Capítulo 9 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
No estaba nerviosa, pero sí con cierta premura para que llegara la noche. Julianne se había negado a dormir en la casa y había decidido instalarse en el Wine Spa, esperando a que su hija se dispusiera a preparar las maletas para largarse cuanto antes. Pero Gala había entrado en la terquedad de llevarle la contraria y no disimular su desprecio. Julianne no era una mujer insensible a sus desplantes, la necesitaba más de lo que mostraba, pero sabía muy bien qué clase de siembra había hecho. No había sido una madre cariñosa, ni comprensiva ni generosa. A veces creía que, simplemente, no había sido madre, porque aquella niña tan despierta que necesitaba saberlo todo le recordaba demasiado su terrible tragedia. No estaba orgullosa de haber elegido rechazar a su hija para ser feliz, mucho menos no haber logrado ni lo uno ni lo otro, porque quedarse en medio siempre es peor que vivir en los extremos. La insatisfacción permanente y residir en ese limbo la convirtieron en esclava de lo compulsivo para alcanzar una meta que, desde el principio y mediante el autoengaño, sabía imposible. Julianne era consciente de que jamás podría rechazar a su hija y que la felicidad es una utopía. Sin embargo, vivió llevándose la contraria, evitando cultivar el amor hacia Gala y enraizada en la infertilidad de la felicidad permanente. ¿Se había equivocado? No era mujer de jugar con la culpa, pero aquella mañana no dejaba de golpearla con cada bola que lanzaba al campo.
Teresa, que estaba como todos los viernes en su clase particular de golf, la observaba en la distancia. Su marido era un adicto a ese deporte y ella se había propuesto acompañarle en esa pasión, aunque su interés por los deportes fuese nulo. Se enganchó al golf por la socialité, por el club que hay detrás del deporte y porque moverse en la frivolidad del dinero era lo que realmente la divertía. Julianne, incluso en la distancia, rezumaba distinción; observó su técnica, su porte, y supo reconocer a una de las suyas. Se saludaron de lejos; Teresa no quiso incordiarla en su juego, prefirió seguir con sus clases y esperar al post para disfrutar de su compañía. Estaba convencida de que a Julianne le apetecería socializar con ella y un par de amigas, dueñas de medio Perelada. Teresa no era de despreciar a nadie, pero reconocía que solo se acercaba a quienes gozaban de buena posición, títulos o dinero. La belleza, la simpatía o la cultura le eran del todo indiferentes.
Kate suplicaba a su madre que la dejara irse a Barcelona con Joana a pasar un par de días en casa de los tíos de su amiga. Le apetecía la aventura de recorrer un nuevo lugar, pero sobre todo le gustaba poder saborear la independencia, la libertad de la que gozan los adultos. Gala había sido dura y seca en la respuesta: «¡No!». Kate era todavía una niña, y apenas conocía a Joana y a su familia como para depositar tanta responsabilidad en ellos. Kate subió escaleras arriba con tal ímpetu que sus pisadas hicieron retumbar los viejos cimientos de la casa y no se detuvo hasta llegar a su habitación para meterse en la cama y llorar de cólera acumulada. Los adolescentes suelen odiar con la misma facilidad que una montaña rusa sube y baja; la intensidad depende de su carácter y terquedad. Metida debajo del edredón, protestó a todo pulmón por la negativa de su madre de dejarla irse a Barcelona. A veces la realidad recorre caminos bien distintos a esa justicia a la que la mayoría se dirige cuando las cosas no van en el rumbo deseado. Gala se sentó en el sillón orejero; comprendía el disgusto de Kate, pero la responsabilidad recae en los adultos y no en los niños. Ella no se encontraba con los índices de responsabilidad en pico, sino más bien en valle. Comenzaba a sentir la necesidad de poner fecha final al viaje, comenzaba a abrigar la necesidad de restaurar su vida y dejar de permanecer en ese limbo de pueblo que, como un imán, la poseía, incapaz de tomar decisiones.
El dichoso cuadro, VellAntic, la casa de la abuela, Frederick, su vida en familia, su madre… Todo le daba vueltas, se encontraba sobrepasada por sus circunstancias y sola para sobrellevarlo todo. Echaba de menos tener una madre con la que poder vaciar sus miedos y sentirse protegida. Tuvo la tentación de marcar el móvil de Julianne, pero en el tercer número se dio cuenta de que ese impulso no había sido más que una pequeña locura transitoria. Por el acto en sí y por haber olvidado que en esa casa la cobertura brillaba por su ausencia.
Julianne no pudo terminar los dieciocho hoyos. No fue por cansancio, sino porque la mente le había revuelto el cuerpo. Perdía la cuenta de los golpes con facilidad y su compañero de partida estaba ciertamente molesto con la americana. Su caddie, un jovencito de quince años, presentía que algo le ocurría a Julianne, porque ni siquiera un bogey en el hoyo 8 le había alterado la cara. El belga con sobrepeso y de tez rosada comenzaba a perder la paciencia y el juego, mandando su bola al búnker de arena. Se le veía un hombre acostumbrado a ganar, y perder con un contrincante que apenas está con la cabeza en el campo era humillante. Julianne abandonó la partida, se disculpó con el belga y le pidió a su caddie salir del campo lo más rápido posible. Ni la calma, ni el juego ni el paisaje de los greens habían podido evitar que una tristeza repentina la invadiera. Pasaron cerca del hoyo donde jugaba Teresa, que aprovechó para saludarla de cerca y precipitar el encuentro. Antes de que Julianne se negara, La Segunda se había montado en el buggy y la invitaba a Can Forgas a pasar el día y hacer migas. La Marlborough, gran aficionada al vino, se dejó llevar; necesitaba distraer la mente y recuperar el arrojo de la soberbia.
Amat se había refugiado en los muebles para olvidar el desastroso encuentro con Gala y la tentativa de dejarse llevar por los instintos. Nalda estaba preocupada por el silencio de su hijo, pero prefería no remover y dejar pasar el agua turbia. Estaba demasiado atareada con los preparativos para el Círculo; hacía un par de años que no se celebraba y la ocasión merecía toda su atención. Francisca y Tomasa discutían en la gran sala de Can Brugat sobre cómo disponer las sillas y engalanar la larga mesa rectangular para colocar los manjares que Agnès estaba preparando en compañía de Úrsula, que, más que colaborar, se dedicaba a buscar cómplices para desconvocar el Círculo.
—Vols dir que cal? Ella no és d’aquesta terra i ho saps! (—¿Quieres decir que es necesario? Ella no es de esta tierra ¡y lo sabes!)
La Hechicera se llenaba de paciencia, escuchando el veneno que salía de las palabras de Úrsula, que estaba a rebosar de envidia con Gala y compañía. Todo el pueblo estaba volcado con ellas, y ella apenas se las había cruzado. La Guapa necesitaba sentirse la protagonista del baile y, desde que la belleza la abandonó, pasó a ser la que nadie saca a bailar. Llamó a Teresa, su mayor cómplice, y al ver que no respondía a su llamada, dejó a su hijo Pau a cargo de la tienda y se fue directa a ver a Agnès con el objetivo de protestar y evitar que Gala fuera invitada al Círculo. Agnès aguantó las impertinencias de La Guapa hasta agotar su paciencia.
—Si no t’agrada, ja saps el que pots fer… no venir! (—Si no te gusta, ya sabes lo que puedes hacer… ¡no venir!)
Úrsula encajó el golpe apretando mandíbula y agarrando el bastón como si fuera a desintegrarlo. Clavó su gélida mirada azul sobre Agnès, la maldijo en silencio y, no sin esfuerzo y con toda la dignidad que le quedaba, abandonó la cocina sin despedirse. A su edad, debía medir la energía y prefirió guardársela para la noche. No perdió el tiempo con Tomasa y su cuñada Francisca; desde que murió su hermano, había perdido todo poder sobre ellas y su enemistad era de sobra conocida. Decidió refugiarse en la tienda y tejer no solo ganchillo sino la estrategia para que la energía del Círculo girara a su favor. Una extraña no podía ser bienvenida, era por todas sabido, y debía respetarse por acatamiento a sus antepasadas y madres creadoras.
Llamaron al timbre de Can Xatart. Era el pequeño Marc que, acompañado por Boston, pasaba a buscar a Adele. Los dos se habían comprometido a ayudar a Agnès a preparar el festín; la cena de mayores y la suya; su tío Amat les había prometido noche de cine y palomitas en casa. Los dos estaban excitados por volver a dormir juntos y contarse sus aventuras en familia. Desde su encuentro en Perelada, no se habían vuelto a ver y, aunque apenas habían transcurrido dos días, para un niño las horas se multiplican y cuarenta y ocho horas dan para mucho. Adele se había dado uno de los baños más lentos y elaborados de toda su vida; Gala entró para saber si su hija se encontraba bien al ver que, pasada la media hora, no daba señales de vida. La encontró canturreando y cepillándose el pelo con delicadeza y una sonrisa perenne en el espejo. Gala divisó la escena desde la rendija de la puerta entornada, y prefirió no estorbar el momento de intimidad de su hija y retroceder en sus pasos casi de puntillas. Al bajar la escalera, se detuvo para mirar las fotografías colgadas, esas que detestaba pero que, con el paso del tiempo, le habían despertado más curiosidad que rechazo. Intentó adivinar quién era quién; se fijó en los rostros de cada uno de ellos, buscando similitudes físicas; formas de la cara, orejas, manos, expresión de los ojos, gestos… Localizó a su abuela y a su padre e intuyó al resto, dibujando en su imaginario el árbol genealógico de esa familia a la que ella también pertenecía. Apenas tres generaciones de madres solteras o viudas prematuras; ella cortaba esa tendencia, aunque poco faltaba para que Frederick se cayera del árbol. Pensó en la fuerza de esas mujeres que, por directrices del destino, tuvieron que levantar ellas solas a la familia en un mundo tosco y construido para el hombre. Mujeres labriegas, de manos ásperas y corazón duro que sobrevivieron como pudieron a su destino. Respiró para encontrar esa bravura ancestral y apenas dio con un pequeño sonido gutural de pálido arrojo que la invitaba a seguir escarbando en sus ancestros para desplegarse en toda su totalidad. En La Muga se dio cuenta de que, durante todos esos años, había andado con una sola pierna, cojeando por la vida con un laberinto emocional alterado por los silencios y las sepulturas de verdad de su propia madre.
Se desplomó en el sillón orejero pidiéndole que la engullera, porque no tenía claro si ese viaje, ese destape emocional, había sido acertado. Estaba a flor de piel, cualquier cosa le humedecía los ojos, y estaba dividida con sus propios orígenes. Ser una Marlborough le provocaba rechazo al tiempo que no podía evitar reconocerse en su propio comportamiento y el de sus hijas, y ser una Xatart… ¿Qué parte había de ella? Sentía el peso de un ladrillo encima de su cabeza, abotargada de pensamientos no resueltos que se le acumulaban sin control. Se acordó del cuaderno de su abuela, del efecto calmante y placentero que le provocaba su lectura, de la necesidad de conocerse más zambulléndose en la vida de La Xatart. Extrañamente, necesitaba a su abuela cerca, aunque fuera a través de palabras escritas hacía años.
31 de marzo de 1992
Mi estación preferida es la primavera. Las flores como recargas de batería dan dosis de alegría que tan pocas veces brota de mis intestinos. No soy una mujer jovial, de sonrisa fácil. No lo he sido nunca o, si algún día lo fui, ya no lo recuerdo. La vida pasa frente a mí como el viento, la sientes pero eres incapaz de alcanzarla, de tocarla, de detenerla y, mucho menos, de controlarla. Me gusta la primavera, no solo la energía se renueva sino que todos salimos de la oscuridad del invierno. Estoy preparando un viaje; me había prometido no volver a explorar, pero necesito sentir la carretera y disfrutar de lo desconocido. A veces se me cae encima La Muga, ¿sabes? Llevo demasiados años de calma, de postración, de rendición ante la vida, y llega un momento, a una edad, que si no te bebes la vida, ella se encarga de dejarte tan seca como la árida tierra del peor desierto. No quiero sentirme más enjuta de lo que me he sentido, ¿sabes? A veces creo que a los 65 años me ha venido un pequeño resurgir, me ha brotado. Los amigos de Antoine me han invitado a pasar con ellos una semana en Ámsterdam, se organiza una feria de antigüedades. Es la excusa para vernos, para recordar lo vivido y reconfortarnos con nuestra vejez. Insistieron hasta convencerme y, a punto de partir, me han entrado ganas de escribirte. He sentido pánico de no volver de este viaje, como mi hermana Marta y Damià, que no volvieron de Jerez. Ni Román, que se fue a Boston para no volver. Los viajes nunca sabes qué depararán, y yo prefiero dejarlo todo atado por si, como ellos, no retorno. La Nalda sabe lo que hacer en mi ausencia; ella ha sido, como te he dicho, siempre mi gran cómplice, pero en el fondo lo han sido todas, respetando mi locura e incluso animándome a seguir con los muebles, el taller y este viaje. Del cuaderno y de tu existencia solo sabe Nalda, aunque le tengo dicho que, a mi falta, lo sepan todas y colaboren en la labor de acogida. Ellas son sabedoras como yo del poder del Círculo, de su poder protector, que representa para todas la unidad, lo perfecto, lo absoluto, a pesar de todas las diferencias. Ellas han sido durante toda mi vida mi anillo invisible de poder, mi cinturón mágico al que acogerme. Ese Círculo algún día te rodeará y debes adentrarte en él, sentir su energía y entregarte sin miedo. A veces es necesario seguir lo irracional sin buscar más allá. Busca tus propios círculos, mira el astro rey, el gran emperador que con su luz nos gobierna a todos recordándonos el poder de la unión, de lo humano y lo divino, del florecer de todos, de la hermandad infinita…
Gala despegó la mirada del cuaderno. Sintió un tren eléctrico recorriendo su interior lleno de energía a punto de descarrilar. Su abuela parecía tenerlo todo medido, como si desde el más allá lo estuviera contemplando todo y escribiera ese cuaderno a medida que se producían los acontecimientos. Esa misma tarde se celebraba el famoso y misterioso Círculo. Gala estaba aturdida y apenas alcanzaba a entender la necesidad de acudir, la necesidad de formar parte de esa extraña hermandad ancestral. Sabía que si hacía caso a su razón, le entraría la risa y terminaría por no acudir a la cita. Pero la curiosidad supera toda lógica y se moría de ganas por acudir al Círculo. Su imaginación empezaba a disiparse al mismo tiempo que sus pulsaciones sumadas al terror de lo que podía encontrarse. Todo aquello podía tratarse de una broma pesada, de un argumento de una película, todo menos de su propia vida. Pero sabía que era real, que ese misterioso Círculo de abuelas existía y que ella era una de las invitadas.
Enfocó de nuevo la vista en el cuaderno, prefiriendo la lectura a sus propios pensamientos.
A veces me vienes a la cabeza; cierro los ojos y trato de imaginarte cómo eres físicamente. ¿Te parecerás a Román? La sola idea de la certeza me hace sonreír; no soy fisonomista y poco me importan los parecidos, pero saber que parte de sus rasgos físicos perduran en ti me reconforta. ¡Qué loca! No me lo tengas en cuenta. A veces solo encuentro en pequeños actos o pensamientos dementes el consuelo. No me atormento, huyo de mis propias pesadillas, pero en ocasiones ganan la batalla y se sitúan en la cima de mi vida. No suelo pensar en ti a menudo, he aprendido a vivir de espaldas a las fisuras para mantener la cordura y seguir en este mundo. Me gusta vivir, ¿sabes? Los ciclos de la vida me tienen fascinada y la naturaleza me conmueve cada día más. ¿Te fijas en ella? En los árboles, en su florecer, en la gigantesca paleta de colores, en su aroma… ¡Debes!, mi niña, debes rendirte al poder de la tierra, a su verdadera esencia y jamás te sentirás sola. Cuando te sientas triste, cuando sientas que nada tiene sentido, abandona lo que estés haciendo y refúgiate en el bosque, parque o prado más cercano. Si puedes, descálzate y concéntrate en tu propio florecer, en los propios ciclos de tu vida. Tú eres un ser más de la naturaleza y debes sentirte como tal y no vivir de espaldas a ella. Es una de las maestras, de ella provenimos, aunque los científicos digan otras cosas.
Es tarde y debo partir, pero me cuesta despedirme, me cuesta decirte lo mucho que te he querido en la distancia. ¿Sabes? Una vez la Francisca me contó que las personas reciben el amor a distancia en forma de sanación, o de escudo protector frente a las adversidades de la vida. Ella es una santa y mujer de gran fe, todo lo contrario que yo, pero… Aquel día me convenció su explicación y, desde entonces, siempre que pienso en ti sonrío al imaginarme que, de algún modo, todo mi amor te llega en beneficio para tu vida.
Mi querida nieta Gala…
¡Qué bonito! Poder llamarte NIETA, no sabes la ilusión que me hubiera hecho decírtelo, mientras rodeaba tu cara entre mis manos y te bendecía con los ojos humedecidos por la emoción más profunda.
Mi querida nieta Gala… Sé feliz, mi niña, que, al fin y al cabo, a todos se nos dio el mismo poder de sonreír. ¿No te parece?
Gala cerró el cuaderno para que no se estropeara mientras brotaban sus lágrimas sin necesidad de control. Le apetecía darse el gusto de dejarlas salir para que se expresaran sin penuria, para sentir el placer del llanto torrencial; ese que nace de un nudo que decide dejar de ser. Gala lloraba por todo lo que su abuela le hacía sentir, por la extraña sensación de añorarla sin siquiera haberla abrazado una sola vez. Con el cuaderno aprisionado entre sus pechos, le dio las gracias por haberlo escrito, por haber tenido esos pensamientos dementes que hicieron posible que esas palabras sanadoras llegaran a ella. Estaba feliz y no deseaba que se acabara nunca su lectura, su compañía, su consuelo.
El reloj de pared marcó las cinco de la tarde. Kate estaba con Joana, y Adele con su amigo Marc. Su madre no había dado señales de vida, seguramente para mostrar una vez más su orgullo, su oposición a ese viaje y a La Muga. Gozaba de tiempo todavía para escaparse y mezclarse con la naturaleza. Salió precipitada por la puerta, con el abrigo a medio poner, dispuesta a disfrutar de los últimos rayos de sol del día, con ganas de sentir el ciclo de la vida y formar parte de él. Nada era tan importante ni urgente como dejarse llevar por ese instante de plenitud y lo hizo casi brincando por las calles de La Muga. Se cruzó con Úrsula y su bastón, que apenas la saludó con él y sin sonrisa. Su hijo Pau, en cambio, le dedicó una amplia, mientras apuraba su cigarrillo en el rellano de la tienda, esperando a que su madre llegara de su particular excursión para recaudar votos en contra de Gala. No había tenido suerte tampoco con Cecilia, para ella La Ciega había perdido toda la cordura cuando su marido la abandonó y se dejó llevar por las pasiones bajas de la carne joven sin tener en cuenta su edad, ni su posición, ni La Muga. Úrsula no era demasiado querida, pero todas la respetaban porque sin pactos no hay equilibrio y, sin él, la armonía del buen Círculo se rompe. Pau alguna vez había tenido pensamientos oscuros hacia su madre, se había sentido mal por desearle la muerte, pero le costaba entender su pozo de amargura y su predisposición al daño ajeno. Pau se sentía tentado de abandonar La Muga y ser libre de amores y lechos, pero era cobarde y adoraba esa tierra de vientos, rumores y susurros.
Gala encontró un camino nuevo y se dejó llevar con la confianza de que lo desconocido, lejos de ser peligroso, es un caudal de nuevas posibilidades. Respiró profundamente para sentir los aromas que desprendía la tierra al atardecer. La soledad en la naturaleza se siente distinta; Gala percibía sus propios latidos al tiempo que sus pies arrastrando arenilla. Solo un ruido más, ni acompañante en el camino a vista de pájaro. Respiró de nuevo profundamente para que los miedos incómodos se quedaran atrás y poder disfrutar del paseo como una pieza más del perfecto engranaje. Recordó a su abuela y, como un acto reflejo, su cuerpo se detuvo para fundirse con el paisaje. Una sonrisa infinita se dibujó en su rostro a la velocidad de un tobogán: suave, gustosa y ligera. Desde la planta de sus pies, parecían desprenderse raíces que afianzaban su cuerpo a aquella tierra de magnetismo especial. Desplegó los brazos, encorvó la espalda para atrás y se rindió a esa gran madre veladora. No había nada más importante que sentirse en ese lugar tan viva y presente que sus entrañas se estremecían y se le erizaba el vello. Era el deseo que, en forma de espiral, recorría su cuerpo llenándolo de savia nueva y desconocida. Cuando estaba bordeando el éxtasis, un intenso y húmedo contacto de algo con su mano derecha la sacó de un brinco de su estado embelesado para, en forma de alarido, llamar a todos los miedos.
El pequeño Boston había conseguido asustar a Gala con el séquito de lametazos y aspavientos de la alegría de encontrársela en medio del camino. Adele y Marc iban un poco más retrasados, pero sintieron el mismo júbilo al reconocer a Gala y, de una carrera, llegaron en un plis a su vera.
—Adele, ya sabes lo que te dijo el médico. Nada de esfuerzos.
Adele, como Boston, estaba con la lengua fuera, recuperándose de la carrera. Era cierto que se sentía todavía débil y que algunas veces aparecían los síntomas del desvanecimiento. Gala no quería preocuparse, porque su hija siempre había gozado de buena salud, pero esos desmayos, hasta el momento había tenido dos, no la tenían tranquila.
—¿Ibas al cementerio del pueblo?
¿Cementerio? Gala no tenía ni idea de que La Muga contaba con cementerio propio, ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Marc esperaba con ojos de luna llena, porque deseaba ser el guía de la expedición. Conocía todas las tumbas y las historias de cada familia; su abuela Nalda le había enseñado a apreciar tanto a los vivos como a los muertos.
—La seva història és la teva història, saps? (—Su historia es tu historia, ¿sabes?)
La primera vez que se lo dijo no entendió más allá de las palabras, pero a fuerza de repetirlo y de que su abuela le contara las vidas y vicisitudes de sus antepasados y de los del pueblo, comprendió algo más aunque…
—Encara ets jove, Marc, però no oblidis mai ni qui ets ni d’on véns. (—Todavía eres joven, Marc, pero no olvides nunca ni quién eres ni de dónde vienes.)
La sonrisa amplia de Marc dejaba claro que estaba no solo orgulloso sino satisfecho de quién era. Era envidiable ver la seguridad y el orgullo de sentirse a gusto consigo mismo, con su familia y con sus ancestros. Gala no estaba en lo mismo, muy al contrario, los había rechazado o ignorado. Ella se había dedicado a sobrevivir por encima de lo escrito y lo obligado. Miró a Adele, estaba a tiempo de recibir con agrado a sus antepasados, pero ¿qué ejemplo, qué clase de espejo estaba resultando para su hija? Si Nalda le enseñaba a amar a Marc, ella le estaba enseñando el camino para ser una despegada de los suyos.
—¿Nos llevas al cementerio?
Marc aseveró encantado con la propuesta como un perro con su hueso. Su abuela le había enseñado a entrar, incluso cuando estaba cerrado y el enterrador del pueblo, Julià, estaba comiendo o se había echado la siesta. Con los años, se había vuelto más calvo, grueso y vago, así que las horas de visita al cementerio se habían reducido considerablemente. Esa era la impresión que daba pero hasta él escondía un secreto. Apenas nadie se había quejado, porque todos conocían el truco para entrar, aunque estuviera cerrado con cadena y candado.
Los tres aceleraron la marcha, cada uno por motivos distintos, pero compartiendo la emoción de llegar a destino. Adele no había pisado nunca un cementerio y, aunque le daba algo de impresión, le apetecía la aventura al lado de Marc y de su madre. Los muertos le daban algo de miedo y las tumbas, respeto. No había visto ninguna de cerca, pero sí había soñado alguna vez con que se abría una y un zombi la metía dentro. Caminaba deprisa pero callada, venciendo sus propios miedos y sujetando a cada paso con más fuerza la mano de Marc. El pequeño la miraba con satisfacción de sentirse el protector y guía de las dos mujeres. Él no tenía miedo ni a los muertos, ni a las tumbas ni a los cementerios, pero podía entender cómo estaba Adele. La primera vez que su abuela le llevó, casi se orina encima, imaginando una ráfaga de viento como la caricia de un muerto en su espalda. El primer día fue de susto, pero sus sucesivas visitas consiguieron ahuyentar sus miedos y agrandar la curiosidad por saber de las vidas de los muertos, o sus fatales destinos.
—¿Hay muchas tumbas de niños?
Marc miró a Adele divertido; pensó asustarla, pero le llenaba de ternura su carita de pedir consuelo.
—Sí, algunas… algunos están enterrados con sus madres, que también murieron al dar a luz.
Gala se había quedado muda en el camino. No le gustaban los cementerios, siempre que podía intentaba evitarlos. Apenas recordaba el entierro de su padre y, desde entonces, no había vuelto a pisar ni ese cementerio ni su tumba. No es de llorar a los muertos, ni de hablar con ellos delante de su lápida. Les tiene respeto, pero cree que una vez que te mueres no te quedas en una tumba para que tus seres queridos te hablen. Ella no quiere ser enterrada, es escrupulosa y le da grima el solo hecho de imaginarse cómo su cuerpo se pudre bajo tierra. En eso se parece a Frederick, partidario de la incineración; él y ella la tienen pagada y acordada por lo que pudiera suceder. La muerte avisa pocas veces y, cuando lo hace, te pilla siempre a contrapié.
Comenzaron a ver las rejas que acordonaban el lugar santo, lleno de cruces, estatuas blancas, nichos antiguos y recientes que señalaban el poderío y la desgracia de las familias. Se acercaron y rodearon el lugar hasta encontrar la puerta principal, cerrada con una cadena y un par de candados gigantes. Adele miró la altura de las vallas de hierro y descartó la idea de que pudieran acceder al lugar de un salto. Gala se cruzó de brazos, deseando que Marc no encontrara la manera de entrar al camposanto. Dio un par de pasos hacia atrás en señal de respeto y estuvo tentada de dar media vuelta y salir corriendo. Su hija la buscaba con la mirada, queriendo encontrar refugio y ánimo en su madre. Gala encontró valor, contuvo el miedo y simuló sosiego, a pesar de sentir los bruscos golpes de sus propias palpitaciones.
Marc miraba al suelo, como escudriñando algo perdido. Adele y Gala le observaban sin preguntar ni casi respirar, pues en aquel lugar incluso el viento se contenía en señal de respeto. Finalmente se puso de cuclillas delante de una enorme piedra y trató de moverla sin éxito. Pidió ayuda para levantarla; Gala le echó una mano bajo la atenta mirada de su hija, que comenzaba a sentir la adrenalina de la aventura por entre los muertos. Debajo del pedrusco había, un par de llaves, unidas con un cordel de color azul. Marc las alzó con la satisfacción de haber encontrado el tesoro y fue directo a abrir los dos candados y dar la bienvenida a las forasteras al cementerio de La Muga.
Abrió lo más que pudo los portones de hierro de grandes barrotes con la precipitación y torpeza de la emoción del momento, pues jamás hasta entonces había enseñado a nadie él solito el cementerio. Gala y Adele permanecían unos pasos atrás, petrificadas frente a la puerta, sin atreverse a entrar, ladeando únicamente los ojos sin perder de vista a Marc. El cementerio parecía demasiado grande para un pueblo tan pequeño. Muchos muertos para tan pocos vivos, y eso ponía de relieve el pasado glorioso como epicentro de cultura y viajeros que tantas veces había mencionado Nalda con orgullo. Marc comprendió por el momento de pánico indeciso que estaban pasando Gala y Adele, y decidió tomar la iniciativa sin insistencia, adentrarse y dejar que el bicho de la curiosidad terminara por vencer al estupor.
Adele tomó con suavidad y al tacto la mano de su madre que, como ella, seguía en un estado de semibloqueo, donde la saliva se cae por la comisura sin que te des cuenta. Fue la pequeña la que dio el primer paso, tirando del brazo de Gala, que se resistía a avanzar. Los muertos no son los que dan miedo, sino todo lo que representan. Cruzaron el portón encogidas por el respeto al lugar y la desconfianza de no saber si era correcto pisar el hogar de los muertos sin pedir permiso.
Caminaron entre gigantescos pedruscos y cemento, rodeadas de arbustos y cipreses que dibujaban el camino a seguir entre lápidas, nichos y cruces clavadas de mármol con iniciales inscritas. Adele no despegaba su mano de la de su madre y caminaba buscando el roce con su piel para sentirse protegida ante cualquier imprevisto. Gala permanecía atenta, conteniendo la respiración y buscando, sin desear preguntar, la tumba de su abuela. Debía de estar allí enterrada, pero el lugar era mucho más grande de lo que esperaba. Marc se detuvo de un salto frente a lo que parecía una pequeña gruta de piedra con tres puntas en cruz y una puerta central sellada.
—Este es el panteón de los Brugat, uno de los más antiguos del pueblo y, según mi abuela, donde hay más muertos enterrados.
Los Brugat eran de las sagas de La Muga que habían mantenido presencia y poder en el pueblo desde el siglo XVII. Su panteón era uno de los más visitados, incluso el único que sufrió un intento de saqueo. Una de las leyendas que planeaban sobre él es que todos los Brugat son enterrados con veinticinco monedas de la época. Hacía unos años, buscando el tesoro escondido, profanaron algunas tumbas, de las antiguas, abriéndolas y revolviendo el interior. El pueblo entero sigue dividido en si se llevaron o no las veinticinco monedas de oro; ni pillaron a los malhechores ni los Brugat se pronunciaron jamás.
—Mi padre dice que todo lo organizó el primo bastardo de la Tomasa, por envidia y necesidad de dinero.
Marc seguía contando las vidas de algunos nombres, caminando y esquivando sepulturas, como la de Gustava Arreneu y Jaumet Llaudó. Una historia parecida a la de Romeo y Julieta pero entre una monja y uno del pueblo. Dicen que Gustava se volvió loca cuando a su Jaumet lo hicieron casar y abandonar La Muga. Los dos amantes decidieron terminar su fatal destino con una muerte temprana que sellara su amor eterno. Los acantilados del cabo de Creus acogieron para siempre a Gustava y Jaumet.
—¿Y quién los enterró juntos?
Gala atendía con interés a las explicaciones de Marc, que parecía disfrutar con la visita guiada.
—El padre de Jaumet, siguiendo los deseos que su hijo le había dejado escritos en una carta de despedida.
Los tres se quedaron mirando las lápidas de Gustava y Jaumet, impactados por la trágica historia de amores sesgados o imposibles que, como el de ellos, ha habido en el mundo. A Adele le sobrevino la tristeza sin apenas entender; quizá demasiados muertos, excesivas tragedias encerradas en tan escaso trozo de tierra.
Siguieron bordeando los nichos, las esculturas de Vírgenes de mármol que adornaban el paseo y algunas tumbas. Pisaron el césped de la llanura de los desconocidos; los muertos en la guerra y los héroes del pueblo. Esa zona siempre estaba repleta de flores y césped bien cortado. La Muga respetaba a sus muertos, pero mucho más a los desconocidos, por miedo a que sus almas, al no obtener el descanso deseado, llenaran el pueblo de mala fortuna.
Adele comenzaba a sentirse mal, no le parecía divertido estar entre muertos y la aventura le causaba ya cierto escrúpulo. Hacía muy poco que se había planteado lo de la muerte, y todavía no lo tenía demasiado bien colocado como para estar caminando entre ella. Sin dar explicaciones se paró en seco y, junto con Boston, inició la retirada con premura. Faltaban pocos minutos para que se quedaran sin luz, y no quería morirse de miedo con los ruidos de la noche y la oscuridad. Marc y Gala comprendieron que la visita había sido más que suficiente para la pequeña, que, desde que habían entrado, había borrado la sonrisa de su dulce rostro. Los dos decidieron dar por zanjado el recorrido al camposanto, no sin que antes Marc le indicara con el dedo la tumba de Amelia Xatart.
—Al final del camino, la última con la pequeña cruz es donde comienzan las tumbas de los Xatart.
A Gala se le paró el corazón mientras Marc le describía con precisión todas ellas hasta localizar la de su abuela. Se lo sabía de memoria, porque su abuela siempre le enseñaba las tumbas de familias amigas y le señalaba dónde sería enterrada ella; al lado de los Xatart. Después de dejar sin aliento a Gala, se giró bruscamente a socorrer a su amiga, que estaba deseosa de abandonar aquel lugar. Gala sintió el deseo de acercarse hasta allí, sintió la necesidad de ver de cerca la tumba de su abuela y hacer lo que nunca había hecho: hablar con una muerta. Aunque coraje no le faltó, decidió volver otro día; apenas había luz, y su hija pequeña reclamaba su atención. Mejor estar sola y gozar de tiempo suficiente para estar con ella y, quién sabe, seguramente despedirse antes de su marcha a Nueva York.
Los muertos, muertos son, pero no siempre descansan tranquilos o, al menos, eso era lo que pensaba Julianne de su difunto marido Román. Cada hora que pasaba en esa tierra, se convencía más de que su espíritu no andaba lejos y, por más actividades que hiciera, no conseguía alejarse de esa delirante sensación.
—¿A ti te gusta esta tierra?
Teresa se quedó algo estupefacta con la pregunta. Las dos llevaban todo el día juntas y con vinos de más. Habían intimado poco, y hablado de frivolidades con amigas gran parte del día. Julianne se lo preguntó sin mirarla, sentada en uno de los porches de la casa grande de los Forgas, mirando las viñas y apurando los últimos rayos de luz que cubrían de tules rojizos el cielo en plena lucha entre el día y la noche. Teresa la miró y decidió tomarse su tiempo para dar la respuesta. Conocía muy bien la historia de Amelia Xatart y, sobre todo, la de Román, y sabía que esa respuesta era el principio de una conversación demasiado comprometida. Ella no era la encargada de hablar con Julianne y, mucho menos, de hurgar en una llaga tan profunda y dolorosa. Seguro que Úrsula habría disfrutado del instante, pero Teresa prefería hablar de Tiffany’s y las subastas en Christie’s que de un pasado mal resuelto.
—He aprendido a quererla y a respetarla, ¿sabes?
Respondió sin volverse a ella, en voz baja y sin apenas pestañear. Desde que apareció en La Muga, la consideraban «la segunda» y, aunque al principio el mote le molestó, ahora estaba orgullosa de serlo. De pertenecer a las que esa tierra les agracia con una segunda oportunidad para ser lo deseado. No le gustaba hablar de su pasado, apenas conocían quién era antes de casarse con el Forgas, y así prefería que fuera. Le gustaban los lujos, la vida entre sedas y cremas caras, pero lejos de ser una frívola, disfrutaba de lo que tanto había deseado: un príncipe azul, cargado de dinero, que viviera en un castillo y fuera a rescatarla de su mísera existencia. Lo hizo su Alfonso, ganándose las enemistades de medio pueblo por abandonar a su primera esposa y madre de sus tres hijos. No le importó, no les importó…
Julianne seguía sentada, esperando a que Teresa rompiera el silencio y prosiguiera con las explicaciones sobre las maravillas de esa tierra que ella se empecinaba en rechazar. Sabía que era de fuera, porque no recordaba que Román se la hubiera presentado; sus recuerdos eran inexactos, pero Teresa no estaba cortada por el patrón de ese lugar, aunque la intuía como las otras, incapaz de soltar cualquier exabrupto sobre el lugar que la consolara. Había bebido demasiado y, antes de perder la compostura y confesar que el fantasma de Román la acosaba, prefirió retirarse a tiempo. Había sido un día largo, de ocio infértil para llenar las horas y olvidar el silencio de sus nietas y su hija. Se había negado a llamarla, a dar señales de vida, a rogarle que se fueran de allí si no quería perder a una madre.
Teresa llamó a su chófer para que acompañara a Julianne al hotel a descansar. Se había librado de la conversación y aprovechó presurosa el instante de debilidad para recoger el guante y echar a su invitada con suavidad pero determinación. Julianne supo leer la premura de su compañera de fiestas; sabía que se había hecho tarde; en unas horas había reunión de mujeres, ella no había sido invitada pero sí su hija. Román le habló en un par de ocasiones de esos círculos de mujeres, pero siempre le parecieron una estupidez.
Curioso que aquella estupidez fuera la responsable de que aquella noche no pudiera pegar ojo.
Después de esperar todo el día. De los nervios acumulados, de centenares de miradas furtivas al reloj. Por fin marcaba las nueve en punto de la noche. Había llegado la hora de conocer el famoso Círculo, de salir de dudas y abandonarse a su poder. Gala cerró la verja de Can Xatart y se dispuso a caminar en silencio hasta la casa grande de los Brugat. Solo el redoblar de las campanas le dio la bienvenida a la noche encendida por la gran esfera que, con su fuerza de luz, eclipsaba la oscuridad y demostraba poderío. Gala se deleitó con ese espectáculo de la naturaleza, pues era la primera vez en muchos años que le dedicaba más de un minuto de su tiempo a contemplarla: la luna llena. Irradiaba una especie de terror parecido al de los relatos de Edgar Allan Poe de asesinatos en noches de luna llena, que tantas veces había tenido que leer por ser de Boston, autor universal y un orgullo nacional.
Avanzaba con premura, parecía que aquella noche habían decidido ahorrar electricidad apagando las pocas farolas del pueblo para abandonarse a los rayos de luna. Los perros ladraban en cadena y por contagio, emitiendo alaridos poco amistosos, suplicando salir a la calle y correr en busca de presas fáciles y jugosas. La imaginación de Gala crecía a cada paso, sintiendo compañías invisibles, animales y seres de la noche que la acechaban por capricho o deseos oscuros. De repente, una sombra a lo lejos que se acercaba a ella en dirección opuesta, una silueta suficientemente erecta como para no ser la de una abuela. Podía ser cualquiera, un campesino, un vecino, un forastero curioso disfrutando del paseo. Gala se sintió descubierta, interrumpida por aquella negrura que ganaba en tamaño a cada segundo. Disfrutaba de su paseo, de su propio relato de misterio, y aquella presencia había trabado algo su magia. «¿Amat?». Estaba segura de que era él, pero no pudo comprobarlo con certeza. La silueta detuvo la marcha bruscamente a menos de cien metros de ella; Gala hizo lo mismo, aguzando la vista para asegurarse de haberlo reconocido en la lejanía y en penumbra. Él, lo mismo que ella, la había reconocido también por la silueta. No se habían vuelto a cruzar desde la cena, no se habían llamado y, por la reacción de él tomando una nueva dirección, no deseaba cambiar las cosas. Gala contempló impotente cómo se alejaba de ella y estuvo tentada de llamarlo, presa de la rabia por el desprecio de ser ignorada. «Coward!» («¡Cobarde!».). Apretó los puños y prosiguió la marcha, intentando olvidar el encuentro y recuperar pulsaciones.
Con la cabeza todavía en Amat y llena de improperios, llegó a la gran casa. La verja estaba abierta, las luces del jardín encendidas, las palmeras coronaban el lugar, el suelo empedrado dibujaba el camino que había que seguir hasta la casa principal. Llamó al timbre un par de veces y, evitando un exceso de impulsividad, esperó a que alguien la recibiera. Joana se precipitó escaleras abajo para dar la bienvenida a la invitada de honor; su abuela estaba en la gran sala con las demás, y ella era la encargada de recibirla y llevarla con ellas. Después de su misión, podría ir a casa de Nalda para disfrutar del cine de palomitas con Kate and company. Ella había elegido cine clásico Breakfast at Tiffany’s, una de sus películas preferidas. Era capaz de recitar los diálogos de memoria y estaba dispuesta a demostrarlo.
—Buenas noches… «Siempre había oído que en Nueva York no conocen a sus vecinos».
Gala se quedó sorprendida, sin saber qué responder a la bienvenida de Joana, que había soltado su primera frase de película sin éxito de réplica. Gala no estaba por la labor de reconocer el diálogo de un filme, tenía ocupados todos sus sentidos en observar aquel castillo de piedra tan impresionante por fuera como por dentro. Siguió a Joana como si de un laberinto se tratara, sin perder de vista cualquier detalle; le habría gustado detenerse para contemplarlo todo como se merecía, pero parecía que la joven tenía prisa y poca intención de enseñarle más allá. Atravesaron un par de salas descomunales con gigantescas chimeneas, una biblioteca de estanterías de madera de nogal que cubrían todas las paredes, cruzaron varios distribuidores y subieron dos veces escaleras hasta llegar a una puerta, cerrada e iluminada por una pequeña luz de candil.
—Que disfrutes del Círculo, apenas me queda un año para… ¡disfrutarlo yo!
Joana desapareció escaleras abajo con la estela de su sonrisa tatuada todavía en el ambiente. Gala se quedó un par de segundos frente al portón de madera, se miró los pies y no pudo sino horrorizarse con sus pintas. Le habían pedido ir toda de blanco, y en su maleta apenas tenía un largo camisón blanco y unas deportivas medio desgastadas por el uso. Se quitó el abrigo antes de llamar, se colocó bien el camisón y el jersey de cuello de cisne blanco. Se alegró de que fuera una reunión privada en una casa y no en un restaurante, porque suficiente bochorno sentía de su aspecto nada glamuroso.
Miró al frente, respiró profundamente y… «¿abro o llamo a la puerta?». Se dio cuenta en el último segundo de que Joana no le había dado instrucciones al respecto y dudó cuál de las dos opciones era la más apropiada. Enseguida supo que lo mejor era llamar y ser acogida que invadir un espacio desconocido. Insistió varias veces y esperó a ser recibida sin éxito. Después de varios minutos en ese limbo, se decidió por la segunda opción y abrió la puerta tímida, pero resuelta a disfrutar de lo que aquella reunión de mujeres le pudiera ofrecer.
Era una gran sala con vigas en el techo y una chimenea de hierro en el mismo centro con un larguísimo tubo que salía en vertical por el tejado. Alrededor de ella, sillas conformando el Círculo sagrado para la reunión de la noche. Las vio a todas en el primer golpe de vista, pero apenas reconoció a ninguna. Parecían distintas, y era la primera vez que las tenía juntas en un mismo espacio. En Nochebuena, estaban todas mezcladas con el resto de vecinos y apenas se saludaron unas a otras. Se acercó a las sillas apocadamente, buscando la complicidad de alguna.
La primera a la que reconoció fue a Úrsula y su bastón. Iba con una túnica blanca hasta los pies, un mantón también blanco sobre los hombros y el pelo recogido en un moño bajo trenzado. La miró por debajo de sus gafas y la saludó en silencio, levantando el bastón. Nalda salió de la nada detrás de La Guapa y le dio la bienvenida con un gran abrazo. Llevaba un gorro blanco en la cabeza, una camisa de lino blanca y una falda de pliegues. Ese era su uniforme para los Círculos, siempre el mismo desde que era joven. El resto había hecho lo mismo, escoger las prendas y mantener el estilo con el paso de los años. Tomasa también se acercó a saludarla con una agradable sonrisa; Agnès y Francisca levantaron la mano desde la esquina de la sala, donde estaban la comida, las hierbas y los brebajes para la noche. Todo parecía muy familiar, nada extraordinario, era como una reunión de unas amigas dispuestas a charlar mientras cenan y beben con cierta sofisticación y… ¡mucho misterio!
Teresa se acercó a ella y le ofreció una copa de vino que aceptó con gusto. Aunque todas estaban siendo muy cercanas, aunque en apariencia todo fuera muy cotidiano, había algo en el ambiente que le impedía tragar saliva. Necesitaba un poco más de tiempo para observarlo todo; alrededor de la chimenea, de llama viva y fuego intenso, reposaban en forma de altar distintos objetos sobre unas bandejas de plata: piedras preciosas, hojas, varios ramos de muérdago, una talla de mujer de madera, un cazo con agua, un ramo de lirios y margaritas blancas, y una maceta con tierra llena de monedas.
Cecilia fue la última en acercarse a Gala, e iba acompañada de una mujer a la que jamás había visto.
—Te presento a Catalina. Ella vive desde hace muchos años en Barcelona.
—Encantada.
Aquella mujer tenía una elegancia sobrenatural, un porte que la hacía flotar al andar y que cualquier sutil movimiento de su cuerpo fuera digno de ser contemplado. Parecía tener unos sesenta y cinco años, aunque podía haber cumplido ya los ochenta o sobrepasarlos. Estaba de buen ver y, por la piel menos agrietada que el resto, se notaba que, como Teresa, se sometía a sus tratamientos antiaging para mantener resplandeciente su cutis. Catalina era anticuaria y le contó a Gala que fue la primera clienta de VellAntic. Cecilia, mucho menos pudorosa en dar detalles, le confesó más tarde al oído que, sin Catalina Rogans, Amelia no habría podido levantar VellAntic. Ella y su marido eran unos reputados anticuarios de Barcelona y, gracias a su mecenazgo, Amelia pudo expandirse y hacer clientes sólidos en la gran ciudad.
—Ya no viene por La Muga, ¿sabes? Demasiados años pasados, demasiadas cosas enterradas…
Gala miró a Cecilia sin comprender ese halo de misterio con la presencia de Catalina como si su salida de La Muga no hubiese sido casual, sino obligada por las circunstancias. Intentó averiguar más sobre el tema, pero La Ciega selló su boca y cambió de tema al ver que Nalda se acercaba a ellas. La Roja, que no era tonta, cazó al vuelo la conversación y se percató de lo dicho por la cara de estupefacción de Gala, que no dejaba de mirar hipnóticamente a Catalina.
—Quería mucho a tu abuela; de pequeñas fueron uña y carne, pero a veces cometemos errores que pagamos toda la vida.
—Nunca me habías hablado de ella, ni el cuaderno…
Amelia Xatart nunca supo que su principal cliente y benefactor en Barcelona era una antigua amiga. Catalina no quiso que lo supiera, nunca quiso volver a verla ni a hablar con ella. Pero desde la distancia estuvo a su lado con la desgracia y la ayudó a salir del lodo. Nalda tardó muchos años en descubrir que Catalina estaba detrás de todo, y prometió no confesarle nunca a Amelia su identidad.
—Tu abuela tenía muchas virtudes, pero era muy orgullosa y jamás lo habría consentido.
¿Qué podía haber ocurrido para que dos amigas se separaran para toda la vida? Gala sentía la necesidad de conocer esa historia, pero Nalda se resistía con los detalles; Catalina la miraba de soslayo y comentaba con Cecilia el increíble parecido de Gala con Amelia. Eran como dos gotas de agua, en la mirada, en la forma de la cara, incluso en los gestos desde la lejanía. Catalina aún lloraba la muerte de su amiga y el no haberse atrevido a volver a hablar con ella. Fue la persona a la que más amó en esta vida ante la pureza de no reconocer lo pecaminoso que había en ello. Eran dos adolescentes, dos niñas que se habían criado juntas y compartido la inocencia del despertar sexual. Ninguna habló de sentimientos, ninguna supo ponerle nombre a lo suyo, pero la guerra lo truncó todo y sobrevino la desgracia. Fue la primera en enterarse del embarazo de Amelia, lo supo porque se coló sin ser vista en Can Xatart para ver a su amiga, descubriendo el pastel con estupefacción. No supo digerir la noticia, no pudo controlar la desdicha que nacía de su interior. En su congoja, buscó refugio en los brazos equivocados, seguramente buscando el exilio forzado. Acostarse con el cura del pueblo era una deshonra y un riesgo que pocos se podían permitir. El padre de Catalina la envió con su hermano a Barcelona para evitar el escándalo. Amelia no se enteró hasta semanas después de parir; preguntó por su amiga, lloró por su ausencia; intentó localizarla en Barcelona, pero parecía que se la había tragado la tierra. Catalina se prometió no volver a verla, pero no pudo evitar ocuparse de ella desde la distancia; como Antoine, ella la quiso para ella, pero nunca fue un amor compartido. Catalina no fue vista más en La Muga; todos supieron que se había acostado con el cura. Amelia sintió la traición en sus entrañas en forma de un dolor agudo y decidió olvidarse de ella, renunció a buscarla… Necesitaba pasar página y dejarla en el pasado. Jamás supo poner en palabras lo que sintió por Catalina, lo que hubiera sentido si sus propios prejuicios y miedos se lo hubieran permitido. ¿Acaso puede existir el deseo carnal entre dos mujeres? Con los años y la experiencia, se dio cuenta de que era posible y siempre se acordó de Catalina en silencio. ¿Se puede solo haber deseado a una mujer? Amelia jamás sintió nada por otra mujer, pero el recuerdo de Catalina le acompañó toda la vida con deseos intermitentes de volver a buscarla y confesarle la importancia de su compañía. A veces llegamos tarde al amor, pues apresados por los miedos decidimos escondernos de él y sobrevivimos arrastrando de por vida el recuerdo de un amor sesgado por la cobardía. Catalina amó a otras mujeres, pero decidió casarse y dejar las trincheras para otras. Necesitaba estabilidad, porque no contaba con el coraje suficiente para soportar el peso de las miradas juiciosas o vivir en la periferia social por querer lo prohibido o no permitido. Salvador Rogans, un reputado anticuario, se enamoró de ella desde la primera vez que la vio aparecer por la tienda pidiendo trabajo. Se conformó con un amor a medias; la aceptó con la tristeza de los vencidos y se prometió hacer de ella la mujer más feliz de la tierra. Tuvieron un hijo: Martín, y con esfuerzo y mucha generosidad consiguieron sobrevivir al pasado y disfrutar de sus más de cuarenta años de presente juntos.
—El amor es nuestro gran maestro, ¿sabes? No renuncies nunca a él, aunque te mueras de miedo.
Catalina renunció al amor verdadero por miedo, por esa cobardía de asumir ser señalada y juzgada y vivir una vida silenciada. Hubiera deseado volver a ser joven para vivir en el mundo que con tanto esfuerzo ha ido abriéndose a otras formas de amar.
Nalda no le contó a Gala la historia de Catalina y Amelia; apenas le explicó con coherencia la ausencia de ella durante tantos años. No le importó que a Gala se le amontonaran las preguntas; tendría que vivir con ello o preguntarle a Catalina.
Después de más de cincuenta años, apareció cuando murió Amelia, se reconcilió con La Muga y con todas ellas, y lloró a su amiga dos días y dos noches. Nalda trató de consolarla, pero poco o nada había que hacer. No llegó para despedirse, ni siquiera para su último aliento, pero sí para abrazarla con el cuerpo todavía caliente.
Agnès y Francisca contemplaban desde uno de los ventanales la luna llena; la primera después del solsticio de invierno. Era una noche especial, al fin reunidas en número mágico: nueve. El número sabio, el considerado número de Dios, asociado al amor universal y a la evolución humana. Francisca tomó la mano de Agnès y agarró el cigarrillo de Artemisa compartido para darle dos caladas con la satisfacción y el gozo de saber que les esperaba una noche blanca de purificación y renovación. La Hechicera miró a su amiga y sonrió; eran muchos los años que habían esperado para completar el Círculo y, al fin, estaban reunidas. Amelia seguía presente, no cabía duda de que su nieta era la digna heredera, pero necesitaba consciencia y dirección de camino para reconectarse con su propio poder, con ese poder ancestral que toda mujer lleva dentro.
En la armonía de una coreografía ensayada, las mujeres se fueron sentando en círculo y dejando sus conversaciones para dar presencia al silencio y mostrar respeto a la luna, a la noche y a la vida sagrada. Nalda era la primera vez que tomaba las riendas de la ceremonia; desde siempre la había presidido La Xatart y dudaba de cómo proseguir. Hacía un par de años que no se celebraba, todas decidieron no convocarlo hasta que Amelia recuperara la salud, algo que nunca sucedió. Las ancianas contemplaron el fuego y extendieron sus manos para enlazarlas con la de al lado hasta sellar el círculo en la simetría sagrada de igual distancia de todas con el fuego, de estar presentes sin jerarquías, sintiendo cada latido por igual para recibir en la misma proporción la sanación de heridas viejas y resentimientos anquilosados. Gala se daba la mano con Tomasa y Úrsula. No eran las que ella habría elegido, y quizá por ello allí estaba sentada entre ellas, sintiendo el calor de sus manos y la compasión en sus miradas. Le sorprendió la mirada clara de Úrsula, parecía otra, sin inquina ni animosidad. A La Guapa le costó aceptar su lugar aquella noche, pero conocía el poder sagrado del Círculo y se rindió a él en silencio.
Las nueve mujeres habían creado un hermoso y poderoso mandala de luz y energía femenina. Respiraron juntas, observando su unión en silencio, sintiendo su propio centro, dispuestas a someterse a la transformación que pudiera llegarles. Gala las observaba con respeto, intentando que sus propios pensamientos no sabotearan la magia del momento. Era difícil no emitir juicios sobre aquella reunión; lo fácil era dejarse guiar por los prejuicios: ocho abuelas y ella, vestidas de blanco, cogidas de las manos a la luz del fuego, las velas y la luna llena. ¿No era de locos? Nalda la miró comprendiendo su lucha y valorando su esfuerzo por estar presente a pesar del autosabotaje. Con dulzura la invitó a cerrar los ojos y sentir su interior. Todas hicieron lo mismo, pidiendo que su sabia consejera interior despertara. La Santa comenzó a cantar, a emitir una melodía sanadora que sin palabras equilibraba el ambiente y daba la bienvenida a todas. Su voz era un milagro para el oído, un refugio para cesar la lucha y dejarse llevar por la luz de su aterciopelado timbre. Gala se estremeció al escuchar la melodía, la voz angelical que vibraba en sus pechos, demandando paz y sosiego para cada una de sus almas. No supo calcular el tiempo que esa voz divina germinó en solitario ni cuándo el grupo se unió para vibrar en comunión sagrada. Incluso de ella floreció un sonido gutural que aportó al Círculo, al principio muy tenue y poco a poco ocupando su lugar en la vibración libre de miedos. Fue un instante o toda una eternidad en la que sus voces y sus manos construyeron una bola de energía invisible, una esfera poderosa, una bola de luz radiante suspendida de un hilo dorado directamente conectado con la luna llena y su poderosa fertilidad.
Nalda fue la primera en abrir los ojos. Como si de una rueda perfecta se tratara, las demás no tardaron en hacer lo mismo sin ser avisadas. Como el engranaje perfecto de una cadena, La Santa fue la última en abrirlos y cesar el canto ante la atenta mirada de Gala. Le habría sorprendido que esa divina voz brotara de Úrsula o Teresa, pero no de Francisca. Se sintió mal por sus propios pensamientos, pero no pudo evitar sonreír por haberlos tenido. La Guapa ladeó la cabeza levemente para mirarla, parecía haber leído sus pensamientos y, sin apenas pestañear, apretó con fuerza su mano con la de Gala en forma de reprimenda, antes de soltarse de ella. El resto hizo lo mismo y guardó silencio. Catalina estaba igual de perdida que Gala; miró a Gala con la vergüenza de imaginarse otra vez joven, con la locura de pensar que el tiempo no había transcurrido, que seguía en La Muga, que Amelia estaba viva frente a ella. Se frotó los ojos buscando el coraje para permanecer sentada y dispuesta a cerrar una herida que durante medio siglo no había dejado de supurar. Agnès le acarició la mano con suavidad, no pudo evitar emocionarse por disfrutarla después de tanto tiempo. Se cruzaron la mirada vidriosa, se emocionaron juntas sin poder evitar fundirse en un abrazo.
—Bienvenida, Cata.
Nalda echó muérdago en el fuego, las demás la siguieron a su ritmo. Teresa se levantó y trajo una bandeja con nueve copas de vino. Era una noche sagrada y repleta de celebraciones. La Roja se colocó las gafas para contemplar con detalle los destellos de las miradas; Tomasa se alineaba bien la cinta blanca del pelo y se secaba las lágrimas con timidez. La presencia de Catalina la había conmocionado; solamente la vio una vez en Barcelona, le pidió perdón por haberla juzgado en demasía, por ser tan estricta en moral y alumna desaventajada en sentimientos. Catalina fue entonces parca de palabras, no quiso tomarse un café con ella, ni hablar más allá de cuatro frases de cortesía. Entre esas, le pidió que no contara nada en el pueblo, que no hablara de su encuentro, que la dejara en el pasado…
—Sempre seràs benvinguda… (—Siempre serás bienvenida…)
Se despidió achinando los ojos para evitar las lágrimas y sin atreverse a abrazarla, con la ternura que le brotaba de dentro. Tomasa se fue empequeñecida, minúscula y con el compromiso de mantener el secreto de haberla visto.
Nalda decidió que había llegado la hora de arrancar a hablar, de poner en funcionamiento aquella noche la rueda. Pensó en Amelia y le pidió que la guiara por lo que pudiera suceder. Había demasiadas cosas que pulir, que sanar… Demasiados años, una muerte, un reencuentro y una recién llegada.
—Qui vol començar? ¿Quién quiere empezar?
Le costaba hablar en castellano, pero todas acordaron que aquella noche lo hablarían para que Gala se sintiera más dentro que fuera. Todas presentían que aquella noche iba a ser importante y no querían interferencias. La Roja las miró; todas ellas se observaron, Gala esperaba impaciente el proceder…
—Me gustaría esta noche hablar del perdón. Tengo la necesidad de ser yo la que comience después de haber estado toda una vida apartada de esta tierra. Quiero compartir con todas mi lucha con el perdón. Creo que necesito varias vidas para comprender el perdón, no como humillación, sino como sanación para el alma. ¿Estáis en paz? ¿Os habéis perdonado? Yo os confieso que me cuesta…
Catalina estrenó el Círculo con palabras que estremecieron al grupo. Llevaban una vida juntas, en la misma tierra, conviviendo con sus propias bajezas como mejor habían podido. Catalina seguía hablando sobre los misterios del perdón con la atenta escucha de todas, menos de Úrsula, que pidió la palabra con desdén. Esperó con impaciencia a que Cata terminara para rugir como una leona.
—Yo no perdono, ¿sabes? Ni necesito que nadie me perdone nada.
—Pues deberías…
La Santa no pudo evitar intervenir para cortar la soberbia de su cuñada. Demasiados años consintiendo sus malas caras y su rencor.
—No vuestro perdón. La Muga no es lo que era y vosotras sois unas consentidoras. Una cualquiera no puede pertenecer al Círculo, aunque sea nieta de Amelia Xatart. Todas somos iguales y su voto no cuenta más que el nuestro.
Gala tragó saliva y bajó la cabeza. No tenía ni idea de que aquella reunión, entre otras cosas, fuese para que el grupo la aceptara en él. Se sintió engañada por La Roja, tuvo ganas de abandonar la sala y romper el Círculo, pero Tomasa le cogió la mano con fuerza para impedírselo. La Rica siempre le había impuesto un gran respeto y no pudo negarse a su voluntad. Decidió resistir el envite y ser la protagonista de la trifulca, sin pronunciarse al respecto. No tenía ni idea de qué iba todo aquel ataque. ¿Era personal o iba contra su abuela?
—¡Basta! Gala está aquí porque el resto la queremos, porque la madre tierra la acepta y desea que forme parte de nosotras. Como poseedoras del Círculo de La Muga, debemos aceptar los ciclos de la vida, y en él está la savia nueva, las nuevas generaciones, lleguen de donde lleguen. De ellas dependerá conservar la tradición, rendirse a Gaia y recordarse en su feminidad, adorando la naturaleza, cultivando el amor sanador y buscando el equilibrio de este planeta maltrecho. Somos portadoras de nuestros ancestros; y ellas, las que nos sucedan, llevarán nuestro conocimiento… Esta noche de muerte y de vida, es necesario sanar y cerrar heridas que no han dejado de supurar entre nosotras. Se celebra el retorno de Catalina, igual que la incorporación de Gala como una nueva maga… Úrsula, deja la lucha fuera, te recuerdo que este Círculo te acogió a pesar de haber traicionado varias veces su esencia.
La Guapa la miró reprimiendo sus ganas de golpear varias veces su bastón contra el suelo en señal de protesta, pero conocía muy bien las reglas y, en el fondo, sabía que La Roja estaba en lo cierto: hacía años que la deberían haber expulsado, pero votaron mantenerla con ellas… Esa muestra de bondad la pudrió más de envidia que de compasión y perdón. ¿Perdón? Intentó perdonar a su difunto hermano Josep, pero la rabia de haber llevado de por vida la cruz de tener a un pervertido en la familia no la había superado. Nunca pudo hablarlo con Francisca, obligada a casarse con un hombre que deseaba a otros hombres. Lamentó que todo terminara en tragedia y que el pobre Josep, en su desesperación, se quitara la vida. La Guapa expió sus pecados llenando de mierda y mentiras la vida de su hermano. Todas sabían por lo que había pasado, aunque jamás se hubiera pronunciado desde el corazón. Su hijo Pau era homosexual, todo el pueblo lo sabía, pero ella se negaba a aceptarlo en público y en privado. Solo la mirada de desprecio de su propio hijo la resquebrajaba por dentro y temía que tuviera un destino parecido al de su hermano por su desprecio consentido. La Guapa fue incapaz de pestañear, la furia teñida de profundo dolor le bloqueó la garganta y le provocó un temblor en la barbilla. Todas guardaban silencio, todas esperaban que llegara la lluvia sanadora y que Úrsula sacara todo el tormento contenido durante años. Se resistieron a salir las primeras lágrimas, al poco tenía toda la cara bañada de ellas descendiendo a toda velocidad expiando un pozo de lamentos. La Santa se levantó a abrazarla, pero Nalda la reprobó. Debían mantener el círculo cerrado para sostener la energía del grupo. La Guapa lloró en silencio como si la muerte se le acercara y quisiera irse al más allá ligera de equipaje. Gimió y, como un volcán en erupción, se dejó llevar por un llanto anciano, liberado después de tantos años de vivir encadenado. Todas sintieron el dolor de Úrsula, se agarraron las manos con fuerza y pidieron perdón al Círculo, al universo y a la madre tierra. Ninguna de ellas era digna de juicio y el llanto de una era el llanto de todas. Gala se unió al llanto sin poder remediarlo. Lo hizo como otras, en silencio y con respeto de no romper la emulsión de lágrimas de La Guapa. Mientras lloraba con las manos cogidas a otras manos, le sobrevenían imágenes de ella de pequeña, con su padre, con su madre, como hija, como madre, como esposa, como mujer. Gala lloraba intentando encontrar sentido a sus lágrimas, buscando la razón a lo que le brotaba de dentro. Estaba asustada de su propio llanto, de sentir que necesitaba vaciarse de un cenagal de emociones que era incapaz de descifrar.
Nalda observaba el Círculo impresionada por la celeridad de su marcha. Catalina había sido el detonante y Gala comenzaba a despertar; era como si La Xatart estuviera moviendo los hilos desde arriba. Las lágrimas dejaron de supurar, de inundar el ambiente con viejos lamentos. Nalda miró a Francisca que, bajando agradecida la mirada, se levantó y fue a besar a su cuñada con todo el amor que pudo. La Guapa le acarició la mano y se apoyó en su pecho; todas habían comprendido el poder sanador del perdón.
—Jow me ha pedido que me case con él.
Teresa casi se atraganta con el vino al escuchar a Cecilia. Era un secreto a voces que La Ciega se entendía en la cama con el mozo, pero jamás lo había hecho público, ni en el Círculo ni en petit comité. Todas se quedaron mudas mirando a Cecilia sin saber qué decir.
—Me hace gozar como nadie. Le quiero, me quiere y le he dicho que ¡sí!
Tomasa se levantó bruscamente al escuchar a La Ciega. Todas enmudecieron esperando que La Rica la reprendiera por casarse con John Winter, un hombre extranjero veinte años menor. Pero lejos de eso, la Tomasa se acercó a Cecilia y, con voz temblorosa, levantó su copa delante de ella en señal de respeto y celebración. Teresa levantó la suya con tanto ímpetu que bañó a Francisca, lo que provocó la risa de las demás. Todo el grupo se unió al brindis, a la celebración del amor, sin juicios ni sermones estériles.
El vino y la alegría de un nuevo enlace en el pueblo las llevó a conversaciones más livianas pero algo pudorosas para la americana, poco acostumbrada a hablar de sexo sin remilgos, y menos delante de unas abuelas. La Rica dijo sin tapujos que ella llegó al orgasmo por el grupo y la autocomplacencia…
—Si hagués estat pel pobre Jaume… (—Si hubiera sido por el pobre Jaume…)
Cecilia confesó su fogosidad y su compra en internet de juguetitos eróticos. Francisca intentó reprimirse de confesar sus proezas sexuales, nunca lo había hecho, y la mayoría pensaba que, como su Josep la dejó virgen… pues intacta seguía… Agnès, Gala y Nalda reían a carcajadas con cada historia que se contaba. Teresa no daba crédito a lo que estaba oyendo, ella apenas había variado de la postura del misionero y no creía necesitar más.
—Si el cuerpo no te pide más…
Gala nunca había imaginado que esas ancianas pudieran tener vida sexual. Al confesarlo, provocó una disparidad de reacciones entre la indignación y el despiporre general. Estaba claro que el sexo había bajado en intensidad, pero no habían renunciado al placer. Todas habían compartido experiencias en el Círculo y, gracias a él, habían aprendido que el deseo debe ser compartido. Los hombres de ese pueblo poco tenían de hombres y mucho de animales, y más allá de meterla erecta y no sacarla hasta desfogarse, no sabían qué hacer. Tuvieron que emplearse a fondo para redimir la insatisfacción sexual femenina que había en el pueblo y, para ello, decidieron montar una rebelión y, a riesgo de divorcio, comenzar a mandar en la cama. Muchos se negaron a ser manejados por sus mujeres y estuvieron a dos velas y durmiendo en las caballerizas hasta que recapacitaron. Ese fue el principio de un gran cambio para La Muga, para ellos y para ellas, y la envidia de los pobladores vecinos, que se preguntaban cuál era el secreto de la longevidad en La Muga.
—¡La buena salud sexual!
Todas rieron al tiempo, recordando las experiencias compartidas de cada una. Hacía tiempo que Gala no se había reído tan a gusto y de improviso. Aquellas ancianas resultaban ser una caja de sorpresas, unas bebedoras de la vida en todas sus esencias. Unas aprendices eternas del perpetuo despertar a la ilusión. Las miró con cariño y con la mandíbula dolorida, sintiéndose por primera vez parte de ellas, con unas tremendas ganas de seguir compartiendo su sapiencia de vida, sus experiencias acumuladas. Las sintió como sus madres, como sus grandes consejeras de vida que siempre había deseado tener.
Agnès decidió, con permiso de La Roja, que había llegado la hora de reponer fuerzas y llenar el estómago. La Hechicera, con ayuda de Marc y Adele, había preparado suculentos manjares de la tierra para alimentar más allá del cuerpo.
Las nueve mujeres comieron alrededor del fuego y siguieron compartiendo y depurando viejas heridas. Catalina se acercó a Gala para saber de ella y cuántos días más estaría por La Muga. Gala comenzaba a sentir que se acercaba el momento de partir, pero seguía sin resolver el tema de la herencia ¡y el maldito cuadro!
—¿Qué cuadro?
Gala le explicó, como quien recita un poema aprendido, las tretas de su abuela y sus sospechas de que alguna de esas mujeres o todas conocían al autor del cuadro. Catalina sintió que bruscamente le faltaba el aire, empalideció mientras Gala le describía la pintura y, con las manos temblorosas, tuvo la certeza de que ese cuadro era el que ella pintó y regaló a Amelia en plena adolescencia. ¡Su primer cuadro! No había abandonado su pasión por pintar, con los años perfeccionó la técnica y aunque pocas, por pudor, había celebrado algunas exposiciones de sus obras.
Sin saber cómo, el Círculo volvió a enmudecer para escuchar lo que acababa de ocurrir. Gala se había quedado bloqueada al comprobar que, al fin, había encontrado a la autora del cuadro y terminado con el famoso misterio. Comprendía que todas sabían quién era, pero preferían callar y no ser ellas las confesoras, sino la propia pintora.
Gala miró a Catalina sin reaccionar. Catalina se encogió de la emoción, no había vuelto a pensar en la mala réplica de Mujer en la ventana, pero sintió una profunda emoción al saber que Amelia lo había guardado todos estos años, custodiado con mimo hasta tal punto que, a su muerte, había dado instrucciones de que la encontraran para que volviera a sus manos. ¡El círculo de la vida! El búmeran del que nadie se escapa, que nos sorprende con sus idas y venidas, con sus bandazos a contrapelo.
Catalina abrazó a Gala por haberla encontrado, por devolverle el cuadro y por representar a Amelia en ese Círculo. Brindó por ella, las demás se unieron en comunión.
—Estimada Gala, eres bienvenida en esta tierra y en este Círculo. Nosotras nos hermanamos contigo, tomando un puñado de esta tierra, te sentimos nuestra.
Todas tomaron un puñado de tierra de la maceta blanca y lanzaron la tierra al fuego en señal de buenaventura. La noche siguió hasta el amanecer; algunas se quedaron a dormir en la casa grande. Gala prefirió retirarse a casa de su abuela. Al fin había resuelto el enigma, al fin era la ¡heredera universal! Ahora debía pensar qué hacer con todo y cómo resolverlo cuanto antes.
La noche había sido intensa y larga. Volvía a casa de medio lado, con los primeros rayos de sol, achinando los ojos y agradeciendo llevar puestas las deportivas y no unos tacones de infarto. Necesitaba digerir lo vivido, estaba revuelta, vulnerable y borracha. Una mezcla terrible para tomar decisiones.