Capítulo 7: Abandonar el juego de la autoestima - Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo
By Kristin Neff
No te tomes demasiado en serio el ego. Cuando detectes la presencia del ego en ti mismo, sonríe. A veces, hasta puedes reírte. ¿Cómo ha podido la humanidad estar dominada por esto durante tanto tiempo?
ECKHART TOLLE, Un nuevo mundo, ahora: encuentra el propósito de tu vida
La idea de que necesitamos tener una autoestima alta para estar psicológicamente sanos está tan extendida en la cultura occidental que mucha gente siente terror de que algo pueda hacerla peligrar. Nos dicen que debemos pensar de manera positiva sobre nosotros mismos a toda costa. Los profesores entregan estrellas doradas a los alumnos para que se sientan orgullosos y especiales. La autoestima alta se representa como un gran tesoro que todos debemos conseguir, un bien preciado que tenemos que obtener y proteger.
Es cierto que las personas con una autoestima alta tienden a ser más alegres, afirman tener muchos amigos y se sienten motivadas, mientras que las personas con una autoestima baja son solitarias y sufren de ansiedad y depresión. Las personas con la autoestima alta son optimistas y creen que el mundo está a sus pies. Las que tienen la autoestima baja casi no pueden atarse los zapatos por la mañana. La idea es que la autoestima provoca esos resultados. La fe casi religiosa que depositamos en el poder de la autoestima para gozar de una buena salud mental ha traído consigo un aluvión de cursos sobre autoestima en colegios, centros cívicos y centros de salud mental. En 1986, el estado de California presentó su programa Task Force on Self-Esteem and Personal and Social Responsibility, con un presupuesto anual de 250.000 dólares. Los motivos alegados fueron que si mejoraba la autoestima de los niños de California, se paliarían problemas como el acoso escolar, la delincuencia, los embarazos adolescentes, el consumo de drogas y el fracaso escolar. Incluso se afirmó que invertir en la autoestima de los niños compensaría en forma de ingresos por impuestos a largo plazo, ya que las personas con la autoestima alta tienden a ganar más dinero que las que la tienen baja. Multitud de revistas femeninas han pregonado los beneficios de la autoestima alta, y se han escrito miles de libros sobre cómo conseguirla, mejorarla o conservarla.
EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR
La fascinación por la autoestima alta ha recibido el apoyo de los psicólogos durante mucho tiempo. Se han publicado más de quince mil artículos académicos sobre el tema. Sin embargo, en los últimos tiempos los psicólogos han empezado a cuestionarse si la autoestima alta es realmente la panacea que todos habían pensado. Los informes sobre la eficacia de la iniciativa californiana para fomentar la autoestima, por ejemplo, sugieren que fue un completo fracaso. Apenas se consiguió ninguno de los resultados esperados. Por supuesto, eso no impidió que la Task Force concluyese que «la autoestima reducida aparece como una poderosa variable independiente (condición, causa, factor) en la génesis de problemas sociales importantes.[1] Todos sabemos que esto es cierto, y en realidad no es necesario crear un grupo de trabajo especial sobre el tema para convencernos de ello». En otras palabras, sabemos que la autoestima funciona aunque los datos de que disponemos digan que no; por tanto, no deberíamos habernos molestado en intentar demostrar lo que era evidente desde el principio. Como comentó el humorista Will Rogers en una ocasión: «Yo no cuento chistes. Solo observo al gobierno y explico los hechos».
En un influyente artículo de investigación sobre la autoestima se concluye que la autoestima alta en realidad no mejora el rendimiento escolar o laboral, ni tampoco la capacidad de liderazgo, ni evita que los niños fumen, beban, tomen drogas y empiecen a practicar sexo demasiado pronto.[2] En todo caso, la autoestima elevada parece ser la consecuencia más que la causa de una conducta saludable. El informe, además, cuestiona la idea de que los acosadores actúan como lo hacen porque tienen una baja autoestima. De hecho, los acosadores tienden a tener una autoestima tan alta como la de cualquier persona. Meterse con los demás es una de sus principales maneras de sentirse fuertes y superiores. Las personas con la autoestima alta tienden a ser exclusivistas; en general, prefieren a los miembros de los grupos cerrados a los que pertenecen. Así, la investigación demuestra que las personas con una autoestima alta tienen tantos prejuicios, si no más, que las que no se gustan a sí mismas. Además, las personas con una autoestima alta manifiestan conductas socialmente no deseables, como copiar en los exámenes, con la misma frecuencia que las personas con falta de autoestima.
Y cuando las personas con la autoestima alta se sienten insultadas acostumbran a increpar a los demás. En un estudio, por ejemplo, se informó a un grupo de universitarios que sus resultados en un test de inteligencia estaban por debajo de la media.[3] Los que tenían una autoestima alta compensaron la mala noticia insultando y menospreciando a los otros participantes. Los que tenían una baja autoestima, por otro lado, reaccionaron con más amabilidad y felicitaron a los otros participantes con el fin de parecer más agradables. ¿Con quién preferirías relacionarte cuando se distribuyan los informes anuales de rendimiento en el trabajo?
DE TODOS MODOS, ¿QUÉ ES LA AUTOESTIMA?
Antes de continuar conviene examinar más de cerca en qué consiste realmente la autoestima. En el fondo, la autoestima es una valoración de nuestro mérito, una creencia de que somos personas buenas y valiosas. William James, uno de los padres fundadores de la psicología occidental, afirmó que la autoestima es un producto de la «competencia percibida en términos de importancia».[4] Esto significa que la autoestima deriva de pensar que somos buenos en cosas que tienen un significado personal para nosotros. Yo puedo ser muy buena jugando a las damas y un desastre en ajedrez, pero eso solo influirá en mi autoestima si valoro el hecho de ser buena en las damas o en el ajedrez. La dinámica que James identificó sugiere que existen dos vías principales para aumentar nuestra autoestima.
Un enfoque consiste en valorar las cosas que se nos dan bien y restar valor a aquellas que se nos dan mal. Un adolescente que juega muy bien a baloncesto y es un desastre en matemáticas podría decidir que el baloncesto es muy importante, mientras que las matemáticas no lo son. El problema potencial de este enfoque es que podemos menoscabar la importancia de aprender habilidades valiosas solo porque así nos sentimos mejor con nosotros mismos. Cuando un niño centra toda su energía en convertirse en un buen jugador de baloncesto y pasa por alto las matemáticas, está limitando sus oportunidades laborales en el futuro (algo que ocurre con demasiada frecuencia). En otras palabras, el deseo de conseguir una autoestima alta a corto plazo podría ser perjudicial para nuestro desarrollo a largo plazo.
La otra vía para aumentar nuestra autoestima consiste en incrementar nuestra competencia en aquellos campos que son importantes para nosotros. Por ejemplo, una mujer que valora tener el aspecto de una modelo podría intentar perder esos últimos siete kilos que le faltan para alcanzar el peso deseado. El problema es que a veces resulta contraproducente ese afán por mejorar. La mujer que intenta meterse en unos vaqueros de la talla 36 cuando en realidad no es delgada por naturaleza acabará sintiéndose hambrienta, frustrada y deprimida. Hubiese sido mejor que no diese tanta importancia al hecho de parecer una modelo en primera instancia (y, además, la mayoría de los hombres afirman que prefieren las curvas).
Charles Horton Cooley, un conocido sociólogo de principios del siglo XX, identificó otra fuente habitual de autoestima.[5] Propuso que los sentimientos de autoestima surgen del «yo espejo»; es decir, nuestra percepción de cómo nos ven los demás. Si creemos que los demás nos juzgan de manera positiva, nos sentiremos bien con nosotros mismos. Si creemos que los otros nos juzgan de manera negativa, nos sentiremos mal con nosotros mismos. La autoestima, en otras palabras, surge no solo de nuestros propios juicios, sino también de los juicios percibidos de los demás. Y debemos subrayar el término «percibidos».
Las investigaciones demuestran que la autoestima recibe más influencia de los juicios percibidos de desconocidos que de los amigos y la familia.[6] Piénsalo. Cuando tu madre te dice lo elegante o lo atractivo que eres, ¿hasta qué punto te tomas el comentario en serio? «Claro que mi madre diría eso; ¡es mi madre!» Tenemos tendencia a otorgar más peso a lo que «otros» sin nombre y cara piensan de nosotros (compañeros de trabajo, vecinos, compañeros de colegio, etcétera), que, se supone, son más objetivos. El gran vacío de este razonamiento es que el hilo del que pende nuestra autoestima es extremadamente fino. En primer lugar, dado que las personas que no nos conocen demasiado no están en disposición de realizar un juicio acertado sobre nosotros, ¿por qué deberíamos dejarnos influir por sus opiniones? En segundo lugar, ¿acaso conocemos sus opiniones?
Cuando iba a la universidad, me pasaba horas peinándome y maquillándome al estilo gótico cada vez que iba a un local nocturno de death-rock. Quería parecer «guay» ante los demás góticos. Sin embargo, siempre me sentía una farsante y pensaba que los demás me miraban mal. En general, tenía la autoestima baja respecto a mis pintas de rockera a pesar de todos mis esfuerzos de maquillaje y peluquería. Años más tarde, algunos amigos me dijeron que los demás pensaban que tenía un aspecto estupendo y que incluso intentaban imitarme. En otras palabras, mis percepciones sobre las percepciones de los demás eran erróneas. Y después de revisar las pruebas fotográficas, sus percepciones también me parecieron erróneas. Puedo decir definitivamente que el estilo gótico no era para mí.
Tenemos tendencia a pensar que solo los jóvenes caen presas de la presión del grupo y las inseguridades de este tipo, pero los adultos también nos sentimos bien o mal con nosotros mismos solo por una idea vaga e incoherente sobre cómo nos ven «los demás». Nuestra percepción de la realidad no solo se nubla significativamente sino que, además, nuestra obsesión por la impresión que causamos puede provocar un gran autoengaño.
ESPEJITO, ESPEJITO...
Las personas con la autoestima alta se describen a sí mismas como más agradables y atractivas, con mejores relaciones con los demás, que las personas con la autoestima baja. Los observadores objetivos, sin embargo, no necesariamente están de acuerdo. En un estudio, los investigadores examinaron cómo puntuaban los participantes (licenciados universitarios) sus habilidades interpersonales,[7] su capacidad para entablar nuevas relaciones, hablar y abrirse a los demás, gestionar los conflictos y proporcionar apoyo emocional. Los participantes con la autoestima alta afirmaron que poseían esas habilidades en abundancia. Según sus compañeros de habitación, sin embargo, sus habilidades interpersonales estaban (¡Dios no lo quiera!) dentro de la media. Estudios similares revelan que las personas con la autoestima alta tienen más confianza en su popularidad, mientras que las personas con la autoestima baja creen que no caen demasiado bien a los demás.[8] Sin embargo, lo habitual es que los demás tengan la misma opinión sobre las personas con la autoestima alta y las que la tienen baja. Lo que ocurre es que las que tienen la autoestima baja restan importancia a cómo los ven los demás, mientras que las que tienen la autoestima alta valoran en exceso la aprobación del prójimo. En otras palabras, la autoestima alta no tiene nada que ver con ser mejor persona, sino con pensar que se es mejor persona.
Robbie, el abuelo de mi marido, fue un granjero blanco y rico en Zimbabue que gestionaba sus plantaciones con mano de hierro. Tenía una elevada opinión de sí mismo y daba por sentado que los demás también. Recuerdo que, en una visita a Zimbabue, mientras el sirviente negro de Robbie (al que llamaba «amo») nos servía un té, este explicó una historia sobre sus empleados y su relación con ellos. Al final de su relato, Robbie adoptó un semblante melancólico y dijo: «La verdad, creo que les caigo bien...». No tenía ni la menor idea (o la había suprimido) de que sus trabajadores le obedecían ciegamente porque les aterraba perder sus puestos. Aunque Robbie no tenía amigos (se había alejado de casi toda su familia por su comportamiento tiránico), se aferró al autoengaño de ser querido y admirado hasta el día de su muerte. Por cierto: la muerte de Robbie fue repentina, solo unos días después de que Robert Mugabe declarase que iba a apropiarse de todas las granjas de blancos de Zimbabue. A lo mejor Robbie no quería vivir sin su principal fuente de autoestima.
Es cierto que la autoestima alta al menos reporta un beneficio tangible y nada desdeñable: felicidad. Cuando te gustas a ti mismo, tiendes a ser alegre; cuando no te gustas, tiendes a estar deprimido. Esos estados de ánimo dan color a nuestros sentimientos sobre nuestra vida en general. Cuando creemos que somos estupendos, la vida es estupenda; si no pensamos así, la vida es un asco. La felicidad es un importante elemento de una buena vida, y no cabe duda de que merece la pena cultivarla. Sin embargo, el precio que hay que pagar por la felicidad momentánea que aporta la autoestima alta puede ser muy caro.
EL ESTANQUE DE NARCISO
Los narcisistas tienen una autoestima extremadamente alta y se sienten felices casi siempre. Por supuesto, también tienen una concepción inflada y poco realista de su propio atractivo, competencia e inteligencia, y se sienten merecedores de un trato especial.
Narciso, el personaje mítico que da nombre al «narcisismo», era hijo de Cefiso, el dios de los ríos, y de la ninfa Liríope. Se enamoró de su propia imagen reflejada en un estanque hasta el punto de ser incapaz de apartarse del reflejo y acabó lanzándose al agua, donde murió. En la psicología moderna, el narcisismo se mide analizando las puntuaciones obtenidas en el inventario de personalidad narcisista,[9] que incluye afirmaciones como «Creo que soy una persona especial», «Me gusta mirarme en los espejos» y «Si yo gobernase el mundo, sería un lugar mejor». Las investigaciones afirman que las personas con puntuaciones altas en esa escala también demuestran una gran satisfacción con sus vidas. ¿A quién no le gustaría un espectáculo del que es protagonista?
Sin embargo, los narcisistas son presos de una trampa social.[10] Aunque desean que su grandeza personal despierte la admiración de los demás, y así ganar amigos y seguidores, la realidad es que con el tiempo acaban alejando a las personas. Es posible que al principio la confianza y las fanfarronadas de los narcisistas impresionen a los demás, pero al final esos mismos rasgos son una fuente de decepción. A casi nadie le gustan los narcisistas, y sus relaciones suelen fracasar. Resulta complicado sentirse entendido o satisfacer las necesidades personales cuando tu pareja es tan egocéntrica.
Muchas personas creen que los narcisistas, en el fondo, se odian a sí mismos y que su autoimagen inflada es solo una tapadera de su inseguridad. Esta idea ha penetrado en los medios de comunicación populares en Estados Unidos. En un debate sobre los problemas de jóvenes estrellas como Lindsay Lohan o Paris Hilton, por ejemplo, un comentarista de la televisión afirmó: «Tienen todo lo que se puede desear en la vida, han conseguido salir en televisión. Pero mientras tanto, una vocecita interior les dice: “No eres lo suficientemente buena. No eres lo bastante buena”». La cura para el narcisismo, por tanto, sería una autoestima más alta, pero las investigaciones demuestran que no es así. Los científicos han encontrado una manera de evaluar las actitudes inconscientes mediante el llamado Test de asociación implícita (TAI). Se trata de una prueba por ordenador que mide la rapidez con la que los participantes asocian las etiquetas «yo» y «yo no» con palabras positivas como «maravilloso» frente a otras negativas, como «horrible». Las personas que asocian rápidamente el «yo» con palabras positivas, pero tardan más en asociarlo con los términos negativos, tienen una autoestima implícita alta; el patrón contrario indica una autoestima implícita baja. Así, los narcisistas creen que son maravillosos tanto implícita como explícitamente.[11]
Cuando Paris Hilton afirmó «No hay nadie en el mundo como yo. Creo que cada década tiene un icono rubio, como Marilyn Monroe o la princesa Diana. Ahora mismo, ese icono soy yo», probablemente no lo hizo porque en el fondo se sienta insegura.[12] Intentar ayudar a un narcisista diciéndole que se quiera más resulta tan eficaz como arrojar gasolina al fuego.
La metáfora del fuego resulta muy acertada. Siempre y cuando reciban la atención y la admiración que creen merecer, los narcisistas se sienten en la cima del mundo. El problema surge cuando empiezan a perder su posición de superioridad. Cuando se enfrenta a un juicio negativo, el narcisista responde con sentimientos de ira y rebeldía.
En un estudio clásico, los investigadores examinaron la conducta de los narcisistas cuando sienten que su ego es amenazado.[13] El estudio pedía a los participantes que escribiesen una redacción sobre un tema importante, que supuestamente iba a ser leído y evaluado por un compañero ubicado en una sala contigua (a quien el participante no llegaba a conocer porque en realidad no existía). Las redacciones se calificaron con uno de dos comentarios escritos al azar por el investigador ficticio: «¡Esta es una de las peores redacciones que he leído en mi vida!» o «¡Ninguna sugerencia, perfecto!». En la siguiente fase del estudio, que se describió como una tarea de aprendizaje, los participantes recibieron la instrucción de pulsar un botón, junto a un compañero, con la mayor rapidez posible después de resolver un problema sencillo. A continuación se les dijo que el más lento sería víctima de un ruido repentino y ensordecedor para ayudarle a aprender. La tarea, por supuesto, estaba manipulada. Se les dijo a los participantes que habían sido los más rápidos y se les pidió que ajustasen el volumen y la duración del ruido para su compañero «lento» (la misma persona que acababa de evaluar su redacción, según se les hizo creer). Los narcisistas que habían recibido el comentario negativo fueron los más violentos y dispensaron sonidos prolongados y atronadores como venganza por el insulto recibido.
Cuando los narcisistas reciben críticas, su venganza puede ser rápida y furiosa, incluso violenta. La ira narcisista desempeña una importante función para su emisor: desvía la atención negativa hacia los demás, que entonces pueden ser culpados por las emociones oscuras que experimentan. Ese patrón ayuda a explicar por qué el especialista clínico Otto Kernberg se refiere a la violencia de los que disparan en institutos como «narcisismo maligno».[14] Por ejemplo, Eric Harris y Dylan Klebold, los autores de la matanza en el Instituto Columbine, cometieron sus atrocidades como respuesta a unos insultos que habían recibido de algunos compañeros deportistas. En sus mentes egocéntricas, aquellos compañeros recibieron su merecido. Unos días antes de disparar contra sus compañeros, Eric y Dylan se dijeron entre risas: «¿A que es divertido conseguir el respeto que vamos a merecer?».
Si has conocido a algún narcisista, ese patrón te resultará familiar. La necesidad y la demanda de respeto del narcisista son constantes. Dado que los narcisistas siempre intentan aferrarse al esquivo sentimiento de una autoestima alta, la ira que sienten cuando su preciado ego se ve en peligro puede ser un espectáculo digno de ver.
Mi amiga Irene me explicó en una ocasión la historia de una mujer que tenía todas las características del narcisista clásico. Me dijo que a primera vista nadie hubiera dicho que Susan era una narcisista: tenía sobrepeso, trabajaba demasiado y no disfrutaba de una gran vida social. Su mayor pasión en la vida era ayudar a los niños necesitados. Participaba como voluntaria en misiones en el Tercer Mundo al menos dos veces al año, una tarea en la que había demostrado ser muy eficaz.
Por desgracia, Irene se dio cuenta de forma desagradable de que Susan utilizaba su trabajo desinteresado como una manera de sentirse superior. Susan era «una de las principales expertas mundiales» en malnutrición infantil en el Tercer Mundo (al menos, según ella misma), y se identificaba claramente con la posición del salvador, el caballero de la brillante armadura que rescata a los necesitados. El sueño de Susan, como le gustaba explicar, era abrir un banco de alimentos para ayudar de forma continuada a los niños malnutridos. Cuando Irene recibió un dinero inesperado, estuvo en disposición de hacer realidad el sueño de su amiga. Decidió fundar un banco de alimentos en una zona rural de Bangladesh del que Susan sería la responsable.
Sin embargo, en lugar de agradecerle su ayuda, Susan empezó a atacar a Irene, a hablar mal de ella a sus espaldas, a quejarse de tener que trabajar con una mujer tan estúpida. Estaba dispuesta a ser la directora del banco de alimentos «por el bien de los niños», afirmaba, pero era como un castigo tener que hacerlo bajo la supervisión de alguien tan incompetente. Susan comenzó a difundir rumores desagradables y falsos sobre el carácter y la integridad personal de Irene. Por suerte, un conocido le informó de lo que estaba ocurriendo una semana antes de la fecha prevista para la inauguración del banco de alimentos. Irene consiguió anular el contrato con Susan justo a tiempo.
Irene se sintió como si le hubiesen dado una bofetada, pero pronto se dio cuenta de que la conducta de Susan no tenía nada que ver con ella. Susan había ofrecido un retrato luminoso de sí misma como salvadora del mundo, y encontrarse en la posición de recibir ayuda, en lugar de ofrecerla, era muy difícil de soportar para su ego. Susan tenía que hacer pasar a Irene por mala para mantener su propia imagen angelical. Por desgracia, el narcisismo es más común de lo que pensamos entre las personas que hacen buenas obras. Cuando el motor que dirige la filantropía es la búsqueda de una autoestima alta, incluso los actos de caridad más hermosos pueden verse empañados por un ego necesitado y avaricioso.
ELOGIOS INDISCRIMINADOS
Aunque la búsqueda de una autoestima alta puede generar problemas, una autoestima saneada no es mala en sí misma. Resulta indiscutible que es mucho mejor sentirse digno y valioso que inútil e insignificante. Lo que ocurre es que existen caminos sanos e insanos hacia la autoestima alta. Contar con una familia comprensiva o esforzarse para conseguir objetivos preciados son dos fuentes sanas de una autoestima alta. Inflar el propio ego y dejar mal a los demás no está tan bien. La mayoría de las investigaciones sobre la autoestima, sin embargo, no distinguen entre una autoestima sana y otras formas menos productivas.
El test para medir la autoestima más utilizado, la escala de Rosenberg, propone afirmaciones bastante generales.[15] Por ejemplo: «Creo que tengo varias cualidades positivas» o «Tengo una actitud positiva hacia mí mismo». El narcisista que cree que es el mejor invento desde el pan en rebanadas se dará una puntuación muy alta, igual que la persona humilde que se gusta simplemente porque es un ser humano que merece respeto. En resumen, es imposible saber si la autoestima alta es sana o insana sin determinar primero su origen.
El problema de muchos de los programas escolares para aumentar la autoestima es que no distinguen entre la sana y la insana. Tienden a utilizar el elogio indiscriminado para fomentar la propia imagen de los niños, centrándose únicamente en su nivel de autoestima y no en cómo o por qué es así. La consecuencia es que muchos niños acaban creyendo que merecen cumplidos y admiración siempre, hagan lo que hagan.
Jean Twenge escribe acerca de esta tendencia en su fascinante libro Generation Me [Generación Yo].[16] Observa que los programas de autoestima para niños en edad escolar tienden a alimentar el ego hasta la náusea. A los niños se les ofrecen libros como The Lovables in the Kingdom of Self-Esteem [Los «dignos de amor» en el reino de la Autoestima], con el que aprenden que las puertas de la autoestima se abrirán para ellos si repiten con orgullo «¡Soy digno de amar!» tres veces. Volúmenes pesados como Be a Winner: A Self-Esteem Coloring and Activity Book [Cómo ser un ganador: un libro de autoestima para colorear con actividades] ayudan a los niños a darse cuenta de lo especiales e importantes que son. Con juegos como «El círculo mágico» se elige a un niño cada día para que lleve una insignia con el lema «Soy estupendo»; sus compañeros, por su parte, redactan una lista de elogios para el elegido del día. Los colegios de primaria en especial presuponen que su misión es aumentar la autoestima de los alumnos, prepararlos para el éxito y la felicidad. Por esta razón, se insta a los profesores a no realizar críticas: podrían dañar la autoestima de los niños.
Algunos colegios han eliminado la F de las notas (el suspenso). Se limitan a asignar la letra E para el trabajo no aceptable, posiblemente porque es una letra sin matices críticos que simplemente sigue a la D (¿y, además, con connotaciones positivas, como «Excelente», tal vez?). El deseo de aumentar la autoestima de los niños ha llevado a inflar considerablemente las calificaciones. Un estudio reveló que el 48 % de los alumnos de secundaria recibieron una media de A en 2004 en comparación con el 18 % de 1968.[17] No es de extrañar que los alumnos americanos piensen que son los mejores del mundo (aunque los alumnos de otros países los superan en casi todas las estadísticas de éxito académico). Podríamos cambiarnos el nombre por el de Estados Unidos de Lago Wobegon.
Aunque el hincapié en aumentar la autoestima de los niños obedece a buenos motivos y se aleja de las duras prácticas educativas del pasado que provocaban todo lo contrario, los elogios indiscriminados pueden entorpecer la capacidad de los niños para verse con claridad, limitando así las posibilidades de alcanzar todo su potencial.
Ese hincapié en la autoestima a cualquier precio también ha provocado una preocupante tendencia al aumento del narcisismo. Twenge y sus colegas examinaron las puntuaciones de más de quince mil universitarios que participaron en el inventario de personalidad narcisista entre 1987 y 2006.[18] Durante esos veinte años, las puntuaciones fueron aumentando hasta que el 65 % de los alumnos de los últimos años dieron resultados más altos que las generaciones anteriores. No es casualidad que los niveles medios de autoestima de los alumnos también aumentaran en el mismo período.
Twenge es coautora de The Narcissism Epidemic: Living in the Age of Entitlement junto a Keith Campbell, un reconocido investigador sobre narcisismo. Los autores examinan cómo ha desembocado en una auténtica enfermedad cultural el hecho de hacer tanto hincapié en fomentar la autoestima en Norteamérica:
Es importante entender la epidemia del narcisismo porque sus consecuencias a largo plazo son destructivas para la sociedad. La tendencia de la cultura americana a la autoadmiración ha provocado una huida de la realidad hacia el mundo de la fantasía grandilocuente. Tenemos falsos ricos (con hipotecas de solo intereses y un montón de deudas), falsa belleza (con cirugía plástica y tratamientos cosméticos), falsos atletas (con drogas que potencian el rendimiento), falsas celebridades (procedentes de los realities de televisión y de YouTube), falsos estudiantes brillantes (con calificaciones hinchadas), una falsa economía nacional (con una deuda de once billones de dólares), falsos sentimientos de ser especial entre los niños (con los padres y los educadores centrados en la autoestima) y falsos amigos (con el auge de las redes sociales). Toda esa fantasía puede parecer agradable, pero por desgracia la realidad siempre gana. La caída de las hipotecas y la crisis económica que se deriva son solo una demostración de que los deseos poco realistas acaban estrellándose contra el suelo.[19]
Ante las alabanzas incondicionales que profesan maestros y padres para fomentar la autoestima de los niños,[20] hay quien afirma que los elogios deberían estar supeditados al trabajo duro y el esfuerzo para que los niños se sientan bien consigo mismos solo si lo merecen. ¿Por qué esforzarse en hacer las cosas bien, sería el planteamiento, si la mediocridad recibe las mismas alabanzas que el trabajo de calidad? Esa postura implica la idea de que las alabanzas y las críticas son fuerzas motivadoras eficaces cuando están ligadas al éxito y al fracaso, y que sentirse bien con uno mismo debería surgir del primer escenario, no del segundo. Por desgracia, existen numerosas pruebas que demuestran que utilizar la autoestima de manera condicional, para sentirse bien con uno mismo solo cuando tenemos éxito y mal cuando fracasamos, resulta tan problemático como basar la autoestima en ninguna de las dos cosas.
AUTOESTIMA FORTUITA
La «autoestima fortuita» es una expresión que utilizan los psicólogos al referirse a aquella autoestima que depende del éxito o del fracaso, de la aprobación o la desaprobación. Se han identificado varios campos comunes de autoestima fortuita, como el atractivo personal, la aprobación de los compañeros, la competencia con los demás, el éxito en el trabajo o en el colegio, el apoyo familiar, sentirse orgulloso, e incluso el amor de Dios.[21] El grado según el cual la autoestima depende de las valoraciones positivas en esos campos varía en función de cada persona. Hay quien apuesta todo a un solo número, como el atractivo personal, mientras que otros luchan por ser buenos en todo. Las investigaciones demuestran que cuanto más depende el sentimiento de autoestima del éxito en determinadas áreas de la vida, peor se siente uno cuando fracasa en esas áreas.[22]
Tener una autoestima fortuita puede parecerse a una especie de paseo en el tren de la bruja: el estado de ánimo pasa de la euforia a la desolación en un momento. Pongamos que tu sentido de la autoestima deriva de desempeñar bien tu trabajo de marketing. Te sentirás como un rey cuando te nombren vendedor del mes y como un desgraciado cuando tus cifras de ventas mensuales no destaquen por encima de la media. O quizá tiendas a basar tu autoestima en gustar a los demás. Te sentirás estupendamente cuando recibas un cumplido, pero te darás de bruces con el suelo cuando alguien te ignore o (peor) te critique.
En una ocasión experimenté la sensación de sentirme muy elogiada y terriblemente criticada en el mismo momento. Estaba de visita en un centro ecuestre con Rupert, jinete experimentado, y parecía que al instructor español que dirigía las cuadras le gustaba mi aspecto mediterráneo. En su deseo de ser galante me dedicó lo que él consideró el mayor de los cumplidos: «Es muuuy guapa. No se afeite nunca el biiiigote».
No supe si reírme, darle una bofetada, encogerme de la vergüenza o agradecérselo. Elegí la primera y la última opción, pero también consideré muy seriamente las otras dos. Rupert estaba demasiado ocupado riéndose para decir algo.
Irónicamente, las personas que destacan en campos importantes para su autoestima son las más vulnerables a las decepciones. El estudiante de sobresaliente se siente abatido si recibe una nota por debajo de ese sobresaliente en un examen, mientras que el que siempre suspende se creerá el rey del mundo por conseguir un aprobado justo. Cuanto más se sube, más dura es la caída.
La autoestima fortuita posee un carácter adictivo difícil de erradicar. Dado que la subida inicial de autoestima sienta tan bien, queremos seguir recibiendo cumplidos o ganando en aquello en lo que competimos. Seguimos buscando ese subidón inicial, pero como ocurre con las drogas o el alcohol, desarrollamos tolerancia y necesitamos una dosis cada vez mayor. Los psicólogos se refieren a este proceso como «rueda de molino hedonista» (el hedonismo es la búsqueda de placer).[23] Se compara la búsqueda de la felicidad con una persona en una rueda de molino que tiene que esforzarse cada vez más para mantenerse en el mismo sitio.
Intentar demostrar continuamente el mérito personal en aquellos campos en los que se deposita la autoestima puede ser contraproducente. Si la principal razón por la que quieres ganar ese maratón es sentirte bien contigo mismo, ¿qué ocurre con tu afición a correr sin más? En lugar de hacerlo porque disfrutas corriendo, empiezas a hacerlo para obtener la recompensa de una autoestima alta. Y eso significa que tienes más probabilidades de abandonar si dejas de ganar carreras. Es como ser un delfín que atraviesa un aro en llamas de un salto solo porque quiere su recompensa en forma de pescado. Si no recibes la recompensa, si dejas de conseguir el subidón de autoestima que buscas, el delfín no salta.
A Jeanie le apasionaba el piano clásico. Aprendió a tocar con tan solo cuatro años. El piano era la mayor fuente de felicidad en su vida; la transportaba a un lugar seguro de serenidad y belleza. Sin embargo, al llegar a la adolescencia, su madre empezó a apuntarla a concursos de piano. De pronto, la música había pasado a un segundo plano. Dado que su identidad en desarrollo estaba tan centrada en ser una «buena» pianista, importaba mucho (a Jeanie y a su madre) si quedaba primera, segunda o tercera en un concurso. Y si no obtenía ninguno de esos puestos, Jeanie se sentía una completa inútil. Cuanto más se esforzaba por tocar bien peor lo hacía, porque se centraba más en el concurso que en la propia música. Cuando empezó la universidad, Jeanie dejó a un lado el piano. Había dejado de ser divertido. Existen muchos artistas y atletas con historias parecidas. Cuando empezamos a basar nuestra autoestima en el rendimiento, las cosas que más satisfacciones nos reportan en la vida pueden pasar a convertirse en tareas muy pesadas. El placer se convierte en dolor.
CONFUNDIR EL MAPA CON EL TERRITORIO
Como seres humanos con capacidad para reflexionar y crear un concepto de nosotros mismos, nuestros pensamientos y nuestras valoraciones acerca de nuestra identidad pueden confundirse fácilmente con quienes somos en realidad. Es como si confundiésemos las frutas de un bodegón de Cezanne con las frutas reales, como si tomásemos la pintura y el lienzo por las manzanas, las peras y las naranjas que el bodegón representa, y nos frustráramos al darnos cuenta de que no podemos comérnoslas. Por supuesto, nuestro concepto de nosotros mismos no es nuestro yo real. Simplemente es una representación, un retrato a veces preciso, pero casi siempre muy impreciso, de nuestros pensamientos, emociones y conductas habituales. Y lo triste es que las amplias pinceladas que perfilan nuestro concepto de nosotros mismos ni siquiera se acercan a hacer justicia a la complejidad, la sutileza y la maravilla de nuestro yo real.
Con todo, nos identificamos tanto con nuestro autorretrato mental que pintar una imagen positiva, y no negativa, de nosotros mismos puede parecer una cuestión de vida o muerte. Según el proceso mental inconsciente, si la imagen que he creado de mí misma es perfecta y deseable, soy perfecta y deseable. Por tanto, los demás me aceptarán en lugar de rechazarme. Si la imagen que he creado de mí misma es deficiente o indeseable, no valgo nada y todos me rechazarán y me abandonarán. Nuestro pensamiento en ese terreno tiende a ser increíblemente extremista: o somos todos buenos (¡uf, qué alivio!), o somos todos malos (y ha llegado el momento de tirar la toalla). Cualquier amenaza contra nuestra representación mental de quienes somos, por tanto, parece real y visceral, y respondemos con tanta furia como un soldado defendiendo su vida.
Nos aferramos a la autoestima como si fuese una balsa hinchable que suponga nuestra salvación (o que al menos salve y apuntale el sentido positivo del yo que tanto ansiamos), pero acabamos descubriendo que la balsa tiene un agujero y se está quedando sin aire a marchas forzadas. La realidad es esta: a veces mostramos buenas cualidades y otras veces manifestamos cualidades negativas. A veces actuamos de manera útil y productiva, y en ocasiones somos dañinos e inadaptados. Pero esas cualidades y esas conductas no nos definen. Somos un verbo, no un sustantivo; un proceso, no una «cosa» inamovible. Nuestras acciones cambian (somos inconstantes) en función del tiempo, las circunstancias, el estado de ánimo, el entorno... Sin embargo, olvidamos eso con demasiada frecuencia y seguimos flagelándonos en la búsqueda incansable de una autoestima alta (el escurridizo Santo Grial), intentando encontrar una caja con una etiqueta que diga «Bueno» y meternos dentro.
Al sacrificarnos ante el dios insaciable de la autoestima, cambiamos las maravillas y el misterio de nuestras vidas, en constante evolución, por una polaroid inmóvil. En lugar de disfrutar de la riqueza y la complejidad de nuestra experiencia —la alegría y el dolor, el amor y la ira, la pasión, los triunfos y las tragedias—, intentamos capturar y resumir la experiencia vivida con valoraciones extremadamente simplistas de nuestra propia valía. Sin embargo, estas creencias, en un sentido muy real, no son más que pensamientos. Y muy pocas veces son pensamientos acertados. La necesidad de vernos superiores nos hace fomentar la separación de los demás en lugar de lo que nos une, y eso provoca sentimientos de aislamiento, desconexión e inseguridad. Por tanto, cabría preguntarse: ¿merece la pena?
AUTOCOMPASIÓN VERSUS AUTOESTIMA
En lugar de intentar definir nuestra propia valía con críticas y valoraciones, ¿qué pasaría si nuestros sentimientos positivos hacia nosotros mismos procediesen de una fuente totalmente distinta? ¿Y si surgiesen del corazón, no de la mente?
La compasión hacia uno mismo no pretende capturar y definir la valía o la esencia de quienes somos. No es un pensamiento o una etiqueta, ni una crítica o una valoración. La compasión es una manera de relacionarnos con el misterio de quienes somos. En lugar de gestionar nuestra propia imagen con el objetivo de que siempre nos resulte agradable, la autocompasión respeta el hecho de que todos los seres humanos tenemos puntos fuertes y débiles. En lugar de perdernos en pensar si somos buenos o malos, tomamos conciencia de la experiencia del momento presente y nos damos cuenta de que todo cambia constantemente, de que todo es transitorio. Los éxitos y los fracasos vienen y van, no nos definen ni determinan nuestra valía. Son solo una parte del proceso de estar vivo. Nuestra mente puede intentar convencernos de lo contrario, pero nuestro corazón sabe que la verdadera valía radica en la experiencia fundamental de ser una persona consciente que siente y percibe.
Esto significa que, a diferencia de la autoestima, los buenos sentimientos de la compasión hacia uno mismo no dependen de ser especial y superior a la media, o de alcanzar los objetivos ideales. Estos sentimientos proceden de preocuparnos por nosotros mismos, frágiles e imperfectos, pero también magníficos. En lugar de enfrentarnos continuamente a otras personas en un juego interminable de comparaciones, acogemos lo que compartimos con los demás y nos sentimos más conectados y completos. Los buenos sentimientos de la compasión hacia uno mismo no desaparecen cuando metemos la pata o las cosas van mal. De hecho, la autocompasión interviene precisamente cuando la autoestima nos falla, cada vez que fracasamos o que nos sentimos inadaptados. Cuando la caprichosa e inconstante autoestima nos abandona, el abrazo abierto y amplio de la compasión está ahí, esperando pacientemente.
Sin duda, los escépticos se estarán preguntando qué es lo que demuestran las investigaciones. En resumidas cuentas, según la ciencia, la compasión hacia uno mismo parece ofrecer las mismas ventajas que la autoestima alta, pero sin inconvenientes aparentes. Lo primero que hay que saber es que la autocompasión y la autoestima tienden a ir de la mano. Si eres una persona que tiene compasión de sí misma, tenderás a tener una autoestima más alta que si te criticas constantemente. Y como ocurre con una autoestima alta, la autocompasión se asocia con mucha menos ansiedad y depresión, y con más felicidad, optimismo y emociones positivas. Sin embargo, la compasión hacia uno mismo ofrece ventajas claras sobre la autoestima cuando las cosas van mal o cuando nuestro ego se ve amenazado.
En un estudio que llevamos a cabo mis colegas y yo, por ejemplo, pedimos a un grupo de estudiantes universitarios que completasen unos test sobre compasión hacia uno mismo y autoestima.[24] Después llegó la parte difícil. Les pedimos que participasen en una falsa entrevista de trabajo para «poner a prueba sus capacidades como entrevistadores». A muchos estudiantes les pone nerviosos el proceso de la entrevista, sobre todo porque en breve empezarán a solicitar puestos de trabajo en la vida real. El experimento implicaba que los alumnos tenían que escribir una respuesta a la temida pero inevitable cuestión: «Por favor, describa sus mayores puntos débiles». Después les pedimos que explicasen cómo se habían sentido al respecto.
Los niveles de compasión hacia sí mismos de los participantes (pero no los de autoestima) fueron un indicador del grado de ansiedad que sintieron. En otras palabras, los alumnos que sentían compasión hacia sí mismos afirmaron sentirse menos cohibidos y nerviosos que los que carecían de autocompasión (posiblemente, porque se sentían bien admitiendo sus puntos débiles y hablando sobre ellos). Los alumnos con una autoestima alta, por el contrario, no se mostraron menos nerviosos que los que tenían la autoestima baja. Habían perdido el equilibrio ante la dificultad de tener que hablar de sus defectos. Un dato interesante: los participantes autocompasivos utilizaron menos pronombres de la primera persona del singular al escribir sobre sus debilidades y más del plural de la tercera persona («nosotros»). Además, incluyeron más referencias a amigos, familiares y otras personas. Todo esto sugiere que el sentido de conexión inherente a la compasión hacia uno mismo desempeña un importante papel en su capacidad de reducir la ansiedad.
Otro estudio pedía a los participantes que se imaginasen en situaciones potencialmente embarazosas:[25] formar parte de un equipo deportivo y echar a perder un partido importante, por ejemplo, o participar en una obra de teatro y olvidar el guión. ¿Cómo se sentirían si les ocurriese algo así? Los participantes autocompasivos tendrían menos probabilidades de sentirse humillados o incompetentes, o de tomarse los fallos como algo personal. Afirmaron que se tomarían las cosas con calma y pensarían cosas del tipo «Todo el mundo mete la pata de vez en cuando» o «A la larga, en realidad no importa». Tener la autoestima alta, sin embargo, apenas suponía una diferencia. Los participantes con la autoestima alta y baja manifestaron que tendrían pensamientos como «Soy un perdedor» u «Ojalá me muriese». Una vez más, la autoestima alta tiende a presentarse con las manos vacías cuando las cosas no van bien.
En otro estudio, los participantes tenían que presentarse y describirse ante una cámara de vídeo. A continuación se les informó de que alguien vería sus presentaciones y opinaría si parecían agradables, inteligentes, simpáticos y maduros (por supuesto, eran opiniones falsas). La mitad de los participantes recibieron opiniones positivas, y la otra mitad neutras. Los participantes con compasión hacia sí mismos no dieron muestras de preocuparse demasiado por las opiniones, ya fuesen positivas o neutras, y afirmaron que esas opiniones se basaban en su personalidad. Los participantes con la autoestima alta, en cambio, se molestaron ante las opiniones neutras («¿Qué? ¿Solo estoy en la media?»). Además, hubo más casos en que negaron que las opiniones neutras se debiesen a su personalidad (sin duda, es porque la persona que ha visto la cinta es idiota). Esto indica que las personas autocompasivas aceptan mejor quiénes son con independencia de las alabanzas que reciban de los demás. La autoestima, por otro lado, solo florece cuando las críticas son positivas y puede provocar tácticas evasivas y contraproducentes cuando existe la posibilidad de enfrentarse a verdades desagradables sobre uno mismo.
Recientemente, mi colega Roos Vonk y yo investigamos los beneficios de la compasión hacia uno mismo frente a la autoestima con más de trescientas personas de diferentes ámbitos de la vida. Es el estudio sobre este tema con más participantes que se ha realizado hasta la fecha.[26] Primero examinamos la estabilidad de los sentimientos positivos experimentados hacia sí mismos a lo largo del tiempo. ¿Esos sentimientos subían y bajaban como un yoyó, o eran relativamente constantes? Planteamos la hipótesis de que la autoestima estaría relacionada con sentimientos relativamente inestables sobre la propia valía, ya que la autoestima tiende a disminuir cuando las cosas no van tan bien como se desearía. Por otro lado, dado que podemos brindarnos compasión a nosotros mismos en los buenos y en los malos tiempos, esperamos que los sentimientos de valía asociados con la autocompasión permaneciesen más estables a lo largo del tiempo.
Para probar esta idea, pedimos a los participantes que explicasen qué sentimientos tenían sobre sí mismos en el momento presente, por ejemplo: «Me siento inferior a los demás en este preciso momento» o «Me siento bien conmigo mismo». El estudio les pedía que repitiesen esta actividad doce veces en momentos distintos en un período de ocho meses.
A continuación calculamos el grado en que los niveles globales de autocompasión o autoestima predecían la estabilidad del sentimiento de valía propia a lo largo del tiempo. Como esperábamos, la compasión hacia uno mismo se relacionó claramente con sentimientos de valía más constantes que la autoestima. También descubrimos que la autocompasión no dependía tanto como la autoestima de resultados concretos como la aprobación social, el éxito o el atractivo personal. Cuando el sentimiento de valía propia tiene como origen nuestra convicción de ser personas que merecemos respeto por naturaleza (en lugar de depender de la obtención de determinados ideales), nuestro sentimiento de valía personal no se tambalea tan fácilmente.
Otro de nuestros descubrimientos fue que, en comparación con la autoestima, la compasión hacia uno mismo no estaba tan relacionada con la comparación social ni con la necesidad de tomar represalias por lo que se consideran fallos personales. Y tampoco con la «necesidad de cierre cognitivo», que es la necesidad de tener razón sin que nadie nos cuestione. Las personas que basan su propia valía en sentirse superiores e infalibles tienden a enfadarse y a ponerse a la defensiva cuando su posición se ve amenazada. En cambio, las personas que aceptan con compasión su imperfección no necesitan entrar en esas conductas insanas para proteger sus egos. De hecho, un hallazgo sorprendente del estudio fue que las personas con una autoestima alta eran mucho más narcisistas que las que manifestaron una autoestima baja. Por el contrario, la compasión hacia uno mismo quedaba totalmente al margen del narcisismo. La razón de que no hubiese una asociación negativa es que las personas que carecen de compasión por sí mismas tampoco tienden a ser narcisistas.
EJERCICIO 1
Descubrir al impostor
A. Escribe una lista con un máximo de diez aspectos de ti mismo que desempeñen un papel significativo en tu autoestima (cosas que te hagan sentir bien o mal: rendimiento en el trabajo, tu papel como padre o madre, tu peso, etcétera).
B. Responde a las siguientes preguntas en relación a cada punto anterior y piensa si tus respuestas cambian tu manera de pensar. ¿Crees que la autoestima mal entendida te está llevando por el camino equivocado?
1. ¿Quiero sentirme mejor que los demás, o sentirme conectado?
2. ¿Mi valía procede del hecho de ser especial, o se debe a que soy un ser humano?
3. ¿Quiero ser una persona perfecta, o una persona sana?
LIBERARSE DEL EGO
Alguien podría decir que con la compasión hacia uno mismo el ego pasa del primer plano al segundo (aunque nunca desaparece del todo). En lugar de valorarte como un individuo aislado con límites claramente definidos en contraste con los demás, te ves como parte de un gran todo conectado. La idea de que existe un «yo separado» que puede ser juzgado independientemente de las numerosas condiciones que mediante la interacción crean ese «yo» es una ilusión. Solo cuando caemos en la trampa de creer que somos «entidades distintas» entra en juego el tema de la autoestima. Por supuesto, todos queremos experimentar la felicidad que supone sentirnos bien con nosotros mismos. Además, tenemos derecho a esa felicidad. Sin embargo, la felicidad real y duradera se experimenta mejor cuando participamos en el flujo de la vida, cuando estamos conectados y no separados de todo.
Cuando filtramos nuestra experiencia a través del ego, intentando mejorar o mantener nuestra autoestima alta en todo momento, nos negamos lo que en realidad más deseamos: ser aceptados tal como somos, una parte integral de algo mucho más grande que nuestras pequeñas individualidades. Sin límites. Sin medidas. Libres.
Notas y Referencias del Capítulo:
- [1] 1 . Andrew M. Mecca, Neil J. Smelser y John Vasconcellos (comps.), The Social Importance of Self-Esteem , Berkeley, Universidad de California Press, 1989.
- [2] 2 . Roy F. Baumeister y otros, «Does High Self-Esteem Cause Better Performance, Interpersonal Success, Happiness, or Healthier Lifestyles?», Psychological Science in the Public Interest , 4, 2003, págs. 1-44.
- [3] 3 . Todd F. Heatherton y Kathleen D. Vohs, «Interpersonal Evaluations Following Threats to Self: Role of Self-Esteem», Journal of Personality and Social Psychology , 78, 2000, págs. 725-736.
- [4] 4 . William James, Principios de psicología , Fondo de Cultura Económica, 1994.
- [5] 5 . Charles Horton Cooley, Human Nature and the Social Order , Nueva York, Charles Scribner, 1902.
- [6] 6 . Susan Harter, The Construction of the Self: A Developmental Perspective , Nueva York, Guilford Press, 1999.
- [7] 7 . Duane Buhrmester y otros, «Five Domains of Interpersonal Competence in Peer Relationships», Journal of Personality and Social Psychology , 55, 1998, págs. 991-1008.
- [8] 8 . Jonathan D. Brown, «Self-Esteem and Self-Evaluation: Feeling is Believing», Psychological Perspectives on the Self , J. Suls (comp.), Hillsdale, Nueva Jersey, Erlbaum, 1993, págs. 27-58.
- [9] 9 . Robert Raskin y Howard Terry, «A Principal Components Analysis of the Narcissistic Personality Inventory and Further Evidence of Its Construct Validity», Journal of Personality and Social Psychology , 54, 1998, págs. 890-902.
- [10] 10 . W. Keith Campbell y Laura E. Buffardi, «The Lure of the Noisy Ego: Narcissism as a Social Trap», Transcending Self-Interest: Psychological Exploration of the Quiet Ego , Heidi A. Wayment y Jack J. Bauer (comps.), Washington D. C., American Psychological Association, 2008, págs. 23-32.
- [11] 11 . Jean M. Twenge y W. Keith Campbell, The Narcissism Epidemic: Living in the Age of Entitlement , Nueva York, Free Press, 2009.
- [12] 12 . En declaraciones a Sunday Times , Londres, 16 de julio de 2006.
- [13] 13 . Brad J. Bushman y Roy F. Baumeister, «Threatened Egotism, Narcissism, Self-Esteem, and Direct and Displaced Aggression: Does Self-Love or Self-Hate Lead to Violence?», Journal of Personality and Social Psychology , 75, 1998, págs. 219-229.
- [14] 14 . Otto G. Kernberg, Desórdenes fronterizos y narcisismo patológico , Barcelona, Paidós, 2009.
- [15] 15 . Morris Rosenberg, Society and the Adolescent Self-Image , Princeton, Nueva Jersey, Princeton University Press, 1965.
- [16] 16 . Jean Twenge, Generation Me: Why Today’s Young Americans Are More Confident, Assertive, Entitled—and More Miserable Than Ever Before , Nueva York, Free Press, 2006.
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- [19] 19 . Jean Twenge y W. Keith Campbell, The Narcissism Epidemic .
- [20] 20 . Martin E. Seligman, Niños optimistas , Barcelona, Grijalbo, 1999.
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- [22] 22 . Jennifer Crocker, Samuel R. Sommers y Riia Luhtanen, «Hopes Dashed and Dreams Fulfilled: Contingencies of Self-Worth and Admissions to Graduate School», Personality and Social Psychology Bulletin , 28, 2002, págs. 1275-1286.
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- [24] 24 . Kristin D. Neff, Stephanie S. Rude y Kristin L. Kirkpatrick, «An Examination of Self-Compassion in Relation to Positive Psychological Functioning and Personality Traits», Journal of Research in Personality , 41, 2007, págs. 908-916.
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- [26] 26 . Kristin D. Neff y Roos Vonk, «Self-Compassion Versus Global Self-Esteem: Two Different Ways of Relating to Oneself», Journal of Personality , 77, 2009, págs. 23-50.