le explicaría cuando se volvieran a ver; seguro que su amiga era una experta en el tema y sabría apreciar los detalles, como la fruta fresca o las toallas desechables en cualquier rincón.
—¿Sabías que Paul Newman se lavaba la cara todos los días entre cubitos de hielo?
Se lo había dicho Joana en un mensaje de WhatsApp y Kate, curiosa, quiso experimentarlo y llegó a la conclusión de que jamás volvería a emular a una estrella de cine, o a seguir los consejos de una amiga obsesionada con serlo. Adele todavía tenía la risa floja de ver a su hermana emerger de la piscina de agua helada con la cara desencajada y correr a meterse en la caliente para recuperar sus constantes vitales. Gala, que comenzó a escuchar a la pequeña con muecas de desaprobación, terminó a carcajada limpia por la gesta de su hija mayor. Adele, aunque tenía los dedos arrugados por exceso de agua, era como un pez; adoraba estar en la piscina y nunca veía el momento de salirse. Gala miró a Kate antes de que desaparecieran de su vista para que fuera ella la que le pusiera los límites a su hermana y se la llevara para la ducha a regañadientes.
Gala necesitaba ese momento de calma para ordenar sus ideas y moderarse con su madre. No podía imaginar que hora y media más tarde coincidirían en el baño turco y pondrían a prueba no solo su resistencia física al calor. Gala entró pensando que estaba sola, con ganas de estirarse, a sudar incluso los pensamientos. Al poco sintió la presencia de alguien más, pero como se suele hacer, optó por la ignorancia.
—¡A veces dudo de que puedas ser hija mía!
Gala escuchó y reconoció la voz de su madre con los ojos cerrados. No era una frase que la removiera, puesto que no era la primera vez que se lo decía y ella pensaba lo mismo. Se incorporó para mirarla sin necesidad de hablar. Su madre estaba sentada y con la cabeza gacha; aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, no irradiaba con la misma fuerza. Estaba como debilitada, pálida… Gala la miró con preocupación, pues una cosa es no tener qué compartir con tu madre y otra muy distinta no saber reconocer cuándo algo la está consumiendo. Era la primera vez que la veía sin fuerzas, soltando los comentarios como un moribundo sus últimas bocanadas de aire antes de expirar definitivamente.
—He cancelado la boda con John.
Julianne se había cansado al fin de ser la mujer que colecciona amantes y maridos. Que juega a divertirse con la vida, incluso a su costa, y simular que nada le importa. La vida y el paso de los años es imposible de sostener con mentiras; solo puede enderezarse con dosis de lucidez, y cancelar su quinta boda había sido un chorro de lucidez. No estaba enamorada, como no lo había estado de los tres anteriores. Pero ¿cómo sobrevivir a la pérdida del AMOR, ese que más que complementarte te multiplica? Julianne intentó con todas sus fuerzas sobrevivir a Román y el amor que sentía por él y, aunque no volvió a amar de ese modo, logró disfrutar hasta que se enganchó del disfrute y solamente vivía de él. Se alejó de su hija, de sí misma y de lo que había sido, practicando al límite el poder del ahora sin saber que el pasado podía volver con la fuerza de una ola gigantesca con el poder de anegar tu vida. Gala observaba a su madre, perdida en pensamientos que le ofuscaban la mente y deformaban el rostro. El tormento, si acude en tu busca, es como el diablo, encuentra la puerta de la debilidad para colarse y, de conseguirlo, es muy difícil librarse. Julianne estaba metida en esas aguas turbias de un pasado no resuelto, pero sellado a cualquier precio.
—No sé qué decirte…
—Que te alegras de que no me vuelva a casar…
Comenzaba a apretar el calor allí dentro, pero ninguna daba el paso para salir. Tampoco para seguir con la charla.
—Esta noche salgo a cenar fuera. ¿Sabrás hacer de abuela?
Julianne se levantó con la brusquedad que el entorno y sus condiciones le permitían. Miró a su hija desafiante y decidió salir antes de que le diera un brote biliar a altas temperaturas.
No se vieron en un par de horas; Gala aprovechó para leer el correo electrónico y conectarse a su vida en Nueva York. Se le hacía extraño, apenas habían pasado diez días, pero estaba confusa. Lo de allí le resultaba lejano e incluso sus amigas le daban cierta pereza. No era una mujer de amistades; siempre acumulaba envidias no resueltas y, para evitar que el globo le terminara explotando en la cara, se mostraba poco y resguardaba a conciencia su intimidad. Había aprendido a convivir en su soledad, con sus tardes de fotografía, su pilates y los encuentros de frivolidad de otras mujeres de alta sociedad tan vacías y aburridas de sus vidas como ella. Mucha palabra y pocos hechos. Mucha cobardía y excesiva comodidad. No había lugar para la queja porque todas, incluida ella, habían elegido formar parte del postín. No tener que preocuparse por el dinero es una tentación demasiado grande como para rechazarla… Gala no había trabajado en la vida, ni había visto a su madre trabajar ni sabía lo que significaba no llegar a fin de mes, o ahorrar para comprarse un capricho. ¿Era una frívola por ello? ¿Una malcriada? ¿Una insensible por tener una vida económicamente fácil? Jamás se lo había planteado, ni había tenido la necesidad de juzgarse en ese sentido, pero tener una cena con alguien que tiene esa imagen de ti hace que puedas llegar a planteártelo. Gala estaba nerviosa por su encuentro con Amat, no sabía si procedía, ni si debía seguir con el plan de cena. Lo cierto es que deseaba verle, y comenzaba a no importarle correr el riesgo de conversar con él, acabar a gritos o besándose apasionadamente. Amat era como el sabor agridulce, o el momento justo en el que pasas de una bañera fría a una caliente. Amat la había descolocado desde el primer día y seguía sin poder ubicarlo, y aunque le parecía un soberbio hombre de campo, le apetecía cenar con él a solas.
Kate, Adele y Julianne decidieron organizar una fiesta de pijamas; pedir unas pizzas para cenar en la habitación y ver las películas hasta que el sueño las tumbara. La abuela Julianne podía llegar a ser muy divertida cuando se lo proponía, y esa tarde había decidido por ella y por su hija ejercer de abuela.
Al entrar en la habitación, Gala se encontró a las tres en plena sesión de manicura y pedicura. Julianne, como cuando ella era pequeña, estaba entregada a la causa con sus nietas. Había convencido al personal del hotel para que le facilitaran todas las lacas de uñas que pudieran y un buen set para convertir la suite en un salón de belleza. Kate eligió el negro para pintarse las uñas, y Adele una uña de cada color, como cuando Gala era pequeña. Se unió al grupo, dejándose pintar las uñas por sus hijas.
—¿Verde y naranja?
—¡Son los colores de moda!
Gala disfrutó del momento; recordó con una sonrisa el que vivió años atrás con su madre. Nuevamente sintió la importancia de las pequeñas cosas, la añoranza de los aromas cotidianos y en familia. Julianne soltó una carcajada al ver cómo sus nietas le habían dejado los pies, y miró a su hija para mostrarle el horror de uñas y contagiarle la risa. Es difícil calcular el tiempo que estuvieron con el beauty salon roommate; es casi imposible calcular cómo un instante puede durar toda la vida, transformado en eterno recuerdo. Gala cerró los ojos con un parpadeo largo y consciente, emulando una cámara de fotos invisible para captar la atención de la memoria y pedirle que no se olvidara de guardar esa escena. Aunque ya se sabe lo caprichosa que es la memoria…
El tiempo cabalgó tan rápido que, en cuanto cayó en la cuenta, faltaban apenas veinte minutos para que Amat la pasara a buscar. Le entró la duda del cangrejo y pensó que quizá lo mejor fuera quedarse con las niñas y su madre. ¿Qué andaba buscando? Se percató de que su madre la estaba mirando y, por la frialdad de sus ojos, también le acababa de leer los pensamientos. No era momento de hablar con ella, ni permitir un juicio sobre su velada, Amat y la luz de las velas de esa noche. Se levantó de un salto, le dio un besó a sus hijas y, conteniendo la respiración, abandonó la suite.
La ducha fue rápida y la elección, fugaz: entre cuatro cosas, al final se decidió por los vaqueros y un jersey de cuello cisne, con botines y plumas. Se miró al espejo antes de salir de la habitación; en pocos días aquella tierra le estaba cambiando desde la imagen de urban chic hasta la de rural chic.
Amat llegó con veinte minutos de antelación; con el tiempo suficiente para tener un combate de unos cuantos rounds con la mente que, si algo le decía, era que saliera de allí lo más rápido posible. Tenía el tic en el ojo izquierdo, el parpadeo intermitente tan molesto como imperceptible que le atacaba cuando su sistema nervioso se descontrolaba. Trataba de respirar para calmarse; iba de un lado a otro del vestíbulo del hotel, mirando compulsivamente el reloj como si fueran a llegar tarde. No había prisa, ni siquiera para ese encuentro entre ellos que, si se paraba a pensarlo, podría pasar toda una eternidad sin producirse. Amat no había cesado de repasar temas de conversación; apenas sabía nada de la vida de Gala y parecía que tuvieran poco en común. Él no era un hombre de excesivas palabras; le gustaba más mirar, escuchar y no preocuparse por mantener la intensidad de la conversación.
Se metieron en el coche y apenas consiguieron balbucear tres palabras seguidas. Gala estuvo a punto de pedir la retirada, pero se convenció de que salir a cenar con su «socio» no implicaba efectos secundarios. Amat no encontraba ni tema ni palabras, solo conseguía carraspear y aumentar por minutos el número de tics. No es fácil ganarle a la timidez, superar el pudor y tomarle ventaja a la vergüenza. Gala y Amat no sabían descifrar aquella cita, no querían escuchar las palpitaciones que dinamitaban las bases de lo ¿correcto/incorrecto?
—¿Adónde vamos?
—A Cadaqués.
El pequeño pueblo de casas blancas estaba, escondido entre las montañas y al pie de la bahía que Dalí inmortalizó en alguno de sus lienzos, mostrando sus calles laberínticas y sus puertas y ventanas de un azul intenso. Su luz, sus barcas meciéndose en la calma de las aguas, los paseos por el asfalto de piedra erosionada por el salitre y las pisadas de tantas historias como leyendas de piratas, corsarios y amantes pasajeros. Amat escogió Cadaqués para enseñársela a quien llevaba el nombre de la mujer que, junto a Dalí, mostró al mundo esa tierra de humildes pescadores. Fue en una de sus primeras conversaciones cuando Amat confirmó que Gala se llamaba así por insistencia de su padre y la pasión que sentía por el Ampurdán. Poco se preocupó Gala por saber los detalles de sus orígenes bautismales; apenas que fue una intelectual que se casó con Salvador Dalí, que vivieron en Nueva York y, a los pocos años, volvieron a España. Amat no era un gran entendido en artes plásticas, pero todos los de esa tierra sabían por el boca a boca de la obra y la vida del maestro del surrealismo.
—¿Te gusta Dalí?
En los casos de bloqueo temporal, Amat siempre recurría a Dalí y el discurso aprendido desde niño. Gala se dejó llevar, acogiéndose a la conversación como si le fuera la vida, intentando así ahuyentar los malos pensamientos e ir aflojando mandíbula. Pasearon por el casco antiguo; se perdieron por las calles, se tropezaron con desconocidos cogidos de la mano; evitaron mirarse y se guardaron bien de estar a medio metro de distancia. Amat le mostró la bahía, las riquezas de ese lugar tan magnético que hasta el gran pirata Barbarroja no había podido reprimir hacer hogar en tierra durante un tiempo. Amat había elegido un pequeño restaurante familiar con vistas a las barcas y un trocito de mar iluminado. Es Baluart, modesto con la historia de mar y piedra en su estructura y el aroma del buen arroz y el pescado fresco del día. Le ofrecieron una de las pequeñas mesas, ubicadas en un balcón con vistas al horizonte marino; música tranquila, mantel rústico de puntilla y una pequeña vela en el centro de la mesa. Gala respiró aire salado y húmedo, dejándose invadir por un escalofrío de vello de punta y parpadeo constante. Fue la primera vez que se miraron aquella noche; mirada furtiva, casta al tiempo que intensa. Los dos habían sentido el deseo de ese beso que, como estrella fugaz, se pasea alrededor de las nuevas parejas; esas que a fuerza de bocanadas de aire construyen la pequeña burbuja. El vino ayudó para la conversación y para aflojar tensiones.
—¿Todavía quieres vender?
Gala no se esperaba la pregunta, pero agradecía que Amat sacara el tema. Llevaba unos días de ensoñación, indecisa con los pasos a seguir. El cuaderno de su abuela… Su realidad se había modificado y no encontraba la claridad. La lógica la llevaba a seguir con la venta, pero el corazón comenzaba a emitir señales de una nostalgia desconocida.
—Sí.
Lo pronunció sin apenas vida; seco y tenue. Amat esperó una continuidad que llegó en forma de silencio. Gala miró el mar y le preguntó por su abuela.
—¿Abuela?
La sorpresa de Gala fue enterarse de que Amat no sabía que ella era la nieta. Amelia era una mujer hermética con su vida, y apenas la había compartido con su madre, Agnès y Francisca. Amat descubrió al fin el gran secreto de su mentora y salvadora. Miró a Gala y entendió el enorme parecido físico y sintió más el dolor incrustado en la mirada de Amelia Xatart.
—Luego… Román…
—Era su hijo…
Gala le confesó lo del cuaderno, le contó cómo aquello había cambiado la perspectiva de su viaje, cómo necesitaba saber más y acercarse a su abuela, a su padre, a ella misma en aquel lugar. Amat la escuchó como sabía hacer, dejando que su invitada soltara lo acumulado sin filtro, con miedos y pasión. La observó gesticular, beber compulsivamente para envalentonar el discurso; se perdió en sus sonrisas, en la comisura de su labio, en su mirada, en su voz. Le costaba concentrarse en la conversación sin que el deseo le desviara por otros derroteros. Gala parecía una ametralladora, dejándose llevar por la necesidad de contarle sus pequeños tormentos, hasta incluso, sin darse cuenta, su vida en familia, sus hijas, ella como madre; ella… como amante.
Por mano nerviosa y exceso de aspaviento, Gala tiró una copa de vino, vertiendo el líquido en la camisa y el pantalón de Amat. Desde fuera, la típica postal de las torpezas comunes de los primeros encuentros. Las hormonas sobrevuelan el ambiente, provocando pequeños accidentes que cualquiera entendería como llamadas de atención para que los tímidos amantes se atrevan al primer beso. Amat y Gala se permitieron reír juntos y se lanzaron al bucle de «perdona», «no pasa nada». Un espectador de la escena se habría dejado las uñas esperando el beso perezoso.
—Bueno… ¿y tú?
Gala le pasó la pelota a Amat, que la miró sorprendido por el giro brusco de la conversación.
—¿Yo?
—Sí.
No sabía qué decir, ni qué contar, ni siquiera de qué hablar. Ella había sido generosa e inconsciente y se había lanzado al abismo de las confesiones. Hacía demasiado tiempo que no tenía una intimidad verbal con una mujer y había olvidado cómo hacerlo sin mostrar desconcierto. Hablar de él… Estaba desentrenado y, entre balbuceos, se dio cuenta de que llevaba años sin escuchar sus latidos. Miró a Gala, implorando ayuda, pero la americana se sentía atraída por la vulnerabilidad repentina del rudo hombre de campo. Apenas se fijó en lo mal que lo estaba pasando Amat, estaba demasiado ocupada con los sentimientos tan contradictorios que aquel ser estaba despertando en ella. Sentía deseos por aquel hombre y, al mismo tiempo, ningún tipo de remordimiento ni culpa ni pensamiento recriminatorio por sentirlo. Jamás se había planteado serle infiel a Frederick; jamás se había planteado estar con otro hombre, pero cuando el fuego del deseo despierta el bajo vientre, es difícil apagar ese fuego si no es separando las brasas. Gala no quería que aquella noche terminara, le apetecía seguir escarbando, incluso a riesgo de salir con quemaduras de primer grado. No le apetecía ser responsable, ni esposa, ni madre… solo una mujer que desea y no pone el freno a sus bajos instintos que piden yacer, explotar de pasión y desfallecer de placer. Amat seguía perdido en su propio bosque de «yo y mis circunstancias», buscando un lugar para seguir conversando. Apretaba el frío, pero ellos seguían a medio metro de distancia. A Gala le costaba caminar en línea recta y seguir la conversación; se le había subido el vino y estaba en la fase de la noche en la que el pensamiento obsesivo en forma de beso nubla cualquier otra posibilidad. Amat, en cambio, hacía verdaderos esfuerzos para mantener la conversación y evitar el silencio. Sin darse cuenta, y por el estrés repentino del momento, Amat tomó carrerilla y habló con el aire un buen rato. Gala se había quedado atrás incapaz de seguir el ritmo impuesto por su compañero de velada. Con ciertos síntomas de asfixia, se detuvo para mirar cómo se alejaba sin reparar en ella. Se sintió ridícula por sus pensamientos lascivos y su deseo de ser besada por un hombre que es incapaz de leer entre líneas y sentir cuándo una mujer está dispuesta.
—¿Te encuentras bien?
Amat retrocedió hasta dar con ella. Intuía por su cara que quizá se había caído o se encontraba mareada por el vino.
—¿Me llevas al hotel, por favor?
Aquella mujer era imprevisible, puede que en su país se llevara la ciclotimia, pero en aquella tierra eran más transparentes. La llevó al hotel en silencio, pero tomando bruscamente las curvas del camino para hacerla vomitar de la rabia que sentía por ese silencio y sus repentinas malas formas. Amat la había tratado con mimo, se había entregado a ella y, sin venir a cuento, el regalo había sido el desprecio. Gala salió del coche sin mirarlo, sin despedirse y aguantando que se fuera derrapando, y luego echó toda la cena en los jardines del hotel. Estaba borracha, disgustada y anonadada con lo sucedido. La vida es caprichosa y siempre guarda sus giros maestros para recordarte que lo es todo menos predecible. Entró al hotel con la vergüenza a cuestas, esperando no ser vista en ese lamentable estado, con ganas de meterse en la cama y dormir.
Solo se quitó los zapatos, ni siquiera se desmaquilló ni se desvistió. Emulando a una adolescente, se tumbó en la cama vestida, dispuesta a desvanecerse como antaño.