Capítulo 11: Amor y sexo - Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo
By Kristin Neff
El amor se alimenta de la imaginación, que nos hace más sabios de lo que sabemos, mejores de lo que nos sentimos, más nobles de lo que somos; que nos capacita para ver la Vida como un todo; que es lo único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones tanto reales como ideales.
OSCAR WILDE, De Profundis
La compasión hacia uno mismo no solo nos ayuda a ser mejores padres y cuidadores, sino que además mejora nuestra vida amorosa y sexual. Cuando dejamos atrás los empeños egoístas y ponemos fin a la obsesión por autoevaluarnos de manera positiva, nuestro amor y nuestro deseo por otras personas se intensifican. Al aceptar la vida tal como es, permitiendo que fluya a través de nosotros libremente, nuestra pasión es capaz de alcanzar cotas nuevas y maravillosas.
AMOR Y ENAMORAMIENTO
Uno de los retos de encontrar una relación romántica que satisfaga nuestras necesidades más profundas es precisamente ese: nuestra confianza en que una relación satisfaga nuestras necesidades más profundas. En parte, la razón de que enamorarse resulte tan maravilloso es que nos permite sentirnos realmente valorados, aceptados y comprendidos por otra persona. Nuestra pareja nos quiere tal como somos, lo que significa que a lo mejor nuestros defectos no son tan malos. Y, por supuesto, hay mucha verdad en eso. Es un regalo maravilloso ver la propia belleza reflejada en los ojos de otra persona. Pero si nos basamos exclusivamente en la buena opinión que nuestra pareja tiene de nosotros para sentirnos bien, en un momento u otro tendremos un despertar brusco. El encanto acaba esfumándose incluso en los mejores romances, y nuestra pareja no solo verá cosas de nosotros que no le gustan, sino que además nos lo hará saber. El día de nuestra boda, el padre de Rupert nos dijo: «No os preocupéis, los primeros cuarenta años de matrimonio son complicados, pero después son como una balsa de aceite». De acuerdo, estaba exagerando con la intención de ser gracioso, pero nadie puede negar que las relaciones sean difíciles.
No podemos confiar siempre en que nuestra pareja nos haga sentir bien con nosotros mismos, porque la aceptación tiene que salir de dentro para que penetre realmente en nuestros corazones. Aunque sentirse amado y aceptado por nuestra pareja ayuda, es muy fácil desestimar la aprobación de los demás por considerar que es una muestra de «amabilidad» equivocada. Puede que pienses: «Sí, mi pareja me quiere, pero no ve mi yo auténtico. No oye los pensamientos horribles y mezquinos que pueblan constantemente mi cabeza. Si viese mi auténtico yo, no pensaría que soy tan maravilloso».
En una ocasión tuve una colega, Diane, que sufría mucho debido a este tipo de pensamientos. Su novio, Eric (con el que convivía), pensaba que lo era todo para ella. En muchos aspectos, el amor y el apoyo de Eric la ayudaban a seguir adelante. Sin embargo, Diane pensaba que la buena opinión de Eric se debía principalmente a que en realidad no la conocía. Diane se juzgaba y se criticaba constantemente, y estaba segura de que si revelaba su verdadero yo a Eric, él también la juzgaría. Lo que más disgustaba a Diane de sí misma era su gran tendencia a controlar, y se veía incapaz de evitarlo.
Diane adoraba a Eric e intentaba parecer lo más relajada posible cuando estaba con él porque no quería que se diese cuenta de que en realidad era una «tirana maníaca» (en sus propias palabras). Eric era un chico tranquilo, una de las cosas que más le gustaban de él a Diane. La ironía era que la naturaleza relajada de Eric provocaba el deseo de control constante de Diane. Él siempre se olvidaba de los pequeños recados, como pasar por la tienda a comprar la leche que ella le había pedido, o bajar la tapa del retrete después de ir al baño, o cortar el césped antes de que empezase a parecer una selva tropical. Eric era un soñador cuyo comportamiento tendía a la dispersión y la distracción, y eso enfurecía a Diane.
Después de dos años viviendo juntos, Diane y Eric discutían cada vez más. En lugar de molestarse únicamente por los despistes de Eric, Diane se enfadaba cada vez más y era más brusca con él. Empezó a dedicarle calificativos como irresponsable, vago e inmaduro. Si Eric no hubiese estado tan enamorado, probablemente se habría hartado de sus críticas constantes y la hubiese dejado. Pero quería entender qué estaba ocurriendo.
Después de varias conversaciones quedó patente que el deseo de control de Diane tenía su origen en el miedo. Poco después de conseguir su permiso de conducir, a los dieciséis años, fue con sus amigos a la playa en coche. En una curva perdió el control y el vehículo dio tres vueltas de campana. Una de sus mejores amigas estuvo a punto de morir. A Diane le afectó tanto que quiso asegurarse de que no le volviese a ocurrir nada malo nunca más. Al intentar controlarlo todo, Diane se sentía más segura. Era como si así pudiese contrarrestar la imprevisibilidad de la existencia. Sin embargo, en lugar de sentir compasión por su tendencia controladora, su primer impulso era criticarse por ser tan rígida o bien criticar a Eric por ser tan descuidado (casi siempre se daban ambos casos).
Cuando Eric entendió qué provocaba la conducta de Diane, pudo ayudarla a gestionar sus emociones de manera más productiva. Eric tenía algunos conocimientos de budismo y otras tradiciones orientales, y entendía el valor de la compasión hacia uno mismo. Se dio cuenta de que eso era lo que Diane necesitaba. Cada vez que la veía ponerse nerviosa o enfadarse, incluso cuando le atacaba con una sarta de críticas, Eric le recordaba que entrase en contacto con los sentimientos subyacentes a su reacción. «¿Estás molesta porque tienes miedo y sientes que no tienes el control? ¿Por qué no te tomas un momento para sentir un poco de compasión hacia ti misma? Después hablamos sobre lo ocurrido.»
Aunque al principio resultó extraño, Diane empezó a practicar la autocompasión cada vez más, utilizando sus sentimientos de rabia como recordatorio de que tenía que ser cariñosa, amable y comprensiva consigo misma. Cada vez que sentía el deseo de control, se consolaba con palabras cariñosas y reconfortantes: «Sé que te sientes así porque te asustaste mucho cuando tu amiga estuvo a punto de morir. Esa situación provoca tu miedo, y es comprensible. Esto es muy difícil para ti ahora mismo». En cuanto cambió su actitud hacia sí misma, Diane descubrió que su nerviosismo se iba suavizando. Se convirtió en una persona más segura de sí misma y más tranquila.
Unos meses después, Diane y Eric discutían mucho menos. Finalmente, Diane se permitió darse cuenta de que Eric la amaba tal como era y que ella merecía su amor. Eric, por su parte, empezó a ser un poco más responsable; no quería provocar ningún dolor innecesario a Diane. Aunque todavía siguen trabajando en ello, su relación es mejor que nunca. Incluso han hablado de la posibilidad de casarse (si lo hacen, ¡no cabe duda de que Diane se ocupará de todo!).
EJERCICIO 1
Identificar tus patrones relacionales
Piensa en tu actual relación de pareja, o en la última que hayas tenido. ¿Cuáles son tus desencadenantes emocionales más fuertes? ¿Te sientes herido fácilmente y llegas a la conclusión precipitada de que no le importas a tu pareja? ¿Te pones nervioso y das por sentado que tu pareja te va a dejar? Casi todas las personas tienen algún motivo profundo que les lleva a reaccionar exageradamente en las relaciones. Es como si se añadiese una carga extra a lo que tu pareja hace o dice, y las cosas se descontrolan rápidamente. Nuestros patrones son cicatrices, vestigios de relaciones anteriores que fueron mal. Aunque una pareja cariñosa y comprensiva puede ayudarnos a curar esos patrones, la fuente más directa de curación está en el interior.
La próxima vez que se pulse un botón en tu relación, intenta ver con claridad lo que ocurre realmente. En lugar de culpar inmediatamente a tu pareja por cómo te sientes, intenta analizar hasta qué punto es tu viejo patrón que vuelve a la carga y aprovecha la ocasión para brindarte compasión. Si te sientes herido, por ejemplo, intenta tomar conciencia de ese sentimiento y acepta de pleno tu reacción exagerada. Céntrate de manera activa en calmar tu dolor con bondad hacia ti mismo y reconoce que todos los seres humanos tenemos heridas emocionales de algún tipo (aquí podría venirte bien tu mantra de autocompasión).
En lugar de confiar en que tu pareja te dé exactamente lo que necesitas, intenta satisfacer primero tus propias necesidades. Identifica qué deseas (reconocimiento, cariño, apoyo, etcétera) y piensa si la compasión hacia ti mismo puede ayudarte a conseguirlo. De este modo le evitarás a tu pareja la presión de tener que leer tu mente y reaccionar exactamente como tú quieres. Cuando aprendas a confiar más en la compasión para afrontar tus patrones cada vez que reaparezcan, descubrirás que ya no tienen tanto poder sobre ti. Las heridas se curan siempre y cuando reciban los cuidados y la atención que necesitan.
LA DINÁMICA DE LA RELACIÓN
John Gottman, psicólogo investigador, es uno de los mayores expertos en los mecanismos que hacen que una relación funcione.[1] Afirma que puede prever si una pareja va a romper o no con un 91 % de precisión basándose en una breve observación de cómo interactúan en situaciones conflictivas. La clave no es si la pareja tiene conflictos (enséñame una que no los tenga), sino cómo los tienen. Existen cuatro conductas problemáticas principales en los conflictos que indican que la relación está abocada al fracaso (lo que Gottman llama «los cuatro jinetes del Apocalipsis»). Son las siguientes, por orden de importancia: crítica, menosprecio, actitud defensiva y evasivas. Si una persona critica duramente a su pareja mientras discuten, muestra desagrado o menosprecio (ojos en blanco, sarcasmo, etcétera); si se pone abiertamente a la defensiva y culpa de los problemas al otro, o si responde con evasivas (ignorando a su pareja e impidiendo la comunicación), el pronóstico es fatal. Por suerte, Gottman también ha identificado factores que predicen relaciones felices y estables.[2] Si una pareja muestra algún tipo de emoción positiva durante un conflicto (una mirada cariñosa, un pequeño gesto de afecto, una disculpa, una risa), esas relaciones tienen muchas probabilidades de ser duraderas.
La compasión hacia uno mismo tiende a inspirar emociones positivas, no destructivas, durante los conflictos de pareja. Cuando nos molesta algo en una relación, la compasión nos permite aplacar la intensidad de nuestros sentimientos, lo que significa que estamos en mejor disposición de tomar las riendas de los cuatro jinetes. Resulta menos probable que seamos muy críticos, que mostremos menosprecio o que nos pongamos a la defensiva durante una discusión si experimentamos la seguridad emocional necesaria para identificar nuestro papel en la disputa. La compasión hacia uno mismo también proporciona la ecuanimidad necesaria para hablar de temas complicados, lo que significa que se reduce la actitud evasiva. La autocompasión suaviza el corazón, y así es más fácil entrar en contacto con el afecto que sentimos por nuestra pareja y expresar las emociones positivas durante los conflictos. Y dado que la compasión hacia nosotros mismos nos permite tomarnos nuestro ego menos en serio, a veces incluso podremos encontrar la parte humorística de nuestras reacciones exageradas.
Recuerdo que en una discusión con Rupert salieron de mi boca las palabras «¡Dame un respiro!», con el mismo tono de voz sarcástico de mi madre, que siempre dice esa frase cuando está enfadada. Rupert y yo nos miramos y empezamos a reír a carcajadas, reconociendo que a veces nos dejamos llevar por nuestros malos hábitos. Huelga decir que el conflicto fue mucho más fácil de resolver después.
Existe otra manera en que la compasión hacia uno mismo sirve de ayuda en situaciones conflictivas. Por lo general, las peleas de pareja se deben a que los dos quieren validar su punto de vista al mismo tiempo. Si yo hablo de cómo veo un problema de relación y Rupert no reconoce cómo me siento y se limita a exponer su punto de vista, diferente al mío, no me sentiré escuchada. Digamos que estoy molesta porque Rupert ha salido tres fines de semana seguidos a cabalgar con sus amigos (los caballos son su pasión) y le pido que el fin de semana siguiente no salga porque quiero pasar más tiempo con él. En lugar de reconocer que estoy molesta, me explica su punto de vista. «Pero tú sabes que me encanta montar. No estás siendo muy generosa. Y además ahora hace un tiempo ideal para salir a caballo.» Siento que Rupert no se ha tomado en serio mis sentimientos, y mi reacción empieza a ser más extrema, como si dijese: «¿Ves? ¡Es normal que me sienta así!». Por ejemplo, podría decir: «¡Pero ya nunca estamos los tres juntos!» (aunque en realidad salimos una semana entera los tres juntos el mes pasado). Esto provoca que Rupert intensifique su posición: «Siempre exageras. ¡Y nunca tienes en cuenta lo que quiero o lo que necesito!». El tono de ira y de culpabilización, por parte de ambos, hace que nos cueste todavía más llegar a un punto de comprensión mutua.
El sabio consejo de los asesores de pareja es que cada uno debe validar las emociones del otro antes de plantear su punto de vista. «Sé que te encanta montar y que quieres aprovechar todo lo que puedas antes de que empiece el calor, pero me siento sola cuando no estás y me gustaría pasar más tiempo contigo el próximo fin de semana.» O «Entiendo que te sientas abandonada cuando me paso el fin de semana fuera con mis amigos, pero es muy importante para mí y no saldré tanto cuando empiece a hacer calor». A veces, sin embargo, en el fragor de la batalla, resulta difícil romper con las propias reacciones para escuchar realmente a la pareja y validar sus emociones. Si espero que mi pareja me dé lo que necesito y él espera lo mismo de mí, podríamos quedarnos esperando los dos mucho tiempo. Y es aquí donde la compasión hacia uno mismo puede ayudarnos.
Si puedes validar tus propios sentimientos con compasión, recordándote con cariño que es natural sentirte como te sientes, no tendrás que hablar cada vez más alto para sentirte escuchado. Puedes decirte lo que realmente deseas escuchar en ese momento («Lamento mucho que te sientas herido y frustrado ahora mismo. ¿Cómo puedo ayudarte?»). Después, cuando empieces a sentirte aceptado y querido, podrás escuchar lo que te dice tu pareja y ver las cosas desde su punto de vista. Añadiréis menos leña al fuego y el conflicto, seguramente, empezará a enfriarse.
LOS BENEFICIOS DE LA COMPASIÓN HACIA UNO MISMO EN LAS RELACIONES
Las investigaciones demuestran que la autocompasión mejora notablemente la calidad de las relaciones amorosas. Recientemente llevamos a cabo un estudio con más de cien parejas. Medimos el nivel de compasión hacia sí mismos de cada uno de sus integrantes y les pedimos que nos dijesen hasta qué punto se sentían felices y satisfechos con su relación.[3] También pedimos a cada participante que describiese el comportamiento de su pareja dentro de la relación. ¿Cariñoso y sensible o controlador y exigente? ¿Se enfadaba a la más mínima o era capaz de mantener una conversación tranquila? El estudio nos permitió comprobar si las personas muy compasivas consigo mismas tenían mejores relaciones de pareja y si se describían como parejas más cariñosas, atentas y consideradas.
También evaluamos los niveles de autoestima de los participantes, pero no pensamos que las personas con la autoestima alta tuviesen mejores relaciones que las que carecen de autoestima. A menudo nos enfadamos, sentimos celos y nos ponemos a la defensiva cuando sentimos que nuestra autoestima es amenazada por nuestra pareja, un patrón que provoca numerosos problemas de relación.[4] Cuando la autoestima se manifiesta en forma de narcisismo, además, suele ir acompañada de egoísmo y falta de seriedad en las relaciones amorosas (y no son precisamente los ingredientes ideales para una felicidad duradera).[5]
Los resultados de nuestro estudio indicaron que las personas compasivas consigo mismas tenían relaciones de pareja más felices y satisfactorias que las que carecían de compasión. Ello se debe en gran parte a que los participantes autocompasivos fueron descritos por sus parejas como personas más tolerantes e imparciales. En lugar de intentar cambiar a sus parejas, las personas compasivas consigo mismas tienden a respetar las opiniones del otro y a considerar sus puntos de vista. Además, fueron descritas como más cariñosas, atentas, afectuosas, cercanas y dispuestas a hablar de los problemas de relación que las personas carentes de autocompasión. Al mismo tiempo, los hombres y las mujeres compasivos fueron descritos como personas que dan más libertad y autonomía a sus parejas, que las animan a tomar sus propias decisiones y a seguir sus propios intereses. Por el contrario, las personas faltas de autocompasión se describieron como menos cariñosas y más críticas con sus parejas, más controladoras, que intentan dar órdenes y dominar. Y más egoístas, con el deseo inflexible de que todo se haga según sus deseos.
Conviene mencionar que la autoestima alta no parece afectar demasiado a las parejas. En el estudio, la autoestima no se asoció con relaciones más felices y sanas, y los participantes con la autoestima alta no fueron descritos por sus parejas como personas más tolerantes, cariñosas o atentas en sus relaciones que las que carecían de autoestima. En otras palabras, los resultados de nuestro estudio sugieren que la compasión hacia uno mismo desempeña un importante papel en el buen funcionamiento de las relaciones, pero también que la autoestima alta no necesariamente ayuda. La compasión fomenta sentimientos de reciprocidad en las relaciones, de manera que las necesidades de ambos integrantes de una pareja son equilibradas e integradas. La autoestima, por su parte, se centra más en el ego y magnifica el sentimiento de separación y competencia entre las necesidades de cada uno de los miembros de la pareja.
Para disfrutar del tipo de relación cercana y conectada que todos deseamos vivir con los demás, primero hay que sentirse cercano y conectado con uno mismo. Si te muestras cariñoso y comprensivo cuando te enfrentas a las limitaciones que supone el hecho de ser humano, tendrás los recursos emocionales necesarios para actuar de manera cariñosa y comprensiva con la persona a la que quieres. Al satisfacer tus propias necesidades de amor y aceptación, sentirás menos carencias y no serás tan dependiente. Y si aceptas que ni tú ni tu relación sois perfectos, podrás disfrutarla tal como es en lugar de compararla con lo que se supone que debe ser una relación de pareja (el cuento de hadas en el que Cenicienta conoce a un príncipe encantador no existe en la vida real; además, sería demasiado unidimensional para mantener el interés de nadie durante mucho tiempo). La compasión hacia uno mismo acepta la imperfección con amor y proporciona el terreno fértil necesario para que el amor florezca.
MI HISTORIA: «Y PROMETO AYUDARTE A TENER COMPASIÓN HACIA TI MISMO».
Como ya he mencionado, cuando Rupert y yo nos casamos incluimos en nuestros votos la promesa de ayudarnos a ser más compasivos con nosotros mismos. No era una promesa vacía, sino un compromiso hacia una manera de ser respecto a nosotros mismos y con el otro que transformó radicalmente nuestra relación. Además, emprendimos algunos pasos concretos para ayudarnos a ser más compasivos a la hora de relacionarnos entre nosotros. Una práctica que nos resultó especialmente eficaz fue la de realizar «pausas de autocompasión» durante las discusiones. Estas pausas nos aportan un espacio en el que no solo podemos calmarnos, sino que además nos permiten sentir autocompasión por la difícil situación en la que nos hemos metido. Esta práctica resulta útil por diversas razones. Entre otras cosas, nos ayuda a consolar a nuestros egos dañados, una herramienta útil si tenemos en cuenta que muchas de las peleas de pareja surgen de la necesidad de proteger la autoestima.
Veamos un ejemplo típico. En una ocasión, Rupert se enfadó conmigo porque no paraba de interrumpir una conversación que estaba teniendo con un amigo. Fue cuando el gobierno británico propuso prohibir la caza del zorro (cosa que finalmente se hizo en 2004). Rupert, gran amante de los caballos, creció con ese deporte. Y yo soy vegetariana. Huelga decir que teníamos opiniones muy distintas sobre la naturaleza ética de galopar por el campo siguiendo a unos perros cazadores que a su vez persiguen a un zorro. El problema no era que yo expresara mi opinión, sino que no dejaba de cortar a Rupert en medio de cada frase y eso le impedía expresar adecuadamente su punto de vista. Cuando su amigo se marchó, Rupert me reprendió con delicadeza por haberme metido en su conversación. En lugar de disculparme con elegancia, sugerí que la opinión de Rupert sobre la caza del zorro era estúpida y tenía que corregirla. Ahora me doy cuenta de que estaba demasiado avergonzada para admitir que no había obrado bien al interrumpirle continuamente, aunque creía que la caza del zorro era cruel. Así, para salvar mi autoestima, intenté llevar la conversación a un terreno más personal: que yo tenía razón y Rupert estaba equivocado. Por supuesto, esto solo empeoró las cosas, ya que para entonces Rupert tenía la doble mala suerte de sentirse humillado delante de su amigo e insultado por su mujer. A partir de ese punto, las cosas empezaron a calentarse.
Por suerte, antes de perder el control por completo, conseguí gritar «¡Pausa de autocompasión!» entre el intercambio de «disparos». Nos tomamos unos minutos para cerrar los ojos y dedicarnos compasión a nosotros mismos. Me di cuenta de que era humano que desease expresar mi opinión sobre un tema que me encendía. No pretendía callar la boca a Rupert, solo me había dejado llevar por mi entusiasmo. Cuando mi postura defensiva se suavizó y me perdonó por pasarme de la raya, pude pedir disculpas a mi marido. «¿Sabes? Tienes razón. Ha sido de muy mala educación por mi parte cortarte continuamente, debe de haber sido muy frustrante para ti. Lo siento. Aunque no esté de acuerdo con tu opinión, para ser justos, has hecho algunos comentarios muy válidos que no estaba dispuesta a considerar.»
Rupert, por su parte, se dedicó compasión hacia sí mismo por lo frustrado que se sentía. Cuando validé sus sentimientos y su punto de vista, se sintió preparado para aceptar mis disculpas. Sintió que ya no tenía que seguir defendiéndose y estaba más receptivo después de calmarse y consolarse con su propia compasión. De hecho, admitió que muchas de mis observaciones también eran válidas. Acabamos enfrascados en una discusión muy interesante sobre las ventajas y desventajas de la caza del zorro. Parecía imposible, pero logramos un consenso considerable sobre el tema. Rupert dejó la caza del zorro aquel mismo año, pero no para contentarme. Su propio sentido de la compasión le permitió sentir más simpatía por el zorro que por la cultura en la que se había criado. Todavía practica saltos a caballo en el campo, pero sin el dilema moral de tener que cazar a un animal porque sí.
En ocasiones, cuando Rupert y yo tenemos una discusión, el tema va más allá de un ego herido o de un concepto moral abstracto como la validez o no de la caza del zorro. La mayoría de las personas desarrollan patrones de reacción en las relaciones que no sirven para nada, que surgen típicamente como respuesta a traumas de la infancia. Por ejemplo, yo llamo a mi patrón «niña herida». Dado que me sentí abandonada por mi padre a una edad muy temprana, los sentimientos de dolor y abandono acuden a mí con facilidad en mis relaciones con los hombres. Ese patrón fue especialmente intenso en los primeros años de mi relación con Rupert. Como ya he mencionado, conocí a Rupert mientras investigaba en la India. Él se dedicaba a escribir guías de viajes y estaba recopilando información para un libro sobre el sur de la India. Después de casarnos, Rupert trabajó principalmente escribiendo artículos para revistas de viajes. Aunque sabía que el trabajo de Rupert exigía que pasase mucho tiempo fuera de casa, a veces seguía comportándome como si fuese a abandonarme cuando tenía que salir de viaje. Ponía mala cara cuando se marchaba y seguía con mala cara a su regreso. El sentimiento de dolor y abandono daba color a cada una de mis expresiones.
Por su parte, Rupert llama a su patrón de la infancia «niño tratado injustamente». Gran parte del dolor de su primera infancia se debe a que los profesores del colegio privado al que asistió le trataban con mucha dureza, los mismos que se suponía que debían preocuparse por sus intereses. Cuando obtenía una mala nota en matemáticas, por ejemplo, le humillaban delante de todos y le obligaban a dejar su curso favorito de historia (un tema que se le daba estupendamente) como castigo. Además de la persecución de los profesores tuvo que soportar el acoso por parte de otros niños, que habían recibido el mensaje de que no pasaba nada por meterse con él. El estrés que le provocaba un trato tan injusto llegó a tal punto que sufrió una crisis nerviosa a los once años y se pasó tres meses en la cama. Cuando me hacía la ofendida cada vez que Rupert tenía que salir de viaje (lo cual hacía debido a su trabajo, necesario para mantenernos a los dos), en él se desencadenaba inmediatamente el botón de «¡es injusto!». En lugar de estar en disposición de mitigar mis inseguridades, Rupert se enfadaba y se molestaba conmigo. Desde su punto de vista, mis reacciones eran una crítica directa, y muy injusta porque él no había hecho nada malo. Sus sentimientos, como los míos, eran exagerados; y esas exageraciones surgían de un pozo de dolor mucho más profundo que el dolor de las circunstancias particulares que vivíamos en aquel momento.
Por suerte, y gracias a nuestro compromiso con la compasión hacia uno mismo, logramos liberarnos del yugo de las creencias aprendidas en nuestra infancia. Fue complicado porque nuestros patrones complementarios significaban que ambos teníamos tendencia a dejarnos llevar por su irracionalidad simultáneamente. A pesar de todo, y gracias a las ocasiones en que uno de los dos se acordaba de poner en marcha el proceso de compasión durante un conflicto, el motor que regía nuestras reacciones negativas empezó a perder potencia. Mi niña herida satisfacía sus necesidades sintiéndose querida y aceptada, y yo reconocía que en realidad Rupert no me estaba abandonando. El niño tratado injustamente de Rupert empezó a sentirse aliviado y él pudo dejar a un lado la ira y darse cuenta de que mis reacciones no eran en realidad una crítica personal. Cuando fuimos capaces de tratar nuestros patrones de la infancia con compasión, pudimos centrarnos en lo que ocurría realmente aquí y ahora, y nuestro conflicto se solucionaba más fácilmente. Nuestra promesa de ayudarnos a ser más compasivos con nosotros mismos es una de las mejores cosas que hemos hecho jamás.
EJERCICIO 2
Haz una pausa de compasión
La próxima vez que te veas envuelto en una discusión acalorada con tu pareja, prueba a hacer una pausa de compasión. Es mejor que lo hayáis pactado previamente, pero incluso si tu pareja no está al tanto, tomarse un «descanso» para brindarte compasión durante un conflicto puede resultar muy útil. Lo más difícil es reunir la conciencia suficiente para acordarse de realizar la pausa. Nos metemos tanto en lo que ha provocado el conflicto que en nuestra conciencia no cabe nada más. Con la práctica, sin embargo, podrás utilizar el dolor que implica un conflicto para recordarte que lo que necesitas en ese momento es compasión hacia ti mismo.
Durante la pausa deberías ir a un lugar en el que puedas estar solo durante unos minutos (si es necesario, vale el cuarto de baño). Lo primero es aparcar un momento el tema de la discusión. Tu tarea ahora consiste en calmarte validando tus emociones. Dedícate estas palabras: «Esto es muy difícil en este preciso momento» (una vez más, es muy probable que tu mantra de compasión te ayude en esta situación). Cuando surge un conflicto, una de las principales causas del sufrimiento es que cada uno intenta exponer su punto de vista con tanta fuerza que el otro no se siente escuchado o validado. Además, los dos miembros de la pareja sienten que el otro no les quiere y les rechaza debido al tono de enfado que se utiliza. Por tanto, empieza por escucharte y validarte. Acéptate y quiérete. Esto te ayudará a restar fuerza a tu reacción emocional y a adoptar un estado mental más calmado.
Cuando termine la pausa, podrás interactuar con tu pareja de manera más constructiva. Si puedes, intenta expresar al menos una emoción positiva: una risa, una sonrisa, una palabra amable o una afirmación que comunique que entiendes lo que tu pareja te está diciendo. Esto ayuda a cambiar la dinámica del conflicto y a transformarlo en una discusión positiva.
La compasión hacia uno mismo aporta una enorme fuerza a las relaciones de pareja. Cuando dejamos de depender de nuestra pareja para satisfacer todas nuestras necesidades emocionales (dándonos el amor y la aceptación que deseamos), nos convertimos en personas menos dependientes y exigentes. Cuando recordamos que somos humanos, podemos admitir nuestros errores y hablar con más calma y claridad. Y al ser amables y cálidos con nosotros mismos ocupamos un mejor espacio emocional para la relación.
COMPASIÓN HACIA UNO MISMO EN LA CAMA
La compasión hacia uno mismo no solo fomenta una relación satisfactoria y que da validez a los dos miembros de la pareja; también puede mejorar nuestra vida sexual. Un extra. El sexo es una maravillosa manera de sentir la vida, la pasión y la conexión. Y una de las actividades más placenteras de los adultos. Por tanto, ¿por qué la sociedad muestra tantos recelos con el sexo? Aunque hay imágenes sexuales por todas partes, a la gente le cuesta mucho hablar de sexo de manera abierta y honesta. La sexualidad puede llegar a provocar una gran vergüenza, sobre todo entre las mujeres. Incluso para las nacidas después de la revolución sexual de los años sesenta, la sociedad envía el mensaje de que el valor y la autoestima de una mujer radican en su capacidad de mantenerse sexualmente pura. A la mujer que disfruta abiertamente del sexo y (Dios me perdone) a la que le gusta practicarlo a menudo se la llama..., bueno, ya lo sabes.
Por supuesto, las cosas no están tan mal como antes. A las mujeres ya no se les exige que sean vírgenes hasta el matrimonio, pero el doble rasero todavía existe. Los hombres que tienen numerosas parejas sexuales reciben el apelativo elogioso de «machote», por ejemplo; a las mujeres se las critica exactamente por lo mismo. Existen pocos ejemplos de mujeres que estén orgullosas de su sexualidad y que no pidan disculpas por ello. El personaje de Samantha en Sexo en Nueva York es uno de ellos. ¿Cuál es su punto de vista acerca del hecho de tener sexo con un hombre al que acaba de conocer? «No juegues a hacerte la interesante con un hombre difícil de conseguir.» Samantha resulta tan divertida porque es lo suficientemente valiente para pasarlo bien con algo que normalmente provoca desaprobación.
Por otro lado, una mujer que tiene sexo con un hombre en su primera cita básicamente porque desea gustarle, no porque esto refleje su auténtica sexualidad, en realidad se está quitando valor. Si una mujer basa su valía personal en los silbidos que acumula mientras se pasea con sus tacones de aguja (Jimmy Choos o no), se está vendiendo a la baja porque su autoestima depende de cómo la ve el mundo exterior en lugar de proceder de su interior. Utilizar el sexo para conseguir autoestima puede llevar a tomar decisiones poco acertadas sobre los compañeros sexuales, además del riesgo de ser emocionalmente vulnerable. «¿Por qué no me ha vuelto a llamar? ¿No le he parecido suficientemente buena?»
Las adolescentes se enfrentan a un reto especialmente abrumador cuando se trata de la sexualidad y la valía personal. Por un lado, la adolescencia está cada vez más sexualizada en nuestra sociedad. Si paseas por cualquier gran centro comercial verás montones de chicas que exhiben las tiras del tanga por encima de sus vaqueros de talle bajo y sus sujetadores push-up bajo camisetas finas como el papel. Y no solo las adolescentes. Según Diane Levin y Jean Kilbourne, autoras de So Sexy, So Soon, incluso las preadolescentes llevan minifaldas, tanga y sujetadores con relleno. ¿Cuál es el mensaje? Que tu valor radica en lo que tienes, y si lo tienes, exhíbelo ostentosamente. La música que escuchan los jóvenes refuerza la noción de que las chicas son principalmente objetos sexuales. Aproximadamente dos tercios de las canciones populares que tratan del sexo tienen letras degradantes para la mujer.[6] Como esta de Ying Yang Twins: «Dicen que una boca cerrada no se alimenta. Así que no me importa pedir sexo oral. Ya me has oído, tenemos que ir a la cama». El adolescente medio escucha alrededor de dos horas y media de música al día.
Para algunas mujeres jóvenes, el sexo en sí mismo está perdiendo significado. En Unhooked, Laura Sessions Stepp documenta que los «rollos» son la norma en muchos institutos y campus universitarios, y que ya no se considera guay querer sexo en el contexto de una relación emocionalmente estable y prolongada. Como reacción a la misoginia galopante, algunas chicas reaccionan «pagando en especies». Esto afirmaba una joven: «A veces solo quieres follártelos antes de que ellos se te follen a ti». Stepp narra la historia de una chica llamada Nicole que tuvo sexo con un chico en su habitación después de que este le enviase un mensaje para pedirle que fuese a su casa. «Unas horas más tarde, cuando ella se preparaba para marcharse, él le preguntó: “¿Qué hacemos con esto”... “Nada —respondió ella—. He conseguido lo que quería”.»[7]
Al tiempo que las normas sexuales parecen relajarse, se produce la tendencia contraria. En Estados Unidos, muchas jóvenes del centro comercial ataviadas con botas altas y tops sin tirantes también lucen «anillos de pureza». Casi una cuarta parte de las adolescentes (y una sexta parte de los chicos adolescentes) realizan la promesa de mantenerse vírgenes hasta el matrimonio.[8] Algunos han explotado el concepto de la virginidad, como Britney Spears, Jessica Simpson o Brooke Shields. Estas famosas se hicieron populares en su juventud por mostrar gran parte de su anatomía, posando provocativamente para las cámaras, al tiempo que se deshacían en elogios sobre la importancia de la castidad. Estos mensajes confusos sobre el sexo tienen sus consecuencias. Varios estudios a gran escala demuestran que los jóvenes que se comprometen a mantenerse vírgenes tienen tantas probabilidades de practicar sexo antes del matrimonio como los que no realizan la promesa, pero menos de utilizar el preservativo y más de practicar sexo anal y oral[9] (como si estas formas de sexo no contasen para las estadísticas).
No es de extrañar que las chicas y las mujeres en la sociedad actual tengan tantas dificultades para relacionarse con su sexualidad de una manera sana. Nos empujan a avergonzarnos por ser demasiado sexuales o por no ser suficientemente sexuales.
La compasión hacia nosotros mismos puede ayudarnos a desarrollar una manera más sana y auténtica de relacionarnos con el sexo. En primer lugar, y lo más importante, si somos comprensivos y positivos respecto a nuestra sexualidad (sea cual sea la forma que adopte), podremos dejar de ser víctimas de la vergüenza. No tenemos que juzgarnos a nosotros mismos en función de las ambiguas normas sexuales de la sociedad. Algunas personas son heterosexuales, otras homosexuales, otras bisexuales... Hay quien quiere practicar sexo a todas horas, y hay quien solo ocasionalmente. Algunas personas deciden mantenerse vírgenes hasta el matrimonio y otras no. Hay personas que mantienen el celibato de por vida, otras son monógamas, otras monógamas en serie, otras polígamas. Algunas parejas casadas son básicamente platónicas y no practican sexo. No hay nada correcto o incorrecto cuando se trata de sexo; solo importa lo que es sano o no para cada individuo o pareja. Si negamos nuestra naturaleza humana (y el deseo sexual es una parte muy importante de ella, innegablemente), no tendremos relaciones sexuales sanas. Y, por tanto, tampoco tendremos relaciones de pareja sanas. El bienestar no puede basarse en una mentira.
En cambio, cuando somos compasivos con nosotros mismos, cuando nos preocupamos por nosotros y nos cuidamos, podemos empezar a dejar atrás las definiciones limitadoras de la sociedad sobre cómo se supone que deben ser sexualmente los hombres y las mujeres. Podemos empezar a querernos y a aceptarnos exactamente tal como somos y expresar nuestra sexualidad de la manera que más nos satisfaga. David Nimmons afirma en The Soul Beneath the Skin: The Unseen Hearts and Habits of Gay Men, que los hombres homosexuales probablemente son los más liberados en este tema. Dado que han tenido que ir en contra de las convenciones sociales, tienen más probabilidades de encontrar apoyo en sus comunidades para disfrutar de la autenticidad social en cualquiera de sus formas.
Lo más importante es celebrar la vitalidad apasionada que se produce cuando dos almas se unen. Lo que está bien para una persona puede no estarlo para otra, así que no es razonable esperar que todos sigamos un único patrón de sexualidad «aceptable». Nuestras decisiones sexuales deben surgir de nuestro deseo interior de felicidad, no de la presión para amoldarnos a una forma determinada y obtener la aprobación social, o incluso la aprobación de nuestra pareja.
EJERCICIO 3
Dejar atrás la vergüenza sexual
Observa tu yo sexual de cerca, con honestidad. ¿Aceptas plenamente tus sentimientos sexuales, sean los que sean? ¿Hay algo que te avergüenza, o por lo que te juzgas? En primer lugar, dedícate compasión por las autocríticas. Toma conciencia de que casi todas las personas tienen pensamientos y sentimientos sexuales que les avergüenzan y siente compasión por ese aspecto compartido de la experiencia humana. Intenta liberarte de la culpa y siente compasión por la dificultad de ser un ser sexual en nuestra sociedad sexualmente conflictiva y confusa.
A continuación, pregúntate si tus sentimientos negativos acerca de tu sexualidad se deben al hecho de que te estás haciendo daño de algún modo, o si responden principalmente a las convenciones sociales. ¿Te sientes avergonzado porque la cultura dominante dice que no eres como deberías ser? ¿O sientes que tu sexualidad esconde algún aspecto poco sano, que te estás dañando o estás perjudicando a otra persona dejándote llevar por la urgencia sexual y después lamentándolo? Mientras piensas en tu yo sexual, intenta determinar qué es auténtico para ti. Recuerda que todos los seres humanos somos distintos sexualmente, pero hay algo que todos compartimos: la mayoría de nosotros sufrimos en algún momento de nuestras vidas porque nuestra sexualidad entra en conflicto con los dictados de la sociedad. Si quieres introducir algún cambio en tu vida sexual, asegúrate de que tus decisiones respondan a tu deseo de ser una persona sana y feliz. La sexualidad auténtica significa que aceptas y validas todos tus sentimientos sexuales, y satisfaces tus deseos de una manera que te permite crecer y avanzar.
Cuando nos aceptamos a nosotros mismos, nuestro cuerpo y nuestra sexualidad con cariño, también estamos favoreciendo directamente nuestra receptividad sexual. Aunque se trata de un nuevo campo de investigación, algunos estudios sugieren que las mujeres compasivas consigo mismas están más en contacto con sus cuerpos. Un estudio ofreció a un grupo de estudiantes universitarias un curso de formación en mindfulness de quince semanas, y al resto de chicas, un grupo de control.[10] Los investigadores descubrieron que el grupo de mindfulness incrementó sus niveles de autocompasión en comparación con las otras chicas (un hallazgo que se repite en otra investigación). No obstante, los resultados también demostraron que el aumento de la compasión hacia sí mismas se asociaba con un reconocimiento más rápido de los sentimientos sexuales. Ante una serie de imágenes eróticas, las mujeres compasivas reconocieron con menos reparos que se habían excitado. Esto sugiere que la compasión hacia uno mismo puede ayudar a las mujeres a conectar más con sus cuerpos y a sentirse más cómodas con su sexualidad.
La compasión hacia uno mismo también puede mejorar nuestra vida sexual de otra manera: curando las heridas de la infancia que se cuelan en nuestro dormitorio. De nuevo, el tema puede resultar especialmente importante para las mujeres. Dado que la mitad de los matrimonios terminan en divorcio, y que la mayoría de los niños de padres divorciados se crían solo con sus madres, muchas niñas se ven privadas del amor y la atención de sus padres. El patrón de la «niña herida» provocado por esa privación resulta muy común, y sé que no soy la única que lo ha sufrido. También sé que ese patrón puede interferir en la intimidad sexual. Dado que el sexo nos abre psicológica y espiritualmente, también tiende a abrir viejas heridas relacionadas con no sentirse suficientemente querido. Eso provoca un sentimiento de desamparo y necesidad de ser validado que resulta tan sexy como una manta fría y húmeda.
MI HISTORIA: CURACIÓN SEXUAL
Recuerdo que al principio de mi relación con Rupert a veces pasaba inexplicablemente de ser una diosa del sexo a la niña herida, y de los suspiros de pasión a los sollozos de tristeza sin previo aviso. Para Rupert era, como mínimo, desconcertante. Era como si al recibir el amor y la intimidad que siempre había deseado pudiese dejar entrar en la conciencia mis viejos patrones de falta de amor y de rechazo. Debido a nuestro compromiso con la compasión hacia nosotros mismos, intentamos aprovechar esas ocasiones como oportunidades de curación. En lugar de avergonzarme por mi conducta abiertamente asexual, y gracias al apoyo de Rupert, fui capaz de centrarme en el sufrimiento que estaba experimentando en ese momento y en el deseo de aliviar aquel sufrimiento. Los dos concentrábamos toda nuestra atención en calmar las emociones de mi yo herido con compasión por las profundas heridas que todavía tenía en mi psique. Durante una etapa de varios meses ocurrió con frecuencia, y Rupert siempre me brindó todo su apoyo.
Lo que ocurrió puede parecer extraño, y es posible interpretarlo a un nivel metafórico, pero mientras nos concentramos en curar a la «niña herida» cuando hacíamos el amor, era como si también estuviésemos curando las heridas de innumerables mujeres que habían pasado por algo parecido antes que yo. Tenía imágenes mentales muy claras de mujeres atravesando mi cuerpo y liberándose, y me sentía en profundo contacto con el dolor causado a las mujeres a lo largo de la historia. Reprimidas, eliminadas, utilizadas, violadas, infravaloradas, desautorizadas y abandonadas: eran muchas las almas que necesitaban curación. Cuando nos centramos en liberar a esas almas heridas, Rupert y yo entramos en una especie de trance y transformamos el sufrimiento (el mío y el de tantas otras mujeres) con el poder de la compasión. Después de unos meses dedicando nuestros encuentros sexuales a esas sesiones, dejé de ver mentalmente las imágenes de mujeres heridas. El ciclo parecía haber llegado a su fin, la curación estaba completa. Y, sorprendentemente, la niña herida nunca volvió a aparecer por el dormitorio, ya que ahora sabía que era y es querida. Por suerte, a la diosa del sexo todavía le gusta hacer acto de presencia de vez en cuando.
Notas y Referencias del Capítulo:
- [1] 1 . John Gottman, The Marriage Clinic: A Scientifically Based Marital Therapy , Nueva York, Norton Press, 1999.
- [2] 2 . John Gottman y otros, «Predicting Marital Happiness and Stability from Newly Wed Interactions», Journal of Marriage and the Family , 60, 1998, págs. 5-22.
- [3] 3 . Kristin D. Neff y S. Natasha Beretvas, The Role of Self-Compassion in Healthy Relationship Interactions (entregado para su publicación).
- [4] 4 . Steven R. H. Beach y otros, «Self-Evaluation Maintenance in Marriage: Toward a Performance Ecology of the Marital Relationship», Journal of Family Psychology , 10, 1996, págs. 379-396.
- [5] 5 . W. Keith Campbell, Craig A. Foster y Eli J. Finkel, «Does SelfLove Lead to Love for Others? A Story of Narcissistic Game Playing», Journal of Personality and Social Psychology , 83, 2002, págs. 340-354.
- [6] 6 . Brian A. Primack y otros, «Degrading and Nondegrading Sex in Popular Music: A Content Analysis», Public Health Reports , 123, 2008, págs. 593-600.
- [7] 7 . Laura S. Stepp, Unhooked: How Young Women Pursue Sex, Delay Love, and Lose at Both , Nueva York, Riverhead Books, 2007.
- [8] 8 . Peter S. Bearman y Hannah Brückner, «Promising the Future: Virginity Pledges and First Intercourse», American Journal of Sociology , 106, 2001, págs. 859-912.
- [9] 9 . Janet E. Rosenbaum, «Patient Teenagers? A Comparison of the Sexual Behavior of Virginity Pledgers and Matched Nonpledgers», Pediatrics , 123, 2009, págs. 110-120.
- [10] 10 . R. Gina Silverstein y Willoughby B. Britton, «Get Out of Your Mind and Into Your Body: The Role of Mindfulness in the Treatment of Female Sexual Dysfunction», presentado en el VI Congreso Mundial de Terapias Conductuales y Cognitivas, Boston, Massachusetts, junio de 2010.