Capítulo 10: Ejercer de padres con compasión hacia nosotros mismos - Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo
By Kristin Neff
Según como nosotros, los adultos, nos comportemos y vivamos en el amor, podremos ser modelos y guías adecuados para nuestros hijos. Lo que somos enseña a los niños mucho más que lo que decimos, de manera que debemos ser lo que queremos que nuestros hijos sean.
JOSEPH CHILTON PEARCE, Introducción a Teaching Children to Love, de Doc Lew Childre
La autocompasión es esencial para ser buenos padres. Al enseñar a nuestros hijos a tener compasión por ellos mismos podemos ayudarles a gestionar el dolor y la imperfección inherentes a la vida. Si somos compasivos con nosotros mismos, podemos manejar mejor las frustraciones y las dificultades de la paternidad. Así, la profesión más dura del mundo (admitámoslo: ser padres es una profesión, solo que no remunerada) no lo será tanto.
COMPASIÓN POR NO SER UNOS PADRES PERFECTOS
Carol iba con retraso. La niñera había llegado pronto para cuidar de sus dos hijos mientras ella salía a un concierto con unos amigos. Dejó hirviendo unos espaguetis mientras se peinaba y se maquillaba. Cuando volvió a la cocina, se dio cuenta de que se había pasado casi diez minutos. «¡Mamá, me muero de hambre! —protestó su hijo pequeño—. ¿Cuándo cenamos?» Los espaguetis pasados, una vez escurridos, tenían la consistencia del puré de patatas. Añadió más salsa de lo habitual con la esperanza de que los niños no se diesen cuenta, pero era demasiado esperar. «¡Qué asco! —exclamó el mayor, frunciendo el ceño y arrugando la nariz—. ¿Esperas que nos comamos esto? ¿Por qué no haces comida buena como Jan?» Aquel fue un comentario especialmente malicioso. Jan era la nueva mujer de su ex marido, una chef experta (entre sus muchos otros talentos).
El primer instinto de Carol fue aceptar el golpe y sentirse fatal por no hacer nunca nada bien, por ser una madre incapaz, por perder a su marido por una mujer superior a ella. Por suerte, se dio cuenta a tiempo. Últimamente intentaba ser más amable consigo misma y entendió que aquella era una oportunidad perfecta para sentir más compasión por sí misma. Recordó que la maternidad es como hacer malabarismos, y que era inevitable que alguna maza se cayese de vez en cuando. Y unos espaguetis pasados no significaban exactamente que tuviera defectos. «Lo siento, los espaguetis no han quedado bien, pero no es el fin del mundo. ¿Qué tal si pido una pizza?» Huelga decir que a los niños les pareció muy bien la idea. Incluso oí que la niña le susurraba a su hermano: «Qué bien. Jan nunca nos deja comer pizza». Como dijo Peter de Vries: «Hay ocasiones en que la paternidad es como alimentar a la mano que te muerde».
Por supuesto, no siempre manejamos las situaciones difíciles con nuestros hijos de la mejor manera. Nuestros adorables pequeñines pueden volvernos locos, y no hay padre ni madre en el planeta que no haya perdido los nervios en alguna ocasión. Hablamos con brusquedad a nuestros hijos cuando nos molestan, los ignoramos cuando intentan llamar nuestra atención, o les gritamos cuando estamos enfadados. Todo el mundo se equivoca alguna vez. Cuando sentimos compasión por eso, nos cuesta menos admitir nuestras imperfecciones como padres y disculparnos por nuestra conducta. Eso no solo ayuda a los niños a sentirse queridos y cuidados, sino que también les hace saber que incluso papá y mamá son seres humanos que a veces cometen errores (y que esos errores no son el fin del mundo).
Aunque es importante disculparnos con nuestros hijos cuando nos pasamos de la raya, también lo es no mostrarnos abiertamente críticos con nosotros mismos. Especialmente delante de nuestros hijos. «He olvidado poner gasolina, y el depósito casi está vacío. ¡Qué estúpido soy! ¡Qué irresponsable!» Estos comentarios transmiten la idea de que la autocrítica es una respuesta valiosa y apropiada cuando no alcanzamos nuestros ideales. ¿Realmente quieres que tus hijos sufran como tú a causa de la autocrítica? Esto es algo que los padres suelen pasar por alto. Puede que cuides estupendamente a tus hijos cuando tienen un tropezón, pero si te machacas cada vez que tú metes la pata, les enviarás un mensaje erróneo. Si, en cambio, reconoces tus limitaciones claramente pero con compasión delante de tus hijos, les estarás dando un ejemplo mucho mejor. «¡Qué fastidio! Me he olvidado de poner gasolina y el depósito casi está vacío. He estado muy ocupado en el trabajo estos días y me he despistado. Supongo que tenemos suficiente para llegar a la gasolinera.» Practicar la compasión hacia uno mismo delante de los hijos es una de las maneras más eficaces de ayudarles a desarrollar esa capacidad.
EJERCICIO 1
Sentir compasión por nuestros errores como padres
Al final de cada día, piensa en los errores que hayas cometido como padre. Cualquier cosa que hayas querido hacer (o que no hayas hecho). Intenta ser honesto; recuerda que somos humanos e imperfectos. Trata de ser tan amable y comprensivo contigo mismo como lo serías con un buen amigo en una situación similar.
A continuación, piensa si puedes hacer algo para arreglar la situación. ¿Disculparte ante tus hijos? ¿Prometer que les compensarás (y hacerlo)? Al crear un modelo en que después de cometer errores el proceso normal es repararlos, enseñarás a tu hijo una valiosa lección.
El siguiente paso consiste en determinar si existen emociones negativas subyacentes a tu conducta (estrés, frustración, agotamiento). Si es así, dedícate compasión por tu dolor emocional. ¡Ser padres es difícil! ¿Crees que necesitas realizar algún cambio para aliviar tu estrés (por ejemplo, tomarte más tiempo para ti)?
Elige un par de las actividades que se sugieren en el primer ejercicio del capítulo 9 (o las que prefieras) ¡y hazlas de verdad! Como padres, resulta fácil decir «Sí, debería buscar tiempo para mí», pero en realidad casi nunca lo hacemos. Sí, tienes la presión del tiempo, pero en realidad serás un padre o una madre más eficaz y comprensivo si te tomas sus necesidades más en serio. Es una situación en la que todos salen ganando.
CORREGIR A TUS HIJOS AL TIEMPO QUE FOMENTAS LA AUTOESTIMA
Muchos padres se preguntan cómo disciplinar a sus hijos cuando se pasan de la raya, pero ayudándoles al mismo tiempo a ser más compasivos consigo mismos. Lo primero, y lo más importante, es que no critiques duramente a tus hijos o les avergüences por no responder a tus expectativas. Además, podría salirte el tiro por la culata. Como dijo en una ocasión Jack Nicholson, el actor: «Mi madre nunca vio lo irónico que era que me llamara “hijo de puta”». Nuestra investigación demuestra que la crítica continua de los padres puede provocar problemas serios: los hijos de padres críticos son más propensos a la falta de autocompasión y a sufrir ansiedad y depresión de adultos.[1] Como se indica en el capítulo 2, los niños suelen interiorizar la voz crítica de sus padres y después cargan con ella durante toda su vida. Aunque ningún padre ni ninguna madre quieren que sus hijos sufran, muchos piensan que la disciplina debe ser férrea para que funcione.
Aunque es cierto que la paternidad permisiva que nunca riñe a los niños puede dificultar su crecimiento y desarrollo, sí es posible establecer unos límites claros y corregir los problemas de conducta de manera cariñosa y compasiva. Los niños entenderán por qué es importante que cambien sin sentirse mal con ellos mismos por haber metido la pata.
Una de las claves para responder con compasión a los errores de los hijos consiste en centrarse en su comportamiento real, no en su carácter general. Debemos hacer hincapié en que nuestros fracasos y nuestras carencias no nos definen, en que todos avanzamos poco a poco, en un proceso de aprendizaje continuo. También es importante validar las emociones que subyacen a la mala conducta del niño antes de intentar corregirla. Imaginemos que Neil, tu hijo, le dice a su hermana pequeña, Mary, que se calle mientras él juega con su videojuego favorito. En lugar de decirle: «¡Neil, eres un maleducado! ¿Por qué no te portas mejor con tu hermana?», prueba a decir: «Sé que te molesta que te interrumpan mientras juegas, pero has herido los sentimientos de Mary cuando le has dicho que se calle». O pongamos que tu hija deja un tarro de miel abierto en la encimera de la cocina porque recibe una llamada de una amiga. En lugar de exclamar «¡Qué dejada eres!», podrías probar con algo como: «Sé que te has despistado con la llamada, pero no queremos tener bichitos corriendo por toda la cocina». Un poco de humor daría incluso mejor resultado en este caso: «¿De verdad quieres que nuestra cocina parezca una escena de El ataque de las hormigas asesinas?». Si los niños se sienten comprendidos en lugar de atacados, será mucho más fácil que nos escuchen.
Lo que hay que transmitir a los niños es que no pasa nada por cometer errores y que la imperfección forma parte de la vida. Afirmaciones como «Es humano», «Es normal frustrarse», y otras similares, son buenas maneras de proporcionar esa validación.
No obstante, no solo importa lo que decimos. También es importante el tono de voz. Incluso los bebés que todavía no hablan registran de manera inconsciente el significado emocional que transmite el tono de voz de sus padres (amor, temor, enfado, etcétera). Si tu tono de voz transmite un juicio negativo aunque tus palabras sean neutras, es muy probable que tu hijo se sienta incompetente y avergonzado de todos modos. Y eso puede desencadenar una reacción airada o a la defensiva. ¿Quién quiere sentirse mal consigo mismo cuando es tan fácil culpar a otro? Si haces que tu hijo se sienta seguro asumiendo la responsabilidad personal de sus actos utilizando un lenguaje compasivo combinado con un tono amable y cariñoso, le resultará mucho más fácil reconocer su problema de conducta y trabajar para cambiarlo.
Otra cosa que hay que tener en cuenta antes de corregir a los niños es si nuestras propias reacciones pretenden defender nuestro ego. ¿Te identificas con tu hijo de manera que su comportamiento anómalo se refleje en ti? Cuando tu hija se mueve inquieta en un restaurante, ¿realmente es ese el problema, o son los juicios ajenos de que debes de ser un mal padre o una mala madre porque tu hija no se porta bien? Si no eres capaz de admitir eso y sentir compasión por esa reacción tan humana, es probable que no sepas manejar bien la situación. En cambio, si sientes compasión por ti mismo, estarás en mejor disposición de responder de manera compasiva ante tu hijo.
HIJOS PEQUEÑOS
El cuidado de los más pequeños y los bebés, con su necesidad constante de supervisión, sus hábitos alimentarios desordenados y sus rabietas, sin olvidar los pañales sucios, es uno de los trabajos más duros que existen. Como dice la humorista Erma Bombeck: «Cuando mis hijos se ponen salvajes e indomables, los meto en un parque bonito y seguro. Cuando se han calmado, los saco». Los padres de niños muy pequeños necesitan toda la ayuda posible. Por suerte, cuando somos compasivos con nosotros mismos, la ayuda siempre está a nuestro alcance.
La doctora Rebecca Coleman, psicóloga clínica en Australia, ha desarrollado un programa que enseña mindfulness y autocompasión a los padres de niños menores de cinco años. El programa se llama MAP (Mindful Awareness Parenting, algo así como «paternidad plenamente consciente»).[2] El objetivo del programa consiste en ayudar a los padres a mejorar su capacidad de tomar decisiones sabias en situaciones difíciles con sus hijos. En otras palabras, a mantener la cordura cuando el pequeño Johnny vierte una botella entera de jabón de los platos en la bañera y Suzy te tira de la pierna y lloriquea para que le hagas unas trenzas mientras tú intentas arreglar el estropicio.
El MAP fomenta la sensibilidad paterna enseñando a los padres a tener empatía hacia sus hijos, incrementando su capacidad de ser conscientes de las necesidades relacionales de los niños y satisfacerlas. En ocasiones, cuando los niños se comportan de manera difícil o cargante, en realidad están transmitiendo el mensaje de que necesitan el apoyo emocional de sus padres. Puede ser que lo que buscan no es atención, sino conexión. Como se menciona en el capítulo 3, los niños están «diseñados» psicológicamente para establecer vínculos estrechos son sus padres, que son la base segura desde la cual salen a explorar el mundo. Cuando los niños tienen miedo o no están seguros de sí mismos, recurren a sus padres como su principal fuente de confianza y consuelo. Cuando recuperan la seguridad ya pueden embarcarse en el importante proceso de jugar, descubrir y aprender.
Coleman señala que una de las maneras clave de ayudar a los hijos a sentirse seguros es el proceso de «sintonización afectiva», que implica igualarse o reflejar la emoción del niño. Cuando un niño está disgustado, los padres reflejan las emociones de su hijo emitiendo sonidos y expresiones tristes, pero entonces cambian las emociones del niño adoptando un gesto y un tono más reconfortante. Por ejemplo, una madre puede acunar a su bebé que llora y sonreírle mientras repite suavemente: «Está bien, cariño, está bien». Finalmente, el bebé se siente seguro y se calma. Los padres tienden a hacer eso por instinto, sin ser conscientes de que están regulando las emociones de sus hijos.
Sin embargo, si un bebé llora y su madre se siente superada por sus propias emociones («¿Por qué no se calla este maldito crío? ¡Me está volviendo loca!»), no será capaz de ayudar a su hijo a calmarse. Solo conseguirá empeorar la situación, ya que el niño reflejará la agitación de su madre. Cuando los padres responden a su propia frustración con compasión hacia sí mismos, son capaces de calmar las emociones turbulentas y, por tanto, están en mejor disposición de ayudar a sus hijos a tranquilizarse.
Veamos la situación a la que se enfrentó Pittman, uno de mis alumnos, hace unos meses. Él y su mujer, Merilee, tenían una niña de pocos meses. Su hijo de tres años, Finn, empezó a manifestar algunos «comportamientos desafiantes». Un día, cuando regresaban a casa después de hacer un recado, Pittman encontró a su hijo (que supuestamente ya sabía utilizar el inodoro) haciendo pis en la pared del salón. Cuando le reprendió esa conducta, Finn se limitó a volverse hacia su padre, esbozó una sonrisa maliciosa y dijo: «Te odio».
¡Menos mal que Pittman practicaba la autocompasión! Aunque cualquiera habría entendido que perdiese los nervios, consiguió mantener la calma, respiró profundamente varias veces y sintió compasión por lo difícil y lo desafiante que resultaba aquel momento. Esto le ayudó a recuperar la calma y a recordar que, aunque las señales exteriores indicasen lo contrario, Finn no solo estaba siendo travieso. En realidad estaba sufriendo la humana emoción de los celos, y a sus tres años no disponía de las herramientas necesarias para enfrentarse a ellos de manera eficaz. En lugar de enfadarse con Finn, se sentó a su lado y le pasó un brazo sobre los hombros. Primero reconoció los sentimientos de frustración de Finn ante los cambios en la rutina doméstica. «Sé que esto es difícil para ti porque tu hermana nos ocupa mucho tiempo, pero tu mamá y yo te queremos más que nunca.» El mal humor de Finn mejoró de forma casi inmediata, igual que el de Pittman (que incluso vio la parte graciosa de la situación, sabiendo que tendría una buena historia que contar en el futuro). Cuanto más seguro se sienta Finn del amor y el apoyo de sus padres mientras se acostumbra al nuevo miembro de la familia (especialmente cuando se porta mal), más se dará cuenta de que el amor de sus padres es incondicional (aunque una pared del salón tenga una pequeña mancha).
EJERCICIO 2
Un momento de intimidad con tus hijos
Este ejercicio es una adaptación del protocolo MAP de la doctora Rebecca Coleman (para más información entra en <www.maplinc.com.au>.)
Los niños pequeños suelen expresar los «grandes sentimientos» (llanto, rabietas) cuando se sienten incomprendidos, ignorados o limitados por la negativa de su padre o su madre. Cuando tu hijo exprese grandes sentimientos o esté fuera de control, puedes tomarte un «momento de intimidad» para ayudarle a recuperar la normalidad. Aunque parezca que tu hijo se comporta así a propósito, casi siempre se trata en realidad de la necesidad de reconectar y manejar emociones abrumadoras de forma segura. Tu hijo podría necesitar tu ayuda para conseguirlo.
Antes de empezar un momento de intimidad, asegúrate de estar lo suficientemente tranquilo para mostrarte sensible a las necesidades de tu hijo y ayudarle a sentirse seguro. Si antes necesitas apaciguar tus propias emociones, intenta ser compasivo contigo mismo por tus emociones difíciles o practica algunas respiraciones conscientes. Tal vez tengas que decirle a tu hijo que necesitas unos segundos de tiempo para ti, para calmarte. Pero regresa cuando habías dicho que lo harías.
• Elige un lugar específico para el momento de intimidad. Es mejor que sea neutral: por ejemplo, una silla o un cojín que puedas desplazar para no molestar a otros miembros de la familia.
• El lugar para el momento de intimidad es donde tú y tu hijo podais sentaros a observar cómo cambian los sentimientos.
• Invita a tu hijo al lugar para el momento de intimidad. Si está fuera de control emocionalmente y supone un peligro para los demás, tal vez tengas que llevarlo tú.
• Utiliza un tono de voz firme, tranquilizador y amable.
• Observa a tu hijo con atención. ¿Cómo se comporta? Intenta adivinar el significado y los sentimientos que esconde su conducta. ¿Qué está ocurriendo realmente?
• El momento de intimidad permite «sentir» y aceptar los sentimientos de tu hijo. Demuestra al niño que quieres ayudarle y que tu amor significa que recibes y aceptas sus emociones de buen grado, incluso las difíciles.
• Mantén la empatía y la conexión. Haz que tu hijo te sienta presente y sensible. Esto ejerce un efecto calmante en los niños pequeños.
• A tu hijo puede costarle un poco calmarse si sus emociones le superan.
• Cuando tu hijo se haya calmado lo suficiente, ayúdale a describir sus sentimientos. Puedes decir algo así: «Parece que tienes problemas con esto...» o «Esto parece difícil para ti. ¿Estás enfadado/triste/tienes miedo?».
• Espera su respuesta. Escucha con atención. Reconoce y acepta la respuesta (o la falta de esta).
• A continuación, habla sobre tus sentimientos. Utiliza frases como: «Cuando has hecho ____________, me he sentido (menciona la emoción) _______________________». No esperes una disculpa, solo comunica tus sentimientos en un tono neutro, no culpabilizador.
• Cuando tu hijo esté suficientemente conectado y tranquilo, ayúdale a encontrar otra actividad para cambiar de ambiente o simplemente sigue adelante con tus planes para ese día (hora de dormir, de ir a la guardería, de comer, etcétera).
HIJOS ADOLESCENTES
Aunque todos los niños se benefician de la compasión hacia sí mismos, se trata de una habilidad especialmente importante para enseñarla en la adolescencia. Uno de los avances cognitivos de los adolescentes es el aumento de la capacidad para tomar perspectiva, lo que significa que los adolescentes pueden verse desde el punto de vista de los demás. Esta capacidad implica que la adolescencia es una época de intensa autovaloración y comparación social. Los adolescentes se preguntan qué piensan los demás de ellos o si son tan buenos como los demás. Ese proceso ocurre al tiempo que intentan establecer su identidad y su lugar en la jerarquía social. Las intensas presiones a las que se ven sometidos la mayoría de los adolescentes (estrés por el rendimiento académico, la necesidad de «encajar» en un grupo, la preocupación por el atractivo sexual) hacen que las autovaloraciones de los adolescentes tiendan a ser desfavorables.
Para empeorar las cosas, la introspección de los años de adolescencia normalmente conduce a lo que se conoce como «la fábula personal», una falacia cognitiva que lleva a los adolescentes a pensar que sus experiencias son únicas y que los demás no pueden entender por lo que están pasando.[3] ¿Recuerdas la primera vez que te enamoraste? Seguro que no podías imaginar que tus padres hubiesen sentido algo ni remotamente parecido. Los adolescentes tienen dificultades para entender la experiencia humana compartida porque todavía no han tenido suficientes relaciones cercanas para darse cuenta de que sus pensamientos y sus sentimientos en realidad no son únicos. Además, tienden a sobrevalorar lo mucho que saben y lo poco que saben los demás porque, bueno, lo que saben es todo lo que saben. Como dijo Mark Twain: «Cuando tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Cuando cumplí veintiuno, me maravillaba todo lo que aquel anciano caballero había aprendido en solo siete años». Nuestra investigación demuestra que los adolescentes que están bajo los efectos de la fábula personal tienden a ser menos compasivos consigo mismos porque no reconocen que sus dificultades y sus fracasos son solo una parte normal de lo que significa ser humano.[4]
Por todas estas razones, enseñar compasión hacia uno mismo a los adolescentes puede ser inmensamente valioso. Por supuesto, algunos adolescentes se resisten a la idea de la autocompasión al principio, ya que suena un poco cursi para ellos. No es guay si tu grupo favorito es Napalm Ghost Slayer. No obstante, cuando les explicamos que la compasión no es lo mismo que quejarse, sentir lástima por uno mismo o caer en la autocomplacencia, la mayoría de ellos se abren al concepto (al fin y al cabo, el vocalista de Napalm Ghost Slayer tuvo que aprender autocompasión cuando estuvo en rehabilitación, ¿no?). También puede resultar útil hablar sobre la diferencia entre autoestima y compasión hacia uno mismo. Dada la experiencia diaria de los adolescentes, son capaces de captar rápidamente el problema que supone esforzarse por sentirse especial y por encima de la media en todo momento. Si les explicamos que la autocompasión es una herramienta para sentirse bien con uno mismo que no requiere sentirse superior a los demás, podemos ayudarles a entender mejor por qué es también una manera más sana de relacionarse.
MI HISTORIA: SER PADRES DE ROWAN
Si bien Rupert y yo hemos sufrido mucho durante los primeros años de Rowan, nuestro compromiso con la compasión hacia uno mismo nos ha ayudado muchísimo. En primer lugar, nos ayudamos a ser compasivos con todos los errores que cometemos como padres, que son muchos. Cuando me dirigía a Rowan bruscamente después de un día especialmente frustrante, por ejemplo, y a continuación me sentía terriblemente culpable, Rupert me ayudaba a recordar que no podía esperar enfrentarme a todo de la manera perfecta en todo momento. Entonces me resultaba más sencillo superar mi frustración, pedir disculpas y consolar a Rowan si estaba disgustado, y volver a empezar.
Lo más importante, quizás, es que Rupert y yo nos aseguramos de no perdernos en nuestro papel de cuidadores hasta el punto de dejar de atender nuestras propias necesidades. Nos dimos cuenta de que ambos necesitábamos tiempo para nosotros, fuera del hecho de ser padres de un niño con autismo. Por desgracia, tanto los padres de Rupert como los míos vivían lejos y no encontramos a una niñera capaz de manejar las rabietas y la incontinencia de Rowan, de manera que llegamos al acuerdo de arreglarnos entre nosotros. Una noche a la semana yo tenía libertad para hacer lo que quisiera (ir a una clase de meditación o de baile, tomar una copa con las amigas, asistir a un concierto), y Rupert disponía de su noche libre. Nos aseguramos de atender nuestras propias necesidades, lo que nos ayudaba a mantenernos despejados y relajados para afrontar el reto de ser padres de Rowan y darnos apoyo mutuo.
Ahora que Rowan ha crecido (ahora mismo, en el momento de escribir esto, tiene ocho años), estoy empezando a modelar el proceso de compasión hacia sí mismo para él, y poco a poco lo va consiguiendo. Un rasgo del autismo es la ecolalia, la tendencia a repetir frases que dicen otras personas. Me he tomado la ecolalia de Rowan como una oportunidad para dar forma a su diálogo interior y que las palabras que utilice cuando se disgusta sean de consuelo y autocompasivas. A los niños autistas les resulta muy difícil enfrentarse a la frustración. Si Rowan derrama un vaso de agua sobre su ropa, por ejemplo, puede llegar a sentir un sufrimiento y una ansiedad desproporcionados. Y cuando el tren de la angustia se pone en marcha resulta muy difícil pararlo.
En situaciones así, intento responder de manera comprensiva y compasiva. «Pobrecito, se te ha caído el agua y te has mojado. No pasa nada si te sientes disgustado y frustrado. Ahora mismo esto es muy desagradable para ti, ¿verdad?» Esto le ayuda a aceptar y validar sus emociones en el momento presente. A continuación, trato de modelar los pasos para ayudarle a avanzar emocionalmente hacia el siguiente momento en lugar de obsesionarnos con lo que ha salido mal. «Sé que te sientes mal, pero ya te has cambiado de ropa y ahora todo está bien. No es necesario que llores más por eso; además, me preocupa que estés triste. ¿Quieres estar triste o quieres estar contento?»
En ocasiones, cuando le pregunto eso, Rowan responde que quiere estar triste, en cuyo caso lo abrazo y lo consuelo mientras él siente su tristeza. «Estas cosas ocurren, no pasa nada por estar disgustado.» En cambio, otras veces me responde: «Quiero estar contento». En ese caso, intento ayudarle a encontrar cosas que le hagan feliz. «Dime algo que te guste ahora mismo. Por ejemplo, que estamos juntos, o que tienes dos geckos leopardo muy guapos que se llaman Gary I y Gary II.»
Aunque todavía tiene dificultades para superar sus estados de angustia, un enfoque compasivo parece ayudar a que pasen antes. También sé que ha empezado a prestar atención a esa forma de hablarse a sí mismo. Por ejemplo, el otro día se enfadó porque su DVD se había atascado y le escuché decir: «No pasa nada. A veces las cosas se rompen».
La ocasión en que supe que realmente lo había «pillado» fue cuando fuimos al zoo. Aquella mañana yo había tenido varias experiencias frustrantes (el tráfico, problemas para aparcar, etcétera) y estaba de mal humor. Después de unos minutos resoplando y moviendo los pies inquieta (yo, no los ñúes) en la exposición de fauna africana, Rowan me dijo: «No pasa nada, mami. ¿Quieres estar triste o contenta?». Y pensé que se suponía que yo era la adulta sabia y madura. Hacía un día precioso, y allí estaba siendo consolada y ayudada por mi adorado hijo. El mensaje de la compasión había completado el ciclo.
Notas y Referencias del Capítulo:
- [1] 1 . Kristin D. Neff y Pittman McGehee, «Self-Compassion and Psychological Resilience Among Adolescents and Young Adults», Self and Identity , 9, 2010, págs. 225-240.
- [2] 2 . Rebecca Coleman, Mindful Awareness Parenting (MAP TM ) Instructor Manual , Australia, Wiseheart Consulting & Publishing, 2009.
- [3] 3 . Daniel K. Lapsley y otros, «Separation-Individuation and the “New Look” at the Imaginary Audience and Personal Fable: A Test of an Integrative Model», Journal of Adolescent Research , 4, 1989, págs. 483505.
- [4] 4 . Kristin D. Neff y Pittman McGehee, «Self-Compassion and Psychological Resilience».